El nombre de Olinda está envuelto en una de las leyendas fundacionales más entrañables de Brasil. La tradición cuenta que, en 1535, cuando el fidalgo portugués Duarte Coelho Pereira desembarcó en la costa de Pernambuco para tomar posesión de la capitanía que la Corona le había concedido, subió a una de las colinas verdes que dominan el litoral y, al contemplar el paisaje de morros frente al mar, exclamó: '¡Ó, linda situação para se construir uma vila!' ('¡Oh, qué linda situación para construir una villa!'). De esa exclamación —'Ó, linda'— habría nacido el topónimo. Es una etimología poética que los olindenses repiten con orgullo y que resume el encanto del lugar.
Como casi todas las leyendas de origen, conviene tomarla con cautela. Los estudiosos del lenguaje señalan que el nombre también podría derivar de otras raíces: algunos lo vinculan a topónimos portugueses preexistentes, y otros recuerdan que la región ya tenía habitantes y nombres indígenas antes de la llegada europea. Lo cierto es que, fuera leyenda o etimología documentada, el nombre quedó fijado para siempre y describe a la perfección lo que el visitante todavía siente hoy al subir al Alto da Sé y ver los tejados coloniales, los cocoteros y el Atlántico.
Duarte Coelho era un experimentado navegante y militar que había servido a la Corona en Oriente. El rey João III le entregó la capitanía hereditaria de Pernambuco dentro del sistema de capitanías donatarias con el que Portugal intentó colonizar el vasto litoral brasileño repartiéndolo entre nobles particulares. La de Pernambuco fue, junto con la de São Vicente, una de las pocas que prosperaron, en gran medida gracias al azúcar. Coelho eligió la colina de Olinda por su posición defensiva y panorámica, y allí echó los cimientos de lo que sería la capital de la capitanía.
Elevada oficialmente a la categoría de villa el 12 de marzo de 1537, Olinda se convirtió enseguida en cabeza administrativa y económica de Pernambuco. Aquel gesto fundacional sobre la colina marcó el destino de la ciudad: un centro histórico encaramado en morros, que crecería iglesia por iglesia, convento por convento, hasta volverse uno de los conjuntos coloniales más densos y bellos de toda América.
Durante el siglo XVI y comienzos del XVII, Olinda vivió su época de mayor esplendor, impulsada por el oro blanco de la colonia: el azúcar. La región de Pernambuco reunía condiciones ideales —tierras de massapê fértil, clima cálido y húmedo, y un litoral con puertos— para el cultivo de la caña, y los ingenios (engenhos) se multiplicaron por toda la capitanía. Olinda, como capital, concentraba a los señores de ingenio, a los comerciantes y a la administración colonial, mientras el puerto vecino de Recife funcionaba como su salida marítima natural.
Esa riqueza azucarera se sostuvo, como en todo el Brasil colonial, sobre la mano de obra esclavizada. Primero se intentó esclavizar a los pueblos indígenas y luego, de manera masiva, se trajo por la fuerza a millones de africanos a través del comercio transatlántico de personas esclavizadas. La sociedad olindense que levantó las iglesias barrocas y las casonas señoriales era profundamente desigual: una élite de señores blancos sostenida por el trabajo forzado de hombres y mujeres africanos y afrodescendientes, cuya cultura, religiosidad y música terminarían siendo parte esencial de la identidad pernambucana.
La prosperidad se tradujo en piedra y en oro. Olinda se llenó de iglesias, conventos y residencias suntuosas, y su población creció hasta convertirla en una de las ciudades más importantes de la colonia portuguesa en América. Su riqueza y su refinamiento le valieron el apodo de 'pequeña Lisboa', con el que se comparaba su vida urbana, religiosa y cultural con la de la metrópoli. Era una ciudad de élite, sede del poder y de la fe, encaramada en sus morros.
Esa edad de oro azucarera explica el patrimonio que hoy admiramos: el conjunto de cerca de veinte iglesias barrocas, los conventos de São Bento y São Francisco, el Mosteiro y las casonas que pueblan las ladeiras. Cada uno de esos monumentos es hijo de aquella economía de la caña y de la sociedad esclavista que la sostuvo, una herencia tan deslumbrante en lo artístico como dolorosa en lo humano.
