La historia de Palmas no se entiende sin la del territorio que hoy es Tocantins. Durante siglos, esta vasta región del centro-norte de Brasil fue el norte del estado de Goiás: una zona enorme, de población dispersa, alejada de la capital goiana y de los centros de poder, que se sentía postergada y abandonada por el sur del estado. De ese sentimiento nació, ya en el siglo XIX, un largo anhelo de autonomía y separación.
La región tenía, sin embargo, una historia rica. Durante el ciclo del oro del siglo XVIII, el descubrimiento de yacimientos auríferos dio origen a poblados mineros como Natividade, Monte do Carmo, Arraias y Porto Nacional, algunos con un valioso patrimonio colonial que todavía se conserva. Tras el agotamiento del oro, la economía giró hacia la ganadería y la agricultura, y la región quedó relativamente aislada y rezagada.
A lo largo del tiempo surgieron varios movimientos que reclamaban la creación de un estado propio para el norte goiano. Figuras como Joaquim Teotônio Segurado, ya a comienzos del siglo XIX, encarnaron esos primeros impulsos autonomistas, que renacerían una y otra vez. El sueño de un estado independiente del norte de Goiás tardó casi dos siglos en concretarse, pero finalmente encontró su momento con la nueva Constitución brasileña.
El viejo sueño se hizo realidad con la Constitución Federal de 1988, la 'Constitución ciudadana' que selló la redemocratización de Brasil tras la dictadura militar. Ese texto, promulgado el 5 de octubre de 1988, creó el estado de Tocantins, desmembrando definitivamente el norte del estado de Goiás. Nacía así una nueva unidad de la federación, la más joven de Brasil, con el nombre del gran río que la atraviesa: el Tocantins.
La creación del estado respondía a razones de fondo: la enorme extensión y el aislamiento del norte goiano, las dificultades de administrarlo desde la lejana capital de Goiás y la convicción de que una autonomía propia impulsaría el desarrollo de una región históricamente rezagada. El primer gobernador, Siqueira Campos, fue una figura clave en el proceso de creación y organización del nuevo estado, y se convirtió en el gran impulsor de la construcción de su capital.
Uno de los primeros y mayores desafíos fue, justamente, decidir dónde estaría la capital. Ninguna de las ciudades existentes —ni Porto Nacional, ni Araguaína, ni Gurupi— reunía por sí sola las condiciones y el consenso para encabezar el nuevo estado. La decisión fue tan audaz como la de Brasília décadas antes: construir una capital nueva, planificada desde cero, en un sitio elegido a orillas del río Tocantins.
Decidida la creación de una capital nueva, se eligió un sitio a orillas del río Tocantins, en una zona de cerrado al pie de la Serra do Lajeado, dentro del municipio de Porto Nacional. Allí, el 20 de mayo de 1989, se colocó la piedra fundamental de Palmas, dando inicio formal a la construcción de la ciudad. Era la primera capital de estado planificada de Brasil construida después de Brasília, y heredera, en cierto modo, de aquel mismo espíritu modernizador.
El nombre 'Palmas' rememora la antigua comarca de São João da Palma, vinculada a la historia y a los movimientos autonomistas de la región. La ciudad fue proyectada con un trazado planificado de grandes avenidas, amplias manzanas (las 'quadras') organizadas mediante un sistema de coordenadas y espacios generosos, pensado para una capital de crecimiento rápido. En su corazón se diseñó la enorme Praça dos Girassóis, una de las mayores plazas urbanas del país, rodeada por los edificios del poder estatal.
Palmas creció a una velocidad notable. De un descampado en el cerrado pasó, en pocas décadas, a ser una ciudad de cientos de miles de habitantes, atrayendo a migrantes de todo Brasil que llegaron a trabajar y a poblar la nueva capital. Ese crecimiento acelerado le dio una población joven y un ritmo de expansión que pocas ciudades brasileñas conocieron en tan poco tiempo.
Palmas comparte con Brasília la condición de ciudad planificada y construida desde cero para ser capital, pero a una escala y en una época distintas. Su trazado, diseñado a fines de los años ochenta, apostó por grandes avenidas anchas, un sistema ordenado de manzanas y una organización racional del espacio, pensada para acomodar un crecimiento veloz y un parque automotor en expansión.
La característica que más sorprende al visitante es el sistema de nomenclatura por coordenadas: las 'quadras' se identifican mediante una combinación de letras y números que indican su posición respecto a los ejes de la ciudad. Este sistema, lógico sobre el papel, suele desorientar a quien llega por primera vez, hasta que se aprende a 'leer' el código de las direcciones. Es uno de esos rasgos que hacen de Palmas una ciudad peculiar dentro de Brasil.
Como toda ciudad planificada, Palmas tiene sus luces y sus sombras: la amplitud y el orden conviven con las grandes distancias, la dependencia del automóvil y los contrastes entre las zonas planificadas y los barrios que crecieron en la periferia al ritmo de la migración. Aun así, su urbanismo moderno, sus parques y su relación con el lago y la sierra le dan una fisonomía propia, distinta a la de cualquier otra capital del Norte brasileño.
En apenas unas décadas, Palmas pasó de ser un proyecto sobre el papel a consolidarse como una capital plena, con universidades, comercio, servicios y una vida cultural propia. Su población joven, fruto de la fuerte migración que la pobló, le da una energía particular, y su ubicación a orillas del lago del río Tocantins le regaló playas de agua dulce que se convirtieron en seña de identidad y en espacio de recreación para sus habitantes.
En el mapa turístico, sin embargo, el gran imán de la región no es la ciudad sino su entorno: el Jalapão, el extraordinario paisaje de dunas anaranjadas, fervedouros, cascadas y cerrado salvaje que se extiende al este del estado. Palmas se afirmó como la puerta de entrada a ese destino, el lugar donde aterrizan los viajeros, se abastecen y organizan las expediciones hacia uno de los rincones de ecoturismo más asombrosos de Brasil.
Así, la capital más joven del país combina dos identidades: la de una ciudad planificada, moderna y de crecimiento vertiginoso, y la de base de aventura hacia la naturaleza tocantinense. Esa doble condición —urbanismo del siglo XX y selva, dunas y ríos cristalinos a pocas horas— resume bien el carácter de Palmas dentro del Brasil contemporáneo.