Mucho antes de que existiera la ciudad de Natal, todo el litoral del actual Rio Grande do Norte estaba habitado por los potiguaras (o potiguares), un pueblo de la gran familia lingüística tupí-guaraní que se extendía por la costa de los actuales estados de Paraíba, Rio Grande do Norte, Ceará y Maranhão. Su nombre, de origen tupí, es un retrato de su modo de vida: 'potï' significa 'camarón' y 'guara', 'comedor', de modo que 'potiguara' quiere decir literalmente 'comedor de camarón'. De ahí viene, hasta hoy, el gentilicio 'potiguar' con el que se nombra a todo lo nacido en Rio Grande do Norte.
Se estima que, antes de la llegada de los europeos en 1500, la población potiguara podía alcanzar varias decenas de miles de personas distribuidas a lo largo de la costa. Vivían de la pesca, la caza, la recolección y la agricultura de mandioca y maíz, en aldeas cercanas a ríos y al mar. Su conocimiento del territorio —las barras de los ríos, las dunas, los manglares— sería decisivo en las guerras coloniales que vendrían.
Durante los siglos XVI y XVII, los potiguaras resistieron tenazmente el proyecto de colonización portuguesa. Lejos de someterse, tejieron alianzas estratégicas con los enemigos de Portugal: primero con los franceses, que comerciaban palo brasil (pau-brasil) en la costa, y más tarde con los holandeses durante la ocupación neerlandesa del Nordeste. Esa resistencia hizo que la conquista del Rio Grande fuera tardía y sangrienta, y explica por qué la fundación de Natal recién ocurrió a fines del siglo XVI, mucho después que otras capitanías del Nordeste.
El precio de esa resistencia fue altísimo. Tras la expulsión definitiva de los holandeses en 1654, la represalia colonial y las epidemias diezmaron a la población potiguara, y gran parte de sus comunidades del Rio Grande do Norte desaparecieron del mapa o fueron absorbidas. Hoy persisten comunidades potiguaras reconocidas sobre todo en el litoral norte de Paraíba y en algunos puntos de Rio Grande do Norte, pero su huella quedó grabada para siempre en el gentilicio y en la identidad del estado.
El origen de Natal está indisolublemente unido a una fortaleza. A fines del siglo XVI, en plena Unión Ibérica (cuando las coronas de Portugal y España estaban unidas bajo Felipe II), la necesidad de frenar a los franceses que comerciaban en la costa y de asegurar la barra del 'Rio Grande' llevó a la decisión de levantar una fortificación y fundar una villa cerca de ella. La construcción del fuerte comenzó el 6 de enero de 1598, día de la Epifanía o Día de Reyes en el calendario católico; por esa fecha, la fortaleza recibió el nombre de Forte dos Reis Magos, en honor a los tres Reyes Magos.
El fuerte se erigió en forma de estrella sobre un banco de arena en la desembocadura del río Potengi, una ubicación estratégica que dominaba la entrada al río y la costa. Su diseño estrellado, típico de la arquitectura militar de la época, le permitía cubrir todos los ángulos de aproximación. Casi un año después de iniciada su construcción, el 25 de diciembre de 1599, se fundó oficialmente la ciudad a una legua de la fortificación.
La fecha de fundación —el día de Navidad— le dio su nombre a la ciudad: Natal, que en portugués significa 'Navidad'. Así, la capital de Rio Grande do Norte es una de las pocas grandes ciudades del mundo cuyo nombre celebra literalmente la fecha en que nació, un dato que la propia ciudad reivindica con orgullo y que da pie a su tradición navideña.
Durante sus primeras décadas, Natal fue una villa pequeña y pobre, más un puesto militar que una ciudad próspera. Los relatos de la época hablan de apenas unas pocas decenas de casas, muchas cubiertas de paja, en torno al fuerte y a la incipiente Cidade Alta. La verdadera prosperidad tardaría siglos en llegar, pero el Forte dos Reis Magos quedó para siempre como el 'marco cero' de la ciudad: el punto desde el cual nació Natal.
