Mucho antes de la llegada de los europeos, la región donde hoy se levanta Santarém estaba habitada por los tapajós (o tapajó), un pueblo indígena que dio nombre al gran río Tapajós y que desarrolló una de las culturas más notables de la Amazonía precolombina. Vivían en la confluencia del Tapajós con el Amazonas, un punto de enorme riqueza pesquera y estratégica, y formaban una sociedad numerosa y compleja, descrita por los primeros cronistas europeos como populosa y bien organizada.
El legado más impresionante de este pueblo es la llamada cultura tapajónica, conocida sobre todo por su cerámica. Los tapajós produjeron piezas de gran elaboración y belleza —vasijas, estatuillas, cariátides y los célebres 'muiraquitãs' (amuletos de piedra verde en forma de animales)—, decoradas con figuras humanas y animales modeladas y aplicadas. Estas piezas se cuentan entre las expresiones cerámicas más sofisticadas de la Amazonía antigua y hoy se conservan en museos, incluido el acervo del Centro Cultural João Fona, en la propia Santarém.
El descubrimiento de estos vestigios, junto a las llamadas 'terras pretas' (tierras negras antrópicas, muy fértiles, formadas por la ocupación humana milenaria), alimentó la idea de que la Amazonía albergó poblaciones mucho más numerosas y organizadas de lo que durante mucho tiempo se creyó. La región de Santarém es, en ese sentido, una de las claves para entender la profundidad histórica de la ocupación humana en la selva.
La presencia portuguesa estable en la confluencia del Tapajós y el Amazonas comenzó en el siglo XVII, en el marco de la expansión por la Amazonía que partía de Belém, fundada en 1616. En 1661, el padre jesuita António Vieira impulsó la instalación de una misión religiosa en la aldea de los indios tapajós, con el objetivo de catequizar a la población originaria y consolidar el dominio de la Corona portuguesa en la región del bajo Amazonas.
Aquella misión, conocida como la aldea de los Tapajós, fue el germen de la futura ciudad. Durante casi un siglo, el sitio funcionó como reducción indígena bajo administración religiosa, en un período marcado por las tensiones entre los proyectos misioneros, los intereses de los colonos y el impacto de las enfermedades y la presión sobre las poblaciones nativas.
El cambio de estatus llegó en el siglo XVIII, en el marco de las reformas del Marqués de Pombal, que reorganizaron la Amazonía portuguesa, expulsaron a los jesuitas y transformaron muchas aldeas misioneras en villas civiles. En 1758, el sitio fue elevado a la categoría de villa con el nombre de Santarém, en homenaje a la ciudad portuguesa homónima, situada a orillas del río Tajo. Con ese nombre y ese rango quedó incorporada a la red de villas que la Corona impulsaba para afirmar su soberanía sobre el inmenso territorio amazónico.
Durante el siglo XIX, Santarém creció al ritmo de la economía amazónica y, sobre todo, del auge del caucho. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, la fiebre del látex extraído de los árboles de seringueira transformó toda la Amazonía: ciudades como Manaos y Belém vivieron una prosperidad espectacular, y Santarém, por su posición estratégica como puerto sobre el Amazonas, se benefició del intenso tráfico fluvial de la época, consolidándose como centro comercial del oeste paraense.
Un capítulo singular de la historia santarena se abrió tras la Guerra de Secesión de Estados Unidos (1861-1865). Derrotados los estados del sur, un grupo de colonos confederados decidió emigrar antes que vivir bajo el nuevo orden, y varios cientos se instalaron en distintas regiones de Brasil, donde el emperador Pedro II favorecía la inmigración. Uno de esos núcleos se asentó en la región de Santarém, atraído por las tierras y las promesas de un nuevo comienzo. Aunque muchos terminaron regresando o dispersándose, dejaron huellas en apellidos y en la memoria local de la zona.
El ciclo del caucho entró en crisis a comienzos del siglo XX, cuando las plantaciones del sudeste asiático —desarrolladas a partir de semillas sacadas de la Amazonía— quebraron el monopolio brasileño y hundieron los precios. Santarém, como toda la región, atravesó entonces tiempos más difíciles, pero conservó su rol de puerto y de centro de servicios del bajo Amazonas, sostenido por la pesca, la agricultura y el comercio fluvial.
A lo largo del siglo XX, Santarém se afirmó como la principal ciudad del oeste de Pará y un nudo de la navegación amazónica. La pesca, la explotación maderera, la agricultura y el comercio fluvial sostuvieron su crecimiento, mientras la ciudad ampliaba su población y sus servicios y se conectaba con Belém y Manaos a través de los grandes barcos de línea que aún hoy recorren el Amazonas.
Un punto de inflexión llegó con la integración por tierra. La construcción y, ya en el siglo XXI, la pavimentación de la carretera BR-163, que une Santarém con el sur de Mato Grosso a través de la Amazonía, transformó la economía regional al conectar el puerto santareno con la frontera agrícola del Centro-Oeste brasileño. La instalación de un gran puerto granelero para la exportación de soja convirtió a Santarém en una salida estratégica de la producción agrícola hacia los mercados internacionales.
Ese desarrollo trajo consigo un intenso debate ambiental y social. La expansión de la soja y de la frontera agropecuaria, junto al avance de la carretera, se asociaron a presiones sobre la selva, la deforestación y los conflictos por la tierra con comunidades tradicionales e indígenas. Al mismo tiempo, la región fortaleció iniciativas de conservación y de turismo de naturaleza —como la Floresta Nacional do Tapajós y el ecoturismo de Alter do Chão—, que buscan un modelo de desarrollo compatible con la preservación amazónica. Santarém vive hoy esa tensión entre el agronegocio, la conservación y el turismo, en una de las regiones más sensibles del planeta.
Si en el pasado la historia de Santarém giró en torno a los indígenas, las misiones, el caucho y el comercio fluvial, en las últimas décadas un nuevo capítulo la transformó: el del turismo de naturaleza. El protagonista de ese giro es Alter do Chão, el pueblo ribereño a orillas del Tapajós que, gracias a sus playas de arena blanca y aguas verde-azuladas que emergen en la temporada seca, pasó de ser una tranquila villa de pescadores a uno de los destinos más codiciados de la Amazonía brasileña.
El apodo de 'Caribe amazónico' y el reconocimiento de su belleza —incluida la mención de medios internacionales que destacaron sus playas de río— pusieron a Alter do Chão y a Santarém en el mapa del turismo. La Ilha do Amor, los paseos en barco por el Tapajós y los igapós, y la cercanía de la Floresta Nacional do Tapajós convirtieron a la región en un referente del ecoturismo y del turismo de base comunitaria, en el que las comunidades tradicionales participan ofreciendo guías, alojamiento y artesanías.
Así, Santarém combina hoy varias identidades: la del puerto histórico y la ciudad de servicios del oeste paraense; la del nudo del agronegocio conectado por la BR-163; y la de la puerta de entrada a un paisaje amazónico de playas, selva y ríos que atrae a viajeros de todo el mundo. Esa convivencia entre desarrollo y conservación, entre la ciudad y la selva, resume bien el lugar que Santarém ocupa en la Amazonía contemporánea.