Mucho antes de que existiera Kazanlak, la llanura fértil entre los Balcanes y la Sredna Gora fue uno de los corazones del mundo tracio. Los tracios eran un conjunto de pueblos indoeuropeos que ocupaban buena parte de la actual Bulgaria, el norte de Grecia y la Turquía europea; guerreros temibles y jinetes extraordinarios, no dejaron textos propios, pero sí un legado deslumbrante de oro, plata y tumbas pintadas que hoy asombra a los arqueólogos.
En esta comarca floreció, a fines del siglo IV a.C., la ciudad de Seutópolis, fundada por el rey Seutes III alrededor del 320 a.C. Seutes era un poderoso soberano de los odrisios, la principal confederación tribal tracia, que gobernó en la época turbulenta que siguió a la muerte de Alejandro Magno, cuando los generales macedonios se disputaban su imperio. Seutópolis fue concebida a la manera helenística, con murallas, calles trazadas en cuadrícula, un palacio-santuario y un ágora: una capital moderna para su tiempo, testimonio de cuánto habían asimilado los reyes tracios de la cultura griega.
La ciudad tuvo una vida relativamente breve y fue destruida y abandonada. Su recuerdo se perdió durante siglos, hasta que en los años cincuenta del siglo XX, al construirse el embalse de Koprinka sobre el río Tundzha para regar el valle, los arqueólogos la sacaron a la luz. Hoy Seutópolis yace sumergida bajo las aguas del embalse, a las afueras de Kazanlak, y existe desde hace años un ambicioso proyecto para hacerla visitable de nuevo. Pero su presencia explica por qué la llanura está sembrada de túmulos: era el paisaje sagrado de una dinastía real.
Alrededor de Seutópolis y de Kazanlak, la llanura guarda decenas y decenas de túmulos funerarios (mogili): montículos de tierra que cubren tumbas de piedra donde se enterraba a la aristocracia tracia con sus armas, sus joyas y sus caballos. Por su concentración y riqueza, los arqueólogos bautizaron a esta zona como el Valle de los Reyes Tracios, en un guiño al Valle de los Reyes egipcio. Es uno de los conjuntos funerarios más importantes de la Antigüedad europea.
La tumba más célebre es la Tumba Tracia de Kazanlak, descubierta por azar en 1944 cuando unos soldados cavaban un refugio. Bajo el túmulo apareció una pequeña cámara circular con cúpula, del siglo IV o comienzos del III a.C., enteramente cubierta de frescos. En la escena principal, un banquete funerario: el difunto, sentado, y su esposa se toman de la muñeca en un gesto de despedida, mientras sirvientes ofrecen frutas y vino y aparecen caballos y aurigas. La calidad del dibujo, la expresividad de los rostros y la delicadeza del color la convirtieron en una obra maestra del arte helenístico, y en 1979 la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad. Como los frescos originales son extremadamente frágiles, la tumba auténtica permanece cerrada y se visita una réplica exacta construida a pocos metros.
El otro gran hallazgo llegó en 2004, cuando el arqueólogo Georgi Kitov excavó el túmulo de Goliama Kosmatka y encontró, casi intacta, la tumba de un rey. El ajuar —una corona de oro con hojas de roble, un casco, vasos de plata y armas— y, sobre todo, una impresionante cabeza de bronce con la mirada llena de vida, permitieron identificar al difunto: era Seutes III, el fundador de Seutópolis. Esa cabeza es hoy el emblema del Museo de Historia Iskra de Kazanlak y una de las obras más famosas del arte tracio.
El poder tracio se apagó cuando Roma extendió su dominio por los Balcanes. En el siglo I d.C., la región quedó integrada en el Imperio romano, dentro de la provincia de Tracia, y por la zona pasaron calzadas, villas y pequeñas poblaciones. Más tarde, con la división del imperio, todo el territorio pasó a Bizancio, y a partir de los siglos VII y VIII se fue incorporando al naciente Estado búlgaro, fundado por Asparuh en el 681. Durante la Edad Media, el valle formó parte de los dos imperios búlgaros que se sucedieron, con altibajos, guerras y cambios de fronteras frente a Bizancio.