En las primeras décadas del siglo XVII, la potencia comercial neerlandesa puso sus ojos en el Nordeste azucarero de Brasil. La Compañía de las Indias Occidentales holandesa, que dominaba buena parte del comercio europeo y quería controlar la producción y distribución del azúcar, lanzó una ofensiva sobre la costa brasileña. Tras tomar Recife y Pernambuco, los holandeses avanzaron hacia el norte.
El 12 de junio de 1633, una escuadra holandesa salida de Recife —con once embarcaciones y más de 800 hombres al mando del almirante Jan Cornelissen Lichthardt— invadió el Rio Grande do Norte, tomó el Forte dos Reis Magos y dominó Natal. Bajo el control neerlandés, la villa fue rebautizada como 'Nova Amsterdã' y el propio fuerte recibió por un tiempo el nombre de Forte Ceulen. En el año siguiente a la invasión, los holandeses conquistaron también los ingenios azucareros más importantes de la región, los engenhos de Cunhaú (en el actual Canguaretama) y Ferreiro Torto (en la actual Macaíba).
La ocupación holandesa del Rio Grande do Norte se extendió desde 1633 hasta 1654. Fue un período de guerra, alianzas cambiantes y violencia: los holandeses contaron con el apoyo de parte de los potiguaras, enemigos de los portugueses, mientras la población de Natal seguía siendo escasa —los relatos hablan de alrededor de 30 casas, en su mayoría cubiertas de paja—. La región también fue escenario de episodios trágicos, como las masacres de Cunhaú y Uruaçu (1645), en las que fueron asesinados fieles católicos, hechos por los que la Iglesia reconoció siglos después a los 'Mártires de Cunhaú e Uruaçu'.
La presencia holandesa terminó en 1654, cuando los neerlandeses capitularon y fueron expulsados del Nordeste brasileño tras las campañas de la 'Insurreição Pernambucana'. Recuperado el control portugués, la fortificación volvió a llamarse Forte dos Reis Magos y Natal retomó su lento crecimiento como villa colonial portuguesa.
Tras la expulsión de los holandeses, Natal pasó por casi dos siglos de crecimiento lento y modesto. Era una villa pequeña, periférica dentro del vasto territorio colonial, marcada por las sequías del interior y por una economía de subsistencia. De ese período colonial sobreviven joyas como la Igreja de Santo Antônio —la 'Igreja do Galo'—, inaugurada en 1766 por los colonizadores portugueses, uno de los templos más antiguos de la ciudad, de estilo barroco, célebre por el pararrayos de bronce en forma de gallo que corona su torre.
El gran cambio llegó con un cultivo: el algodón, el llamado 'oro blanco'. Impulsada por la demanda europea de la industria textil, la producción algodonera transformó la economía de Rio Grande do Norte en la segunda mitad del siglo XIX. Natal se convirtió en el punto de salida de esa riqueza, y el comercio del algodón dinamizó especialmente el barrio de la Ribeira, a orillas del río Potengi, donde funcionaba un pequeño puerto desde el que se exportaba la producción.
La Ribeira vivió entonces su época dorada: se llenó de casas comerciales, depósitos, oficinas y residencias, y la ciudad empezó a modernizarse al ritmo de la Belle Époque. De ese impulso nació, ya a comienzos del siglo XX, el Teatro Alberto Maranhão (inaugurado en 1904), una elegante construcción de estilo art nouveau en la plaza Augusto Severo, símbolo de la Natal que se quería europea y moderna. El centro histórico de la ciudad —los barrios de Cidade Alta y Ribeira— conserva hasta hoy ese mosaico de arquitectura colonial, neoclásica, art déco y modernista.
En el plano administrativo, Rio Grande do Norte fue durante mucho tiempo dependiente de Pernambuco; el siglo XIX consolidó a Natal como capital y centro político del estado. Aun así, hacia 1900 seguía siendo una ciudad relativamente chica y tranquila. Nada hacía prever que apenas unas décadas después se convertiría, por su geografía, en un punto clave de la historia mundial.
