Cada año, un área más grande que media Inglaterra desaparece bajo el agua y vuelve a emerger: esa es la respiración del Pantanal, la mayor planicie inundable del mundo. Su nombre deriva directamente del portugués 'pântano' (pantano, ciénaga, zona anegadiza). Así, de forma sencilla y descriptiva, llamaron los colonizadores portugueses a esta inmensa llanura del interior de Sudamérica que cada año se inunda y se transforma en un gigantesco espejo de agua. No es un nombre poético ni indígena: es la palabra cotidiana para 'tierra que se encharca', aplicada a una de las regiones naturales más extraordinarias del planeta.
Pero los pueblos originarios que habitaron estas tierras mucho antes de la llegada europea tenían sus propios nombres. Los Guató, considerados 'el pueblo del Pantanal' por excelencia, llamaban a la región 'Guadakan'. Otras lenguas de la zona tenían sus propias denominaciones. Para esos pueblos, el humedal no era un 'pantano' a domesticar, sino un territorio de vida regido por el agua, donde se navegaba en canoa, se pescaba y se cazaba al ritmo de las crecientes.
El Pantanal es la mayor planicie inundable (o humedal continuo) del mundo: se calcula en unos 195.000 km² de extensión, de los cuales alrededor de 150.000 km² están en Brasil —repartidos entre los estados de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, en la Región Centro-Oeste— y el resto se extiende por Bolivia y Paraguay. Toda esa enormidad forma parte de la Bacia do Alto Paraguai (la cuenca del alto río Paraguay), en el corazón geográfico de Sudamérica.
Lo que hace único al Pantanal no es solo su tamaño, sino su función como encrucijada de biomas: es un punto de encuentro y transición entre la Amazonía, el Cerrado (la sabana brasileña), la Mata Atlántica y el Chaco / Bosque Seco Chiquitano. Esa posición de cruce, sumada al pulso anual de inundación, explica su asombrosa biodiversidad y por qué se convirtió en uno de los grandes santuarios de fauna del mundo.
Desde el punto de vista geológico y geomorfológico, el Pantanal se define como una 'gran y relativamente compleja planicie de coalescencia detrítico-aluvial': es decir, una inmensa llanura formada por la acumulación, a lo largo de millones de años, de sedimentos arrastrados por los ríos desde las tierras altas que la rodean (los planaltos del Cerrado). Esos sedimentos se depositaron en una gran depresión tectónica, creando una superficie extraordinariamente plana, con muy poca pendiente, donde el agua se mueve con lentitud.
Esa planitud extrema es la clave de todo. Como el terreno es casi horizontal, cuando llegan las lluvias el agua no escurre rápido hacia el mar: se desparrama, se acumula y permanece. El río Paraguai y sus numerosos afluentes (Cuiabá, Miranda, Taquari, São Lourenço y otros) reciben más agua de la que sus cauces pueden contener, desbordan y anegan la llanura. Así nace el rasgo que define al Pantanal: el pulso de inundación, un ciclo anual entre dos estaciones bien marcadas.
La estación de la cheia (aguas altas) comienza con las primeras lluvias, hacia noviembre, y se extiende hasta marzo. En esos meses el agua avanza desde el norte hacia el sur con la lentitud característica de la planicie, transformando campos en lagunas y convirtiendo gran parte del Pantanal en un inmenso mar interior salpicado de 'cordilheiras' (islotes de tierra más alta donde se refugian los animales y el ganado). El paisaje se vuelve verde, exuberante y, en buena medida, navegable.
Luego, hacia abril, comienza la estación de la seca (aguas bajas), que se prolonga hasta octubre. El agua se retira poco a poco, deja al descubierto pastizales, bancos de arena y lagunas que se van encogiendo (las 'baías' y 'salinas'). Es entonces cuando la fauna se concentra alrededor de los cuerpos de agua que quedan, y por eso la seca es la mejor época para el avistaje. Este vaivén eterno entre inundación y sequía es el motor ecológico del Pantanal: lo que parece un obstáculo —que todo se inunde y luego se seque— es justamente lo que sostiene su riqueza de vida.
El Pantanal está habitado por seres humanos desde hace miles de años: hay registros de ocupación que se remontan a unos 8.000 años, con pueblos indígenas que formaron a lo largo del tiempo un verdadero mosaico cultural a la vera de los grandes ríos. Cuando llegaron las primeras expediciones europeas, en el siglo XVI, la planicie era un complejo entramado de muchos pueblos, con comunidades establecidas sobre los cauces, registradas por los cronistas españoles a partir de 1540.