La prosperidad azucarera de Pernambuco no pasó inadvertida en Europa. En 1630, en plena guerra entre España (que entonces gobernaba también Portugal, durante la Unión Ibérica) y las Provincias Unidas de los Países Bajos, la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales (WIC) organizó una gran expedición para apoderarse de la riqueza azucarera del Nordeste brasileño. Los neerlandeses desembarcaron y tomaron la región, instalando su base de poder en el puerto vecino de Recife, más fácil de defender que la dispersa y elevada Olinda.
Olinda, con su trazado de calles abiertas sobre los morros, resultaba muy difícil de defender militarmente. El 24 de noviembre de 1631, las fuerzas neerlandesas decidieron incendiarla: tras saquear sus materiales más nobles —maderas, piedras, objetos litúrgicos—, prendieron fuego a la villa para que no sirviera de refugio ni de base a la resistencia portuguesa. Buena parte de la ciudad señorial quedó reducida a cenizas, y el centro de gravedad de la región se trasladó definitivamente a Recife, que bajo dominio neerlandés se transformaría en una ciudad moderna y planificada.
Durante el llamado 'Brasil holandés', y sobre todo bajo el gobierno del conde Johan Maurits van Nassau-Siegen (Mauricio de Nassau), Recife floreció como capital de la colonia neerlandesa, con puentes, palacios, jardines y un ambiente notablemente más tolerante en lo religioso, que incluyó una de las primeras comunidades judías organizadas de América. Olinda, en cambio, quedó arruinada y semivacía, eclipsada por el vecino al que durante un siglo había considerado apenas su puerto.
La ocupación neerlandesa terminó en 1654, cuando los portugueses y los luso-brasileños, tras años de resistencia (las llamadas Batallas de Guararapes, libradas cerca de Recife y consideradas un hito fundacional del sentimiento brasileño), expulsaron a la WIC. Olinda fue reconstruida sobre su mismo trazado colonial, pero ya nada sería igual: el poder económico y político había migrado a Recife para no volver.
Recuperada Pernambuco en 1654, los portugueses reconstruyeron Olinda sobre las cenizas, respetando el trazado original de las calles y los emplazamientos de iglesias y conventos. Es a esta etapa —segunda mitad del siglo XVII y siglo XVIII— a la que pertenece buena parte del esplendor barroco que hoy se conserva: los altares dorados, los azulejos portugueses, las fachadas y los conjuntos religiosos fueron levantados o rehechos en este período de reconstrucción. Olinda volvió a ser una ciudad de iglesias y conventos, sede episcopal y centro de la vida religiosa de la capitanía.
Sin embargo, el equilibrio con Recife ya se había invertido para siempre. El puerto vecino, antaño dependiente de Olinda, había crecido durante la ocupación neerlandesa y siguió concentrando el comercio, la actividad portuaria y la población mercantil. La rivalidad entre ambas ciudades —la aristocrática y religiosa Olinda frente a la comercial y pujante Recife— atravesó el siglo XVIII y llegó a estallar en conflictos abiertos, como la llamada Guerra dos Mascates a comienzos de ese siglo, que enfrentó a los señores de Olinda con los comerciantes de Recife.
El desenlace de esa larga competencia se selló en 1827, cuando Recife fue elevada a capital de la provincia de Pernambuco, arrebatándole a Olinda el último gran símbolo de su antigua preeminencia. La ciudad que había sido cabeza de la capitanía quedó reducida a un papel secundario, una población tranquila y algo dormida a la sombra de su vecina convertida en gran metrópoli del Nordeste.
Paradójicamente, esa decadencia fue la mejor aliada de su patrimonio. Sin el dinamismo económico que en otras ciudades llevó a demoler lo viejo para construir lo nuevo, Olinda conservó casi intacto su tejido colonial: las ladeiras empedradas, las casas de los siglos coloniales, los conventos y las iglesias quedaron como un conjunto coherente y poco alterado. El estancamiento que en su momento pareció una desgracia se convirtió, con el tiempo, en el motivo de su consagración universal.
