Mucho antes de que Ubatuba fuera la capital del surf paulista, en estas mismas playas un joven jesuita español pasó meses como rehén de los indígenas, escribiendo poemas religiosos en la arena porque no tenía papel. Ese hombre era José de Anchieta, hoy canonizado como santo, y el episodio que protagonizó aquí —la llamada 'paz de Iperoig'— es uno de los momentos fundacionales de la historia de Brasil. La ciudad de olas y bikinis guarda, en su nombre antiguo, una de las páginas más tensas del choque entre europeos e indígenas.
La región estuvo habitada antes de la llegada de los europeos por los tupinambás, un pueblo indígena de lengua tupí que dominaba buena parte del litoral del sudeste y vivía de la pesca, la caza y la agricultura en plena Mata Atlântica. El propio nombre Ubatuba tiene raíces en la lengua tupí, vinculado según las interpretaciones más difundidas a la abundancia de cañas o juncos en la zona (algo así como 'lugar de muchas ubás').
En el siglo XVI, el litoral fue escenario de la pugna entre portugueses y franceses por el control de Brasil, en la que los distintos grupos indígenas se aliaron con uno u otro bando: los tupinambás, en particular, se acercaron a los franceses en el conflicto conocido como la Confederación de los Tamoios. Ubatuba —entonces Iperoig— quedó asociada a un episodio célebre: hacia 1563, los misioneros jesuitas Manuel da Nóbrega y José de Anchieta negociaron con los tupinambás una tregua para frenar la guerra. Durante esas largas y peligrosas negociaciones, Anchieta permaneció como rehén entre los indígenas, garantizando con su propia vida el cumplimiento del pacto.
Este episodio fundacional vincula a Ubatuba con los inicios de la presencia europea y de la acción jesuítica en Brasil. Más allá del relato heroico, la paz de Iperoig refleja la importancia estratégica de este tramo de costa en la disputa por el territorio y el papel central —muchas veces olvidado— que los pueblos indígenas tuvieron en aquel violento choque de mundos.
A lo largo de la época colonial, Ubatuba se desarrolló como villa y puerto del litoral norte paulista. Su economía estuvo ligada a los ciclos productivos de la región: en distintos momentos exportó productos agrícolas, y durante el auge del azúcar y, sobre todo, del café que se cultivaba en el interior, los puertos del litoral norte cumplieron un papel en el embarque de la producción hacia los mercados externos.
Sin embargo, la barrera natural de la Serra do Mar, con sus laderas empinadas cubiertas de selva, dificultaba enormemente las comunicaciones terrestres con el interior y con las grandes ciudades. Esto sumió a Ubatuba en un largo período de aislamiento y relativa decadencia económica una vez que las rutas del café se desplazaron hacia otros puertos y ferrocarriles.
Ese aislamiento, que durante mucho tiempo significó pobreza y estancamiento, tuvo una contracara afortunada: mantuvo el litoral de Ubatuba en gran medida preservado, con su Mata Atlântica, sus decenas de playas y su cultura caiçara —la de las comunidades tradicionales del litoral, mezcla de herencias indígena, africana y portuguesa— en buena parte intactas. La región quedó así como un tesoro natural y cultural a la espera de mejores comunicaciones.
El gran punto de inflexión llegó en el siglo XX con la construcción de la carretera Rio-Santos (BR-101), que recorre el litoral conectando Río de Janeiro con Santos a través del litoral norte paulista, incluida Ubatuba. Durante siglos, la muralla verde de la Serra do Mar había mantenido a la región casi incomunicada por tierra; la apertura de esta vía, en la segunda mitad del siglo, derribó por fin esa barrera y puso las playas de Ubatuba al alcance de las grandes metrópolis del sudeste brasileño en apenas unas horas de auto.
Con el acceso por tierra, Ubatuba se transformó rápidamente en un destino turístico. Sus más de cien playas, su naturaleza preservada y, sobre todo, la calidad de sus olas atrajeron a veraneantes y a una nueva generación de surfistas. La cultura del surf echó raíces con fuerza a partir de los años 70 y 80: playas como Itamambuca, con su río, su vegetación y sus tubos, se volvieron escenario de campeonatos nacionales e internacionales, y la ciudad se ganó el apodo de 'capital del surf' del litoral paulista. Escuelas, shapers, tiendas y toda una economía joven crecieron alrededor de las tablas.
Ese crecimiento convivió con la herencia caiçara, la cultura de las comunidades tradicionales del litoral —mezcla de raíces indígenas, africanas y portuguesas— que durante los siglos de aislamiento habían vivido de la pesca artesanal, la mandioca, la canoa cavada en un solo tronco y una relación íntima con el mar y la selva. Esa cultura sobrevive en la gastronomía, la música, las fiestas y los saberes de muchas comunidades del municipio, y hoy forma parte del atractivo de Ubatuba.
El turismo se convirtió en el motor económico de la ciudad, que supo combinar el desarrollo con la protección de buena parte de su entorno: cerca del 80% del territorio de Ubatuba está dentro de áreas protegidas, sobre todo del enorme Parque Estadual da Serra do Mar. Atracciones como el Aquário de Ubatuba o la base del Projeto Tamar, dedicada a la conservación de las tortugas marinas, reforzaron su perfil de destino de naturaleza y educación ambiental. Hoy, Ubatuba es un equilibrio siempre en tensión entre la herencia caiçara, la exuberante Mata Atlântica y una vibrante cultura playera y surfera que atrae cada verano a multitudes desde São Paulo, Río y todo el país.
Frente a la costa de Ubatuba se levanta la Ilha Anchieta, hoy un parque estatal de playas transparentes y senderos por la Mata Atlântica, pero con un pasado mucho más sombrío. A comienzos del siglo XX la isla albergó una colonia correccional y, desde 1908, un presidio que llegó a recibir a centenares de presos comunes y políticos, en condiciones duras de aislamiento marítimo.
El episodio más recordado ocurrió en 1952, cuando estalló una violenta rebelión de presos en el Presídio da Ilha Anchieta. El motín fue reprimido con dureza y dejó numerosos muertos entre presos y guardias; tras el levantamiento, el presidio fue desactivado y la isla quedó en abandono durante años. Sus ruinas —pabellones, muros y antiguas instalaciones— todavía pueden recorrerse y son uno de los atractivos históricos de la excursión.
En 1977 la isla fue transformada en Parque Estadual da Ilha Anchieta, integrándola al sistema de áreas protegidas del estado de São Paulo. Hoy combina la memoria de aquel presidio con la conservación de la Mata Atlântica y de su fauna, y se ha convertido en uno de los paseos en barco más populares de Ubatuba, donde la historia carcelaria convive con playas paradisíacas y trilhas ecológicas.