Entre todos esos pueblos, los Guató son los más emblemáticos: se los considera 'el pueblo del Pantanal' por excelencia. Eran canoeiros —pueblo de las canoas—, perfectamente adaptados a la vida anfibia de la planicie inundable, que ocupaban prácticamente toda la región sudoeste de lo que hoy es Mato Grosso, extendiéndose hacia Mato Grosso do Sul y Bolivia. Su vida giraba en torno al agua: pescaban, cazaban y se desplazaban en canoa por el laberinto de ríos y lagunas. En el norte de la cuenca vivían los Bororo, con presencia registrada desde hace al menos siete mil años, y en otras zonas pueblos como los Terena, los Kadiwéu y otros.
La colonización europea, primero a través de expediciones y luego con el avance de la frontera portuguesa, fue transformando lentamente la región. El gran golpe para los pueblos originarios llegó, sin embargo, mucho después: con la expansión de la ganadería. Entre las décadas de 1940 y 1950 se intensificó la expulsión de los Guató de sus territorios tradicionales, cuando el ganado de los fazendeiros invadía sus roças (cultivos) y los comerciantes de pieles dificultaban su permanencia en lugares como la Ilha Ínsua. Durante décadas se llegó a creer que los Guató se habían extinguido, hasta que la comunidad logró reorganizarse y reivindicar su identidad y su territorio.
Esta historia —la de un humedal habitado por pueblos canoeiros desde tiempos remotos, desplazados luego por el avance de la ganadería— es fundamental para entender el Pantanal. El paisaje 'natural' que hoy admira el turista es también un territorio humano milenario, con culturas que aprendieron, mucho antes que nadie, a vivir al ritmo del agua.
Con la expansión de la ganadería entre los siglos XVIII y XX, el Pantanal se fue poblando de grandes fazendas de cría de ganado, y de esa cultura del campo nació una figura central de la identidad regional: el pantaneiro. El pantaneiro es el peón de a caballo de la planicie, un personaje que aprendió a criar ganado en uno de los ambientes más difíciles del mundo, donde cada año la mitad del territorio se inunda y la otra mitad se seca.
La vida del pantaneiro está marcada por ese pulso del agua. Durante la cheia, cuando los campos se anegan, el ganado debe ser conducido a las 'cordilheiras' y zonas altas para que no se ahogue; durante la seca, se lo mueve hacia los pastos que reverdecen. Este manejo exige un conocimiento profundo del terreno, una relación íntima con el caballo y una capacidad de adaptación que se transmite de generación en generación. El caballo pantaneiro, una raza adaptada a moverse en el agua y el barro, es el compañero inseparable de este trabajo.
Una de las estampas más características de esta cultura es la comitiva: las largas travesías en las que los peones conducían el ganado a pie y a caballo a través de cientos de kilómetros de planicie, durmiendo al raso, cocinando en el campo y cruzando ríos con las tropas. Esas comitivas, hoy en buena parte reemplazadas por el transporte en camión, dejaron una huella enorme en la música, las historias y el imaginario del Pantanal y de todo el Centro-Oeste brasileño.
Durante siglos, la ganadería extensiva fue la base económica del Pantanal y, paradójicamente, una de las razones de su conservación: al ser una actividad de baja intensidad, que aprovechaba los pastos naturales sin necesidad de desmontar a gran escala, convivió durante mucho tiempo con la fauna silvestre sin destruir el ecosistema. El pantaneiro, lejos de ser un mero explotador del paisaje, se volvió parte de él: un guardián práctico de un equilibrio frágil, cuya cultura es hoy uno de los atractivos del turismo en las fazendas.
En las últimas décadas del siglo XX, el Pantanal vivió una transformación que cambiaría su relación con el mundo: el surgimiento del turismo de naturaleza. Lo que durante siglos había sido una región remota, conocida sobre todo por su ganadería y su pesca, empezó a ser valorado por algo nuevo: ser el mejor lugar de Sudamérica para ver fauna en libertad. La vegetación abierta y la concentración de animales junto al agua —tan distinta de la selva amazónica, que esconde a sus animales— convirtieron al Pantanal en un destino soñado para el safari fotográfico y la observación de aves.
