Mucho antes de ser un destino de playa, la región de Porto de Galinhas era parte del corazón azucarero del litoral sur de Pernambuco. La colonización de Ipojuca arrancó hacia 1560, tras la expulsión de los indígenas caetés y otras tribus de la costa, cuando los colonos portugueses se asentaron sobre las fértiles tierras de massapê (un suelo arcilloso oscuro, ideal para la caña de azúcar). En pocos años brotaron numerosos engenhos —los ingenios donde se molía la caña y se producía el azúcar—, que convirtieron a Ipojuca en uno de los polos de la 'civilización del azúcar' del Nordeste brasileño.
En los siglos XVI y XVII, el sitio donde hoy está Porto de Galinhas se conocía como Porto Rico, nombre que aludía a su riqueza: la abundancia de pau-brasil (el palo brasil, madera que dio nombre al país y motor del primer ciclo económico colonial) y la producción azucarera de los engenhos vecinos. Era un puerto de salida de esa riqueza hacia Europa.
La economía del azúcar se sostenía, como en todo el Nordeste, sobre el trabajo de personas africanas esclavizadas. Algunos de los engenhos de la región quedaron en la memoria histórica: el Engenho Massangana, por ejemplo, fue donde pasó parte de su infancia Joaquim Nabuco, uno de los grandes nombres del abolicionismo brasileño. Ese entramado de engenhos, puerto y esclavitud es el telón de fondo imprescindible para entender lo que vino después: el origen del nombre actual.
El nombre 'Porto de Galinhas' esconde uno de los capítulos más oscuros de la historia brasileña. Tras siglos de tráfico transatlántico de personas esclavizadas, en 1850 se promulgó la ley Eusébio de Queirós, que prohibió de manera efectiva el comercio de esclavos por mar. La presión internacional —en especial la de Inglaterra— y esta legislación no terminaron de golpe con el tráfico: lo empujaron a la clandestinidad. Los traficantes empezaron a desembarcar a las personas esclavizadas de forma ilegal, escondidas, en puertos discretos del litoral. Porto Rico, alejado y de poco control, se volvió uno de esos puntos de desembarco clandestino.
La explicación más difundida sobre el nombre cuenta que, para avisar la llegada de un cargamento ilegal sin levantar sospechas, se usaba una clave: 'tem galinha nova no porto' ('hay gallina nueva en el puerto'). La palabra 'galinha' funcionaba como código para anunciar que había llegado un nuevo grupo de africanos esclavizados para ser vendidos. El detalle que da fuerza a la historia es que los barcos traían, además, galinhas-d'angola (las gallinas de Angola, también llamadas pintadas o de Guinea): aves ruidosas y de comercio perfectamente legal, que servían tanto de tapadera comercial como para encubrir, con su bullicio, la presencia de las personas ocultas en la bodega.
De tanto repetirse aquella clave, el viejo Porto Rico fue quedando en el olvido y el lugar empezó a llamarse Porto das Galinhas y, con el tiempo, simplemente Porto de Galinhas. Así, el nombre que hoy evoca un paraíso de playas nació, en realidad, de la violencia del tráfico clandestino de seres humanos. Es una memoria incómoda que conviene tener presente al visitar el lugar.
Pasada la época del azúcar y abolida la esclavitud en 1888, Porto de Galinhas quedó durante casi un siglo como una tranquila aldea de pescadores. Sus habitantes vivían de la pesca artesanal y del mar, en un litoral de arrecifes y aguas calmas que entonces no tenía fama más allá de la región. Las jangadas —las balsas tradicionales a vela del Nordeste— eran herramienta de trabajo de los pescadores mucho antes de convertirse en atracción turística.
El 'descubrimiento' turístico empezó a gestarse entre las décadas de 1980 y 1990, cuando surfistas y viajeros llegaron atraídos por la belleza de sus playas y, sobre todo, por las piscinas naturais que se formaban entre los corales con la marea baja. Lo que durante generaciones había sido el paisaje cotidiano de una aldea pesquera empezó a verse como un paraíso, y la voz se corrió. A fines de los años 90 el turismo todavía estaba comenzando, pero el crecimiento ya era imparable.
De aquella transformación nació también el símbolo más visible del lugar. En los años 90, el artesano Gilberto Carcará empezó a crear las célebres esculturas de gallinas de colores, talladas en troncos de coqueiro y, más tarde, en material reciclado. Esas gallinas alegres y coloridas —que hoy llenan la vila en forma de cerámicas y souvenirs— resignificaron el nombre del lugar: tomaron la palabra cargada de un pasado doloroso y la convirtieron en una marca luminosa y popular, sin borrar la historia que hay detrás.
A partir de los años 2000, Porto de Galinhas se consolidó como uno de los destinos de playa más populares y premiados de Brasil, citado una y otra vez entre las mejores playas del país. El crecimiento trajo resorts en Muro Alto y Cupe, una vila volcada al turismo y miles de visitantes al año atraídos por las piscinas naturais. Ese éxito, sin embargo, puso presión sobre los ecosistemas que dan vida al lugar: los arrecifes de coral, frágiles y vivos, y los manguezales de los estuarios.
Uno de los emblemas de esa tensión entre turismo y naturaleza es el caballito de mar. En el Pontal de Maracaípe, donde el río Maracaípe se encuentra con el mar, sobrevive una población de cavalos-marinhos de la especie Hippocampus reidi (el caballito de hocico largo), uno de los pocos lugares de Brasil donde pueden verse en su hábitat natural. La especie está incluida en la lista oficial brasileña de fauna amenazada de extinción, y la zona forma parte de un área protegida estadual, la APA dos Rios Sirinhaém e Maracaípe.
Para protegerlos surgió el Projeto Hippocampus, una iniciativa dedicada a la conservación de los caballitos de mar que trabaja con universidades y organismos ambientales, reproduciendo ejemplares y liberando juveniles en los estuarios de Maracaípe y de la región de Suape. El proyecto también busca ordenar el turismo de avistaje para que la observación de caballitos de mar —hoy un atractivo muy demandado— no termine dañando a los animales: por eso se promueven paseos guiados responsables, en stand up paddle, kayak o jangada, con la regla de no sacar nunca a los caballitos del agua ni manipularlos.
Hoy Porto de Galinhas es uno de los grandes íconos turísticos del Nordeste de Brasil, apodado el 'Caribe brasileño' por el color y la calidez de sus aguas. La vila de calles de arena, las gallinas de colores, las jangadas que cada día siguen las mareas hacia las piscinas naturais y la sucesión de playas que van de Muro Alto a Maracaípe forman una de las postales más reconocibles del país. El turismo es el motor económico de la región y convive con el polo industrial y portuario de Suape, vecino al norte.
Ese mismo éxito plantea los desafíos del presente: cómo sostener la afluencia masiva de visitantes sin degradar los arrecifes de coral —que son la razón de ser de las piscinas naturais—, los manguezales y la fauna que los habita. Iniciativas de conservación como el Projeto Hippocampus, el estatus de área protegida de los estuarios y las reglas para los paseos de jangada y de avistaje apuntan a un turismo más cuidadoso.
Y, por debajo de la postal paradisíaca, sigue latiendo la memoria de su nombre. Lo que hoy es sinónimo de playas de ensueño nació de la violencia del tráfico clandestino de personas esclavizadas. Las gallinas de colores que sonríen en cada esquina de la vila son, vistas con perspectiva, un modo de habitar esa historia: celebrar el presente luminoso sin olvidar del todo el pasado que le dio su nombre.