El momento en que Natal entró de lleno en la historia mundial llegó con la Segunda Guerra Mundial, y la razón fue pura geografía. Natal es el punto del territorio brasileño más cercano al continente africano: desde su 'esquina' del Atlántico, la distancia hasta el oeste de África es la menor de todo el continente americano. En una guerra que se libraba a ambos lados del océano, esa posición la volvió un eslabón estratégico para conectar las Américas con los frentes de Europa y África.
El gobierno de Getúlio Vargas autorizó la instalación de una gran base aérea en Parnamirim, en la región metropolitana de Natal. El Núcleo de la Base Aérea de Natal fue creado el 2 de marzo de 1942 y activado el 7 de agosto de ese mismo año. Allí, compartiendo el mismo aeródromo, los Estados Unidos montaron 'Parnamirim Field', que llegó a ser la mayor base aérea norteamericana fuera del territorio de Estados Unidos durante el conflicto. Por su importancia, las Fuerzas Aliadas la bautizaron como el 'Trampolim da Vitória' (el 'Trampolín de la Victoria').
Desde Natal despegaban a diario aviones que cruzaban el Atlántico Sur rumbo a los frentes de combate en el norte de África y en Europa, acortando enormemente las rutas de traslado entre los continentes. Se estima que alrededor de 20.000 aeronaves pasaron por la base durante el período de la guerra, una cifra que da la dimensión del tráfico militar que tuvo la ciudad. Natal vivió entonces una transformación acelerada: la llegada de miles de soldados norteamericanos cambió la vida cotidiana, la economía y hasta la cultura de la ciudad, en lo que muchos historiadores llaman la 'americanización' de Natal.
Ese capítulo dejó una marca profunda. Incluso hubo un episodio célebre: en enero de 1943, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y el presidente brasileño Getúlio Vargas se reunieron en Natal (la llamada 'Conferência de Natal' o 'Conferência do Potengi') para coordinar la participación de Brasil en la guerra. Hoy, la Base Aérea de Natal y diversos memoriales recuerdan aquel rol de la ciudad como 'Trampolim da Vitória', un orgullo histórico que se sigue evocando.
Pasada la guerra, Natal entró en una nueva etapa. La infraestructura heredada de la presencia militar —en especial el aeropuerto de Parnamirim, durante mucho tiempo el principal de la ciudad— y el contacto con el mundo dejado por la 'americanización' ayudaron a proyectar la ciudad. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, Natal creció, se urbanizó y empezó a mirar hacia su mayor activo: sus playas, sus dunas y su sol casi permanente.
Desde fines del siglo XX, el turismo se transformó en uno de los motores de la ciudad. La consolidación de Ponta Negra como balneario, la construcción de la Via Costeira con sus grandes resorts frente al mar (bordeando el Parque das Dunas), y la popularización de los paseos en buggy por las dunas de Genipabu y por el Litoral Sul convirtieron a Natal en uno de los destinos de playa más visitados del Nordeste brasileño. La ciudad se ganó el apodo de 'Cidade do Sol' por sus cerca de 300 días de sol al año.
Un nuevo salto llegó en el siglo XXI con la apertura, en 2014, del Aeroporto Internacional Governador Aluízio Alves (NAT), en el vecino municipio de São Gonçalo do Amarante, que reemplazó al viejo aeropuerto de Parnamirim como puerta de entrada aérea de la región. Ese mismo año, Natal fue una de las ciudades sede de la Copa del Mundo de fútbol de Brasil 2014, lo que impulsó obras y mayor visibilidad internacional.
Hoy Natal combina sus dos almas: la del balneario moderno —Ponta Negra, el Morro do Careca, los resorts, los buggies y las excursiones a Maracajaú, Pirangi y Pipa— y la de la ciudad histórica que nació un día de Navidad de 1599, custodiada por el viejo Forte dos Reis Magos en forma de estrella. Capital potiguar, 'Cidade do Sol' y antiguo 'Trampolim da Vitória', Natal es un destino donde la playa, la naturaleza y la memoria conviven a orillas del Potengi y del Atlántico.