La construcción de la Estrada Transpantaneira, iniciada en los años 70, fue un hito en esa historia. El proyecto original era ambicioso: una carretera que cruzara todo el Pantanal, con casi 400 km de extensión, para integrar la región a la economía agrícola del país. Pero el plan fracasó frente a la fuerza del humedal: la obra se detuvo en Porto Jofre, a orillas del río Cuiabá, dejando un camino de tierra de unos 145 km con más de cien puentes de madera. Lo que iba a ser una autopista productiva terminó siendo, sin proponérselo, una de las mejores rutas de avistaje de fauna del planeta.
Muchas fazendas ganaderas, sobre todo en el Pantanal Sur (Miranda, Aquidauana, Corumbá), encontraron en el turismo una nueva vocación. Varias estancias centenarias se reconvirtieron en fazendas-pousada: lodges de ecoturismo que ofrecen alojamiento con pensión completa y un menú de actividades —safaris en 4x4, paseos en barco, cabalgatas, focagem nocturna y observación de aves— guiadas por baqueanos que conocen cada laguna. Esta reconversión permitió a muchas familias pantaneiras diversificar sus ingresos y, al mismo tiempo, dio al ecosistema un valor económico vivo: un jaguar vale más vivo, atrayendo turistas, que muerto.
El caso de Porto Jofre es el ejemplo más claro. De punto final de una carretera frustrada pasó a ser la 'capital mundial' del avistaje de onça-pintada, donde safaris en barco por el río Cuiabá ofrecen una de las experiencias de fauna más confiables del mundo. El turismo de observación de jaguares genera ingresos millonarios para las comunidades locales y se ha vuelto un argumento poderoso a favor de la conservación, demostrando que proteger al Pantanal y a su fauna también es un buen negocio.
El valor excepcional del Pantanal fue reconocido oficialmente con la creación de áreas protegidas y títulos internacionales. En 1981 se creó el Parque Nacional do Pantanal Matogrossense, que abarca unas 135.000 hectáreas en el extremo suroeste de Mato Grosso, en la confluencia de los ríos Cuiabá y Paraguai, una de las zonas más prístinas del bioma. Es un parque remoto, sin acceso por carretera, al que solo se llega por vía fluvial o aérea.
En el año 2000, la UNESCO otorgó al Pantanal su mayor reconocimiento internacional: declaró el 'Complexo de Áreas Protegidas do Pantanal' —que incluye el Parque Nacional do Pantanal Matogrossense y las Reservas Particulares del Patrimonio Natural (RPPN) Acurizal, Penha y Dorochê— como Patrimonio Natural de la Humanidad y Reserva de la Biosfera. Con ello, el Pantanal se sumó al selecto grupo de lugares cuyo valor natural se considera patrimonio de toda la humanidad. Su biodiversidad respalda ese título: se calculan unas 4.700 especies catalogadas, con cientos de aves, decenas de mamíferos, reptiles, anfibios y peces, en una de las concentraciones de vida silvestre más espectaculares del planeta.
Pero el Pantanal también enfrenta amenazas serias, y ninguna lo marcó tanto en tiempos recientes como los incendios de 2020. Ese año, alimentados por una sequía extrema de varios años, los incendios alcanzaron una magnitud récord: ardieron enormes extensiones del bioma. Un estudio científico estimó que los fuegos de 2020 mataron de forma directa alrededor de 17 millones de vertebrados, una cifra que da una idea del desastre ecológico. Las imágenes de jaguares, ariranhas y otros animales heridos o rescatados dieron la vuelta al mundo y pusieron al Pantanal en el centro de la conversación ambiental global.
Los incendios de 2020 dejaron en evidencia los grandes desafíos del Pantanal: el avance del desmonte y la agricultura en las tierras altas que rodean la cuenca (que alteran el ciclo del agua), la construcción de represas e hidroeléctricas, la contaminación por agrotóxicos, el cambio climático y las sequías cada vez más intensas, y la presión sobre los recursos. La conservación del humedal depende de equilibrar la actividad humana —ganadería, pesca, turismo— con la protección de un ecosistema tan vasto como frágil. El turismo de naturaleza responsable, que da valor económico a la fauna viva, y el trabajo de organizaciones de conservación son hoy parte central de la apuesta por mantener vivo el mayor humedal del mundo.