Hay una ciudad brasileña cuyo nombre no viene de un santo, ni de un rey, ni de un río, sino de una pared de piedra sumergida. Recife se llama así por los arrecifes: una barrera de roca de arenisca que corre paralela a la costa y que, durante siglos, hizo de muralla natural para abrigar los barcos. Antes de que llegaran los portugueses, este litoral estaba habitado por pueblos originarios de la familia tupí, que vivían de la pesca, la recolección y el cultivo de la mandioca entre los ríos, los manglares y el mar. Pero fue esa línea de roca frente a la orilla la que decidió el destino del lugar: el origen del nombre y de la ciudad misma.
La palabra 'recife' (antiguamente 'arrecife') deriva del árabe 'ár-raçif', que significa pavimento, calzada, línea de arrecifes, dique o muelle. Las primeras menciones documentales aparecen muy temprano: en el diario de Pero Lopes de Sousa, que hacia 1532 llama al puerto natural 'Barra dos Arrecifes', y en el Foral de Olinda (1537), donde el primer donatario, Duarte Coelho, lo nombra 'Arrecife dos Navios' (Arrecife de los Navíos). Más tarde, un mapa de João Teixeira Albernaz I (1618) lo registra como 'Lugar do Recife'.
El arrecife no fue solo un nombre: fue la clave económica del lugar. Esa barrera de roca creaba un fondeadero abrigado, un puerto natural donde los barcos podían cargar y descargar al resguardo del oleaje. Por eso, desde el siglo XVI, el 'Arrecife dos Navios' se convirtió en el puerto por el que salía la riqueza de la capitanía de Pernambuco, mientras la villa señorial crecía en lo alto, en Olinda. A comienzos del siglo XVII, el puerto del Recife era uno de los más activos de la América portuguesa, lo que lo convirtió también en blanco de corsarios franceses, ingleses y holandeses.
En la primera mitad del siglo XVI, la Corona portuguesa organizó la colonización de Brasil mediante el sistema de capitanías hereditarias. La capitanía de Pernambuco le fue otorgada a Duarte Coelho Pereira, que llegó en 1535 y fundó Olinda, en lo alto de unas colinas con vista al mar, como sede señorial de la capitanía. A los pies de Olinda, junto al agua, fue creciendo el modesto puerto del 'Arrecife dos Navios', que oficiaba de salida marítima de la villa.
Pernambuco se convirtió rápidamente en una de las regiones más ricas de la América portuguesa gracias a un solo producto: el azúcar. El clima, el suelo de la 'zona da mata' y la cercanía del puerto hicieron de la región un gigantesco complejo azucarero, con decenas de engenhos (ingenios) que producían azúcar para el mercado europeo. Esa riqueza se construyó sobre la base brutal del trabajo esclavo: primero el sometimiento de los pueblos indígenas y, sobre todo, la deportación masiva de africanos esclavizados, cuya mano de obra sostuvo la economía colonial durante siglos y cuya herencia cultural es hoy parte central de la identidad pernambucana.
Durante el ciclo del azúcar, Olinda concentraba el poder, la nobleza de la tierra (los 'senhores de engenho') y las grandes iglesias, mientras el Recife crecía como barrio portuario y comercial, habitado por mercaderes, marineros, artesanos y trabajadores. Esa tensión entre la villa aristocrática de la colina y el bullicioso puerto de abajo marcaría la historia de la región por mucho tiempo. La prosperidad azucarera, además, atrajo la codicia de otras potencias europeas: a comienzos del siglo XVII, los holandeses pusieron los ojos en Pernambuco.
Atraída por la riqueza azucarera, la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales (WIC) invadió Pernambuco en febrero de 1630. Una poderosa flota —del orden de sesenta y siete naves y miles de hombres, al mando del almirante Hendrick Corneliszoon Loncq— tomó Olinda y el Recife, y los holandeses se establecieron en la región. Comenzaba así un período de dominio neerlandés sobre el Nordeste brasileño que se extendería, con altibajos, hasta 1654: el 'Brasil holandés' o 'Nova Holanda'.
El gran protagonista de esta etapa fue Johan Maurits van Nassau-Siegen, conocido en Brasil como Mauricio de Nassau, que gobernó la colonia entre 1637 y 1644. A diferencia de una simple ocupación militar, Nassau emprendió la transformación del Recife en una verdadera ciudad planificada, la 'Mauritsstad' (Ciudad Mauricia), levantada sobre la isla de Antônio Vaz. Fue, según los historiadores, la primera ciudad de las Américas en pasar por un proceso de planeamiento urbano: trazó calles, abrió canales, construyó puentes que unían las islas, levantó palacios (como el Vrijburg y el Boa Vista), jardines, e instaló un observatorio astronómico y una estación meteorológica, considerados los primeros creados por europeos en América.
