Lo primero que sorprende de los Lençóis Maranhenses es que, pese a su aspecto de desierto del Sahara, no son un desierto en sentido estricto: en un desierto verdadero casi no llueve, y acá, en cambio, caen lluvias abundantes durante buena parte del año. Esa paradoja —un inmenso campo de dunas de arena blanca que se inunda estacionalmente y se cubre de lagunas de agua dulce— es justamente lo que vuelve único en el mundo a este paisaje y lo que le valió, en 2024, la inscripción como Patrimonio Mundial de la UNESCO por su valor geomorfológico y su belleza natural excepcional.
El ingrediente básico es la arena, y su origen está en los ríos. Los cursos de agua de la región —en especial el Río Preguiças y, a mayor escala, el Parnaíba— arrastran sedimentos desde el interior hasta el litoral y los depositan en la costa. Las olas y las corrientes marinas distribuyen esa arena a lo largo de la playa, y allí entra en juego el viento: durante la estación seca, los vientos constantes que soplan desde el océano hacia el continente levantan la arena de la costa y la empujan tierra adentro, kilómetro tras kilómetro, modelando cadenas de dunas que pueden alcanzar varias decenas de metros de altura y que se desplazan lentamente año tras año. Así se fue construyendo, a lo largo de milenios, el mayor campo de dunas de América del Sur, que se extiende por más de mil kilómetros cuadrados a lo largo del litoral maranhense.
La otra mitad del milagro es el agua. Bajo la arena de las dunas hay un sustrato poco permeable, y durante la estación de lluvias (que va aproximadamente de enero a junio) el agua de lluvia se acumula en las hondonadas entre las dunas, donde no puede filtrarse rápido, formando miles de lagunas de agua dulce y limpísima. Se suele citar la cifra de decenas de miles de lagunas en el conjunto del parque. Esas lagunas alcanzan su nivel máximo entre junio y septiembre —la época de postal— y luego, al cesar las lluvias y aumentar la evaporación, van bajando hasta que muchas se secan por completo hacia el final del año. Es un ciclo que se repite cada temporada: el mismo lugar es un mar de lagunas turquesa en agosto y un desierto de arena casi pura en diciembre.
El nombre 'Lençóis Maranhenses' es, en sí mismo, una descripción del paisaje. 'Lençóis' es la palabra portuguesa para 'sábanas', y 'maranhenses' significa 'de Maranhão', el estado donde se encuentra. La explicación más difundida y aceptada del nombre es puramente visual: vistas desde lo alto —desde una duna alta o, mejor todavía, desde el aire en un sobrevuelo—, las dunas blancas, onduladas y suaves recuerdan a un montón de sábanas de lino tendidas o arrugadas sobre el suelo, extendidas hasta el horizonte. Es una de esas raras ocasiones en que el nombre de un lugar captura con precisión poética lo que uno ve.
El blanco de la arena refuerza la imagen: a diferencia de muchos desiertos de tonos dorados o rojizos, la arena de los Lençóis es notablemente clara, casi blanca, lo que de lejos acentúa el parecido con la ropa de cama tendida al sol. Combinado con el azul turquesa de las lagunas en temporada de aguas, el conjunto produce ese contraste cromático que se volvió la marca registrada del lugar.
El topónimo se popularizó con el tiempo entre la población local y los viajeros, y quedó consagrado de manera oficial cuando, en 1981, el área protegida fue bautizada Parque Nacional dos Lençóis Maranhenses. Vale aclarar que 'Maranhão', el nombre del estado, tiene su propio origen —ligado a las primeras denominaciones coloniales del litoral norte de Brasil—, pero la parte distintiva y famosa del nombre del parque es ese 'Lençóis' que evoca, con una sola palabra, todo el paisaje.
Mucho antes de que llegaran los europeos, el litoral de Maranhão estaba habitado por pueblos originarios, en su mayoría de matriz tupí, que vivían de la pesca, la caza, la recolección y una agricultura adaptada a un ambiente de dunas, ríos, manglares y restinga. Para esas comunidades, el campo de dunas y sus lagunas estacionales eran parte de un territorio conocido y aprovechado según el ritmo del agua: cuando las lagunas se llenaban, había pesca y recursos; cuando se secaban, el paisaje cambiaba por completo. La huella indígena perdura todavía hoy en la toponimia regional, en muchos nombres de origen tupí y en buena parte de la cultura material y culinaria del Nordeste maranhense.
La colonización europea de esta franja de Brasil tuvo un capítulo singular: São Luís, hoy capital del estado y principal puerta de entrada a los Lençóis, fue fundada por los franceses en 1612 —es la única capital brasileña de fundación francesa— y poco después pasó a manos portuguesas. A lo largo de los siglos coloniales, el litoral maranhense se fue poblando con una mezcla de raíces indígenas, portuguesas y africanas (la región tuvo importante presencia de población esclavizada traída para las actividades agrícolas), una triple herencia que se nota con claridad en la cultura maranhense, desde las festividades hasta la cocina —el emblemático arroz de cuxá, con su vinagreira de origen africano, es un buen ejemplo de ese cruce.
En el propio arenal y sus bordes, el poblamiento fue siempre escaso y disperso, hecho de pequeñas comunidades de pescadores y agricultores de subsistencia que se asentaron en los oasis y en las orillas de los ríos. Algunas de esas comunidades todavía existen, incluso dentro de los límites del actual parque nacional, y son testimonio vivo de una forma de habitar este paisaje extremo que precede largamente al turismo.
