Aunque la ciudad de Burgas es relativamente joven, la bahía y sus alrededores tienen una historia antiquísima, ligada a un don de la naturaleza: las aguas termales. A pocos kilómetros del centro actual, en el lugar hoy llamado Aquae Calidae ('aguas calientes' en latín), brotan manantiales minerales calientes que atrajeron a los pueblos de la región desde tiempos remotos. Los tracios, que habitaban esta parte de los Balcanes antes que nadie, consideraban sagradas estas fuentes y les rendían culto; hay quien las relaciona con un santuario dedicado a las ninfas.
Con la llegada de los griegos a la costa del Mar Negro, y sobre todo con la expansión romana por los Balcanes en los primeros siglos de nuestra era, aquellas aguas se convirtieron en un balneario en toda regla. En el siglo I, los romanos construyeron aquí termas monumentales, y el lugar —conocido también como Termópolis o Aquae Calidae— se hizo famoso en todo el imperio por las propiedades curativas de sus aguas. Emperadores y personajes ilustres visitaron el balneario, que siguió en uso durante la época bizantina.
Mientras tanto, la bahía de Burgas, con sus lagunas y lagos salados, era un rico entorno de pesca, sal y aves, y en su entorno hubo pequeños asentamientos y fortificaciones tracias, griegas (como la vecina Anquíalo, la actual Pomorie) y romanas. Pero la ciudad que hoy conocemos aún tardaría siglos en formarse.
Durante la Edad Media, toda esta costa fue escenario del pulso entre el Imperio bizantino y los Estados búlgaros, con sus fortalezas cambiando de manos. En la zona de la actual Burgas hubo fortificaciones —una de ellas, se cree, en el lugar donde luego crecería la ciudad—, y las aguas de Aquae Calidae siguieron atrayendo visitantes también en época medieval, ahora bajo el nombre eslavo de la región.
Con la conquista otomana de Bulgaria a fines del siglo XIV, la comarca pasó al Imperio otomano, en el que permanecería casi cinco siglos. Fue en esa época cuando empezó a formarse un pequeño puerto pesquero y comercial en la bahía, que dio origen a la ciudad. El propio nombre, Burgas, suele relacionarse con la palabra 'pyrgos' (torre, en griego) o con el latín 'burgus' (fortaleza), en alusión a alguna torre o atalaya que vigilaba la costa. Durante mucho tiempo fue un lugar modesto, a la sombra de puertos más importantes.
Las aguas termales, sin embargo, mantuvieron su fama incluso bajo los otomanos: en el siglo XVI, el propio sultán Solimán el Magnífico mandó construir en Aquae Calidae un baño (hamam), cuyos restos restaurados —con sus interiores de mármol y su decoración oriental— todavía pueden visitarse hoy. Así, los mismos manantiales que veneraban los tracios servían ahora a los baños otomanos: uno de los balnearios de uso más continuado de Europa.
El verdadero nacimiento de la Burgas moderna llegó con la liberación de Bulgaria del dominio otomano en 1877-1878. Integrada en el nuevo Estado búlgaro (primero en la Rumelia Oriental autónoma y luego en el Principado y Reino de Bulgaria), la ciudad se benefició de una posición privilegiada: su gran bahía natural, la más importante del sur del litoral búlgaro, la convertía en el candidato ideal para desarrollar un puerto comercial de primer orden.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Burgas creció con rapidez. Se construyó un moderno puerto, que la unió por mar con el resto de Europa y del mundo, y llegó el ferrocarril, que la conectó con el interior del país —con Plovdiv y Sofía— y la transformó en la gran salida del sur de Bulgaria hacia el Mar Negro. La ciudad se planificó con un trazado regular, avenidas amplias y edificios de estilo europeo, y su población, atraída por el trabajo del puerto y el comercio, se multiplicó. También en esas décadas se creó el Jardín del Mar, el gran parque costero que sigue siendo el orgullo de la ciudad.
Burgas se convirtió así, en pocas décadas, de modesto puerto pesquero en una ciudad moderna, cosmopolita y en expansión, la segunda de la costa búlgara. A su alrededor, las lagunas y lagos salados —Atanasovsko, Mandrensko, Burgassko— seguían siendo un tesoro natural, con sus salinas y su extraordinaria riqueza de aves.
El siglo XX consolidó a Burgas como potencia económica del sur búlgaro. Durante el período socialista (1944-1989), la ciudad se industrializó a gran escala: su puerto se amplió hasta convertirse en el mayor de Bulgaria en el Mar Negro, y en los años sesenta se construyó en las afueras uno de los mayores complejos petroquímicos de los Balcanes, la refinería de Neftochim, que hizo de Burgas un centro industrial clave y atrajo a miles de trabajadores. La población creció con fuerza y la ciudad se expandió con nuevos barrios.
Al mismo tiempo, la costa sur del Mar Negro se desarrolló para el turismo. Aunque los grandes balnearios —Sunny Beach, al norte, junto a Nesebar— quedaban fuera del municipio, Burgas se convirtió en la puerta de entrada y el nudo de comunicaciones de todo el litoral sur, con su aeropuerto recibiendo cada verano a multitudes de turistas rumbo a las playas. La ciudad combinaba así su cara industrial y portuaria con su papel de gran centro de servicios de la costa.
Ese doble carácter —industria pesada y turismo— trajo también desafíos ambientales, sobre todo por la presión sobre las lagunas y los humedales que rodean la ciudad. En las últimas décadas, la conciencia sobre el valor de esos ecosistemas ha crecido, y varias de las lagunas —Poda, Atanasovsko— se han protegido como reservas naturales de importancia internacional para las aves.
Tras la caída del comunismo en 1989 y la transición de los años noventa, Burgas se ha reinventado. Sin renunciar a su puerto ni a su industria, la ciudad ha apostado con fuerza por la calidad de vida, la cultura y el turismo sostenible. Se ha renovado su centro, con amplias zonas peatonales; se ha revitalizado el Jardín del Mar y su emblemático puente sobre el mar; y se han puesto en valor los tesoros naturales del entorno, convirtiendo a Burgas en un destino de ecoturismo y avistamiento de aves reconocido a nivel europeo. La entrada de Bulgaria en la Unión Europea en 2007 impulsó esa transformación.
Hoy Burgas ofrece una combinación poco común: una ciudad moderna y agradable, con vida cultural —festivales de verano como el Spirit of Burgas, teatros y museos—, junto a una naturaleza excepcional a las puertas de casa. En pocos minutos se pasa del bullicio del centro peatonal a las salinas rosadas del lago Atanasovsko, a los flamencos y pelícanos de la reserva de Poda, o a las aguas calientes milenarias de Aquae Calidae, con el hamam de Solimán. Y a poca distancia esperan las joyas de la costa: la Nesebar Patrimonio de la Humanidad, el encantador Sozopol, las playas del sur.
De aquella modesta torre junto a la bahía otomana a la segunda ciudad de la costa búlgara, Burgas ha sabido convertirse en la gran puerta de entrada al Mar Negro del sur: una ciudad donde el puerto, la industria, la cultura y la naturaleza conviven, y desde la que se abre todo un litoral de historia milenaria.