A finales del siglo XIV, la conquista otomana cambió el destino de toda Bulgaria. El país cayó bajo dominio del sultán y permaneció dentro del Imperio otomano durante casi cinco siglos, hasta 1878. Fue entonces cuando nació la ciudad tal como la conocemos: el nombre Kazanlak es de origen turco y suele relacionarse con la palabra kazan, el caldero o alambique de cobre, precisamente el instrumento con el que se destila el aceite de rosa. La comarca se pobló de aldeas búlgaras y de comunidades turcas, y bajo el dominio otomano empezó a desarrollarse la industria que la haría célebre en el mundo entero.
La rosa que perfuma Kazanlak no es autóctona. La rosa damascena (Rosa damascena), la variedad de la que se extrae el aceite, llegó desde Oriente Medio, probablemente traída a través del Imperio otomano desde Siria y Persia en torno al siglo XVII. El clima del valle —protegido por las montañas, con humedad matinal y suelos adecuados— resultó ideal para su cultivo, y pronto los campos de rosa se extendieron por toda la llanura, del entorno de Kazanlak a Karlovo.
El aceite de rosa (rozovo maslo) se convirtió en un producto de lujo codiciado en todo el mundo. Se necesitan miles de flores para obtener apenas unos gramos de esencia, que debe recogerse al amanecer, antes de que el sol evapore su aroma, y destilarse el mismo día en los alambiques de cobre. Su precio llegó a superar, gramo a gramo, al del oro, y el aceite búlgaro se ganó fama de ser el mejor del planeta: todavía hoy es materia prima esencial de los grandes perfumes franceses. En torno a esa industria creció una cultura entera de rosaleros, destiladores y comerciantes, y Kazanlak se transformó en su capital indiscutida.
Con la liberación de Bulgaria en 1878, tras la Guerra Ruso-Turca —que se decidió en buena medida en el cercano paso de Shipka, donde rusos y voluntarios búlgaros resistieron heroicamente al ejército otomano—, la producción de rosa se modernizó y se orientó a la exportación. En 1903 se celebró por primera vez el Festival de la Rosa, que con el tiempo se convirtió en la fiesta más famosa de la ciudad, con su cosecha ritual, su desfile y la coronación de la reina de la rosa.
El siglo XX trajo grandes transformaciones. Durante el período socialista (1944-1989), Kazanlak se industrializó con fábricas de armamento y de maquinaria, que le dieron población y trabajo, mientras el cultivo de la rosa se organizaba en cooperativas estatales. El régimen también impulsó la arqueología, y fue en esas décadas cuando se excavaron y estudiaron muchas de las tumbas tracias y se rescató Seutópolis de las aguas. Tras la caída del comunismo en 1989 y la difícil transición de los años noventa, la ciudad reorientó parte de su economía hacia el turismo cultural y la industria cosmética ligada a la rosa.
Hoy Kazanlak vive de tres grandes patrimonios que la hacen única en Europa. Del suelo, el oro y las tumbas de los reyes tracios, con la Tumba de Kazanlak Patrimonio de la Humanidad y el tesoro de Seutes III en el Museo Iskra. De los campos, la rosa damascena y el aceite que sigue exportándose a los perfumistas del mundo, celebrado cada primavera en el Festival de la Rosa. Y de las montañas, la memoria de Shipka, símbolo de la independencia búlgara.
Caminar por Kazanlak en mayo, con el aire cargado del aroma de las rosas y los túmulos de los reyes recortándose en la llanura, es asomarse a la vez a la Antigüedad tracia y a una tradición viva que ha perfumado a Europa durante siglos. Pocos lugares condensan tanto en tan poco espacio: por eso Kazanlak es, más que una ciudad, la capital de un valle donde la historia y el perfume se confunden.