El reconocimiento formal del valor de los Lençóis llegó en 1981. El 2 de junio de ese año, por decreto, se creó el Parque Nacional dos Lençóis Maranhenses, con el objetivo de proteger este ecosistema único de dunas móviles, lagunas estacionales y restinga, ubicado en una zona de transición entre tres grandes biomas brasileños (Cerrado, Caatinga y Amazonia). El parque abarca alrededor de 155.000-156.000 hectáreas en el litoral oriental de Maranhão, repartidas principalmente entre los municipios de Barreirinhas, Santo Amaro do Maranhão y Primeira Cruz.
La gestión del parque está hoy a cargo del ICMBio (Instituto Chico Mendes de Conservação da Biodiversidade), el organismo federal brasileño responsable de las unidades de conservación. Administrar un área tan particular implica desafíos propios: regular el acceso a las dunas (de ahí la obligación de entrar con vehículos 4x4 y conductores autorizados, no por cuenta propia), conciliar la conservación con un turismo que crece año a año, y atender a las comunidades que viven dentro y alrededor del parque. En 2024 los Lençóis recibieron alrededor de 440.000 visitantes, lo que lo convirtió en uno de los parques nacionales más visitados de Brasil, y ese éxito vuelve aún más necesario el ordenamiento de la visita.
Un dato interesante de su gestión reciente es el reconocimiento de la población que habita el parque: en un relevamiento realizado entre 2023 y 2024 se registraron decenas de núcleos poblacionales y alrededor de 1.500 familias dentro de los límites del parque, lo que muestra que no se trata de un territorio vacío sino de un paisaje habitado, donde la conservación debe convivir con modos de vida tradicionales.
En 2024, los Lençóis Maranhenses alcanzaron el máximo reconocimiento internacional para un sitio natural: la inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. La decisión se tomó durante la reunión del Comité del Patrimonio Mundial celebrada en Nueva Delhi, India, en julio de 2024, cuando el Parque Nacional dos Lençóis Maranhenses fue inscrito como bien natural en virtud de su belleza excepcional y de sus características geomorfológicas únicas: un campo de dunas activo, intercalado con lagunas de agua dulce de origen pluvial, moldeado por el viento, que no tiene equivalente en el mundo.
El ICMBio, el Ministerio de Medio Ambiente y los organismos brasileños celebraron el título como un hito para la conservación y para el turismo del Nordeste. La entrega oficial del certificado de Patrimonio Natural de la Humanidad se concretó en una ceremonia posterior, en 2025. El reconocimiento ubica a los Lençóis junto a otros sitios naturales de prestigio mundial y refuerza el compromiso de proteger un paisaje tan frágil como espectacular, donde el equilibrio entre arena, viento y agua puede verse afectado tanto por el cambio climático como por la presión del turismo.
Más allá del prestigio, el título conlleva responsabilidades: la UNESCO espera que los sitios inscritos cuenten con planes de manejo robustos, control de la visitación y protección efectiva de los valores que justificaron la inscripción. Para un parque que en 2024 superó los 440.000 visitantes, el sello de Patrimonio Mundial es a la vez un imán turístico y un recordatorio de que la conservación debe ir al ritmo del crecimiento.
Aunque parezca un territorio deshabitado, el interior y los bordes de los Lençóis están salpicados de pequeñas comunidades que viven allí desde mucho antes de que llegara el turismo. Las más conocidas son los oasis de Queimada dos Britos y Baixa Grande, en pleno corazón del arenal: aldeas de un puñado de familias —en total apenas unas decenas de personas— que habitan casas de barro y techo de palma, viven de la pesca, de pequeños cultivos, de la cría de animales y, cada vez más, de recibir a los caminantes que cruzan el parque a pie. Estas comunidades son una de las grandes atracciones de la 'travessia', el trekking de varios días que une Atins o Santo Amaro a través de las dunas, durmiendo en redes (hamacas) en estos oasis. Atins, en la desembocadura del Preguiças, es a la vez puerta de entrada a esa travesía y comunidad de pescadores convertida en destino de kitesurf.
El turismo transformó la economía de toda la región. Barreirinhas pasó en pocas décadas de pueblo tranquilo a principal hub turístico, con hoteles, posadas, restaurantes y agencias; Santo Amaro y Atins crecieron a su propio ritmo. El desafío, hoy más que nunca tras el título de la UNESCO, es que ese crecimiento beneficie a las comunidades locales sin degradar el paisaje ni desplazar a quienes siempre vivieron allí.
Y una curiosidad que resume la magia del lugar: en las lagunas de los Lençóis hay peces. Parece imposible —si las lagunas se secan cada año, ¿cómo sobreviven los peces hasta la próxima temporada de lluvias?—, pero la naturaleza encontró la forma. Algunas especies, como la traíra, se entierran en el barro húmedo del fondo cuando la laguna se seca y entran en una especie de letargo hasta que vuelve el agua; otras son peces 'anuales' que mueren al secarse la laguna pero dejan huevos resistentes enterrados en el sedimento, listos para eclosionar con las primeras lluvias. Así, cada año, cuando las lagunas renacen, los peces 'reaparecen' como por arte de magia. Es el mismo ciclo de vida y muerte estacional que gobierna todo el paisaje, escrito esta vez en clave de fauna.