Nassau rodeó su gobierno de artistas y científicos. Pintores como Frans Post (el primer paisajista europeo que retrató el paisaje americano) y Albert Eckhout, y naturalistas como Georg Marcgraf y Willem Piso, documentaron la flora, la fauna, los paisajes y los pueblos del Brasil holandés, dejando un legado científico y artístico extraordinario. Otro rasgo notable de su gobierno fue una amplia tolerancia religiosa: bajo el dominio neerlandés, los judíos sefardíes —muchos de ellos antiguos 'cristianos nuevos' obligados a convertirse— pudieron practicar abiertamente su fe, y fundaron en el Recife la Kahal Zur Israel (hacia 1636), considerada la primera sinagoga de las Américas. La Recife de Nassau fue, por un breve tiempo, una ciudad cosmopolita y singular en el Nuevo Mundo.
El gobierno tolerante y relativamente próspero de Nassau no se sostuvo. En 1644, Mauricio de Nassau renunció y regresó a Europa, y la administración de la Compañía, más rígida y centrada en cobrar deudas a los plantadores, deterioró las relaciones con los 'senhores de engenho' locales, en su mayoría portugueses y católicos. El contexto también cambió en Europa: en 1640, Portugal había recuperado su independencia de la Corona española (la Restauración portuguesa), lo que reavivó el deseo de expulsar a los holandeses de Brasil.
En 1645 estalló la llamada Insurreição Pernambucana (Insurrección Pernambucana), un levantamiento de los colonos luso-brasileños contra el dominio neerlandés. La resistencia integró a figuras que se volverían símbolos del Nordeste y de Brasil: João Fernandes Vieira y André Vidal de Negreiros (de la élite local), Henrique Dias (líder de un regimiento de negros) y Filipe Camarão (un jefe indígena potiguara). La unión de blancos, negros e indígenas en la lucha contra los holandeses fue cargada, con el tiempo, de un fuerte valor simbólico como momento fundante de una identidad brasileña.
El punto de inflexión fueron las dos Batallas dos Guararapes, libradas en los Montes Guararapes, cerca del actual Jaboatão dos Guararapes. La primera, el 19 de abril de 1648, y la segunda, el 16 de febrero de 1649, terminaron ambas con la derrota de las fuerzas neerlandesas. Estas victorias fueron decisivas y quebraron el poder holandés en la región. Tras años de cerco y resistencia, los holandeses capitularon finalmente en 1654, poniendo fin a casi un cuarto de siglo de dominio neerlandés en el Nordeste. Pernambuco volvió al control portugués, y la experiencia dejó una marca profunda en la memoria y en el orgullo regional.
Expulsados los holandeses, el Recife siguió creciendo como puerto y centro comercial, hasta superar a Olinda en importancia y convertirse, con el tiempo, en la capital de Pernambuco y en una de las grandes ciudades de Brasil. Ese ascenso del puerto sobre la villa aristocrática había alimentado, ya a comienzos del siglo XVIII, tensiones como la Guerra dos Mascates (1710-1711), entre los mercaderes del Recife y la nobleza de Olinda. Con el correr de los siglos, la ciudad se afirmó como metrópoli del Nordeste.
Recife fue, además, cuna de movimientos políticos rebeldes. El más célebre es la Revolución Pernambucana de 1817, un movimiento de carácter republicano y separatista —el último de la época colonial— que estalló en el Recife el 6 de marzo de 1817. Los revolucionarios depusieron al gobernador, instauraron un gobierno provisional y proclamaron una república, con una Ley Orgánica que establecía la igualdad de derechos, la tolerancia religiosa y la libertad de prensa y de conciencia. La nueva república llegó a recibir el apoyo de la Paraíba, el Rio Grande do Norte y parte del Ceará, pero fue sofocada por la Corona. Entre sus líderes estuvieron Domingos José Martins, Cruz Cabugá y el padre João Ribeiro. Pernambuco volvería a rebelarse en 1824, con la Confederação do Equador.
Más allá de la política, la identidad más perdurable de Recife se forjó en su cultura popular. A comienzos del siglo XX nació el frevo, un ritmo y una danza urbana, frenética y acrobática, surgida en las calles del Recife a partir de la mezcla de la marcha, el maxixe y la capoeira; la sombrilla del frevo, hoy símbolo de la fiesta, habría empezado como instrumento de defensa de los capoeiristas que acompañaban a las bandas. En 2012, la UNESCO declaró al frevo Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Junto a él, el maracatu —de raíz afrobrasileña, con sus tambores, sus 'nações' y sus reyes y reinas— es otra de las grandes manifestaciones culturales pernambucanas. Todo esto confluye en el Carnaval de Recife y Olinda, uno de los más auténticos del país, cuyo símbolo máximo es el Galo da Madrugada, creado en 1978 y registrado en el Libro Guinness como el mayor bloque carnavalesco del mundo por su número de participantes.