Hay una roca en Vila Velha, con forma de copa gigante equilibrada sobre un pedestal estrecho, que se convirtió en el símbolo de todo Paraná: la famosa Taça. No la hizo ningún artista. La talló el viento, gota a gota y grano a grano, durante unos 300 millones de años. El Parque Estadual de Vila Velha es una galería de esculturas naturales de arenisca donde cada figura es el resultado de un tiempo tan largo que cuesta imaginarlo: cuando esa arena empezó a depositarse, todavía no existían los dinosaurios.
Las rocas de arenisca (arenito) que componen los arenitos se formaron a partir de depósitos de arena acumulados en ambientes muy distintos de los actuales: los estudios geológicos vinculan su origen a antiguos ambientes glaciares y desérticos del pasado remoto del continente, en una época en que Paraná tenía condiciones radicalmente diferentes. Con el paso de las eras, esos sedimentos de arena se compactaron y cementaron hasta formar roca sólida.
Después llegó la escultora: la erosión. La lenta y persistente acción del viento, del agua de lluvia y de los cambios de temperatura fue desgastando la roca de forma desigual —atacando las capas más blandas y respetando las más duras—, y así esculpió las figuras caprichosas y monumentales que hoy se admiran, con siluetas que recuerdan copas, botas, camellos, esfinges y perfiles diversos, a las que la imaginación popular fue poniendo nombre.
Las Furnas, por su parte, tienen un origen distinto, ligado a procesos de disolución y colapso del terreno: son enormes cavidades casi circulares que se formaron por el hundimiento del suelo arenoso sobre cavidades subterráneas relacionadas con el agua. Junto con la Lagoa Dourada —conectada a ese mismo sistema hídrico subterráneo—, conforman un conjunto geológico e hidrológico de gran valor científico y paisajístico, testimonio de la larguísima historia geológica de los Campos Gerais paranaenses.
El parque se encuentra en la región de los Campos Gerais de Paraná, un paisaje de campos abiertos, cerrado y bosques de araucarias que se extiende por el segundo planalto paranaense. Esta región tuvo importancia histórica como zona de paso de los tropeiros, los arrieros que conducían el ganado por los caminos que unían el sur del país con las ferias del interior, especialmente la ruta hacia Sorocaba.
Los campos abiertos de la región, aptos para la ganadería, atrajeron el establecimiento de estancias y el desarrollo de una economía ligada al ganado y, más tarde, a la agricultura. Ciudades como Ponta Grossa, cercana al parque, se desarrollaron como centros de esta región de los Campos Gerais.
Las formaciones de Vila Velha, conocidas y valoradas localmente por su singularidad, fueron durante mucho tiempo un punto de referencia en el paisaje de los Campos Gerais, antes de su protección oficial como área natural. Su belleza y rareza geológica las convirtieron en un atractivo reconocido en Paraná.
Reconociendo el valor excepcional de sus formaciones geológicas y de su paisaje, las autoridades de Paraná decidieron proteger el área de Vila Velha. El parque fue creado oficialmente por el decreto nº 1.292 del 12 de octubre de 1953, convirtiéndose en la primera unidad de conservación estatal de todo Paraná y en un hito de la historia del conservacionismo brasileño. El objetivo era preservar los arenitos, las Furnas, la Lagoa Dourada y el ecosistema de campos nativos y bosques de araucarias del entorno.
Curioso: aunque el parque existía formalmente desde 1953, recién se autorizó la visita del público en la década de 1960, y en 1966 el conjunto de Vila Velha, las Furnas y la Lagoa Dourada se convirtió en el primer bien tombado (protegido como patrimonio) por el estado de Paraná. A lo largo de las décadas siguientes, el parque se consolidó como uno de los destinos naturales más visitados y emblemáticos del estado, con su Taça convertida en símbolo turístico paranaense.
Con el tiempo se desarrolló una infraestructura de visitación —centro de visitantes, senderos, pasarelas, miradores, transporte interno y el histórico elevador de la Furna 1— pensada para permitir el disfrute del público compatibilizándolo con la protección de un patrimonio geológico frágil. La gestión del parque ha buscado siempre equilibrar la conservación con el turismo, regulando el acceso y los recorridos. Hoy el Parque Estadual de Vila Velha es un símbolo natural de Paraná y una de las maravillas geológicas del sur de Brasil, donde los visitantes pueden contemplar el resultado de cientos de millones de años de historia de la Tierra esculpidos en la piedra.
La historia reciente del parque estuvo marcada por episodios que pusieron a prueba su gestión y demostraron la fragilidad de su patrimonio. A comienzos de los años 2000, problemas de conservación, de seguridad y de infraestructura llevaron a un cierre temporal del Parque Estadual de Vila Velha al público, que permaneció con la visitación restringida mientras se planificaba un modelo de manejo más sostenible. El paisaje de campos y cerrado que rodea las formaciones es, además, especialmente vulnerable a los incendios durante las secas del invierno, un riesgo que la administración debe vigilar cada año.
Estos episodios reforzaron una idea de fondo: las formaciones de arenisca, esculpidas durante 300 millones de años, son extraordinariamente resistentes al tiempo pero sensibles al pisoteo, al vandalismo y a la presión humana. Un nombre grabado en la roca o un sendero mal trazado pueden dañar en un instante lo que la naturaleza tardó eras en construir. Por eso el parque necesitaba una visitación cuidadosamente regulada.
Tras obras de recuperación e infraestructura, el parque reabrió con un nuevo modelo de visitación que sigue vigente: acceso por horarios, venta de entradas con corte a media tarde, transporte interno en bus entre los sectores para reducir el impacto sobre el terreno, y senderos y pasarelas que canalizan el tránsito de los visitantes. Desde 2019, la operación turística del parque está a cargo de una concesionaria privada (Soul Parques), bajo la supervisión del Instituto Água e Terra del gobierno de Paraná. Ese esquema busca equilibrar un turismo creciente con la conservación de uno de los patrimonios geológicos más valiosos del sur de Brasil, para que la Taça siga en pie muchos millones de años más.