Si el siglo XIX dejó a Olinda como una ciudad detenida en el tiempo, el siglo XX la reinventó como una capital cultural. La belleza intacta de su casco histórico atrajo a artistas, artesanos, escritores y músicos, que fueron instalando ateliers, talleres de xilografía y casas-museo en las ladeiras coloniales. Olinda se volvió sinónimo de bohemia, de arte popular pernambucano y de una vida cultural vibrante que convive con el patrimonio de piedra.
Pero lo que terminó de hacerla mundialmente famosa fue su Carnaval. A diferencia de los desfiles pagos y cerrados de los grandes sambódromos, el Carnaval de Olinda es de calle, gratuito y participativo: la multitud sigue a los blocos por las cuestas empedradas al ritmo del frevo —ese género pernambucano vertiginoso, mezcla de marcha, polca y capoeira, reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2012— y del maracatu, de profunda raíz afrobrasileña, con sus tambores y sus personajes.
El sello inconfundible del Carnaval olindense son los bonecos gigantes: enormes muñecos de varios metros que abren y animan los desfiles entre la multitud. La tradición se incorporó en la década de 1930, y el más célebre de todos es el Homem da Meia-Noite ('Hombre de la Medianoche'), que desde 1931 marca oficialmente la apertura de la fiesta a la medianoche del sábado de Carnaval. A su alrededor desfilan bonecos de personajes históricos, artistas y músicos, hoy reunidos y exhibidos todo el año en la Casa dos Bonecos Gigantes del Alto da Sé.
Esa cultura viva no es un agregado turístico, sino el resultado natural de la historia olindense: la mezcla de raíces indígenas, portuguesas y africanas que dio forma a Pernambuco encontró en estas ladeiras un escenario perfecto. El visitante que recorre Olinda fuera de Carnaval igual respira esa energía en las ferias del Alto da Sé, en los puestos de tapioca y en los talleres donde los artesanos siguen creando los bonecos y las xilografías que son ya un símbolo de la ciudad.
El reconocimiento universal de Olinda llegó en 1982, cuando la UNESCO inscribió su centro histórico en la Lista del Patrimonio Mundial. Fue la primera ciudad brasileña en recibir el título, un hito que consagró internacionalmente el valor del conjunto colonial que la decadencia económica había preservado durante siglos. El reconocimiento abarca un perímetro de poco más de un kilómetro cuadrado en el que se concentran cerca de veinte iglesias barrocas, varios conventos y alrededor de mil quinientas edificaciones de valor histórico.
La UNESCO valoró especialmente la coherencia y la autenticidad del conjunto: Olinda es un ejemplo excepcional de ciudad colonial portuguesa en América, donde la traza urbana, la arquitectura religiosa y civil, la integración con el paisaje de morros y mar, y la vida cultural forman un todo armónico. El centro reconstruido tras el incendio neerlandés, con sus altares dorados, sus azulejos y sus casas de colores, constituye un testimonio extraordinario del arte y la sociedad coloniales.
Entre los monumentos que sostienen ese valor universal están la Catedral da Sé en lo alto de la colina fundacional, la Basílica y Mosteiro de São Bento con su célebre altar de cedro recubierto de oro, el Convento de São Francisco —el conjunto franciscano más antiguo de Brasil, con sus paneles de azulejos portugueses— y la Igreja do Carmo, entre muchos otros templos y casonas que pueblan las ladeiras. El propio Alto da Sé, donde Duarte Coelho fundó la villa en 1535, sigue siendo el corazón simbólico de la ciudad.
El título de Patrimonio Mundial no congeló a Olinda en un museo: la ciudad sigue viva, habitada, llena de artistas y de fiesta, lo que la convierte en un caso ejemplar de patrimonio en uso. Quien recorre hoy sus cuestas empedradas no visita un decorado, sino una ciudad que sigue celebrando su Carnaval, abriendo sus ateliers y cocinando sus tapiocas, fiel a esa exclamación fundacional —'¡Ó, linda!'— que, casi cinco siglos después, sigue describiendo lo que el viajero siente al llegar a lo alto.