La Usina de Itaipú es fruto de un acuerdo histórico entre Brasil y Paraguay para aprovechar conjuntamente el enorme potencial hidroeléctrico del río Paraná, que marca la frontera entre ambos países en ese tramo. Tras años de negociaciones —no exentas de tensiones diplomáticas, también con la Argentina, por el uso de las aguas del Paraná—, los dos países firmaron en 1973 el Tratado de Itaipú, que estableció las bases para la construcción y explotación binacional de la represa.
El tratado creó la entidad binacional Itaipú, de propiedad y gestión compartidas en partes iguales entre Brasil y Paraguay, encargada de construir y operar la central. La energía generada se reparte entre los dos países, y el acuerdo fijó los términos de esa repartición y de la cesión de excedentes, aspectos que han sido objeto de revisión y debate a lo largo de las décadas.
El contexto era el de una región en pleno crecimiento, con una demanda energética creciente. Itaipú se concibió como una obra estratégica para el desarrollo de ambos países, capaz de proveer una enorme cantidad de energía limpia y de impulsar la integración regional, aunque también con importantes impactos sociales y ambientales.
La construcción de Itaipú, iniciada en la década de 1970, fue una de las mayores obras de ingeniería del siglo XX. Implicó desviar el curso del caudaloso río Paraná —para lo cual se excavó un enorme canal de desvío—, levantar una presa colosal de hormigón y tierra y movilizar a decenas de miles de trabajadores durante años. Las cifras de la obra (volúmenes de hormigón, hierro, tierra removida) están entre las más impresionantes de la historia de la construcción.
La creación del gigantesco embalse (lago de Itaipú), que se extiende por más de un centenar de kilómetros río arriba, tuvo importantes consecuencias. Por un lado, obligó a relocalizar a numerosas familias y comunidades cuyas tierras quedaron bajo el agua. Por otro, provocó la desaparición de los Saltos del Guairá (Sete Quedas), un conjunto de cataratas que había sido uno de los mayores espectáculos naturales de Sudamérica y que quedó sumergido bajo el embalse, una pérdida muy lamentada.
Para mitigar los impactos ambientales, Itaipú desarrolló programas de conservación, reforestación de las márgenes del lago y refugios biológicos para la fauna. La obra, así, dejó una huella enorme tanto en términos de desarrollo energético como de transformación del territorio y el ambiente.
Itaipú comenzó a generar energía en 1984, y en los años siguientes fue sumando unidades generadoras hasta alcanzar su plena capacidad. Durante mucho tiempo fue la mayor central hidroeléctrica del mundo en producción de energía, y sigue siendo una de las dos más grandes del planeta junto con la represa china de las Tres Gargantas (que la superó en potencia instalada, aunque Itaipú ha mantenido récords de generación anual). Su aporte a las matrices energéticas de Brasil y Paraguay es enorme.
Más allá de su función energética, Itaipú se convirtió en un gran atractivo turístico. La entidad binacional desarrolló un completo programa de turismo (Turismo Itaipú) con circuitos para visitar la represa: el panorámico, el especial (que ingresa al interior de la usina), la iluminación nocturna y atractivos complementarios como el Refúgio Biológico Bela Vista y el Polo Astronómico. Cada año, la represa recibe a multitudes de visitantes.
Situada junto a Foz do Iguaçu y a las Cataratas del Iguazú, Itaipú forma parte de uno de los polos turísticos más importantes de Brasil. Su visita combina la fascinación por una obra de ingeniería monumental con la reflexión sobre la energía, el desarrollo y el ambiente en la región de la triple frontera entre Brasil, Paraguay y Argentina.
La escala de Itaipú es difícil de exagerar. Para construirla se usó una cantidad de hormigón suficiente para levantar decenas de estadios como el Maracaná, y el hierro y el acero empleados alcanzarían para construir centenares de torres Eiffel. El vertedero, cuando se abre, puede liberar un caudal de agua equivalente a decenas de veces el de las Cataratas del Iguazú, que quedan a pocos kilómetros. No es casual que, en el año 2000, la American Society of Civil Engineers (Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles) eligiera a Itaipú como una de las Siete Maravillas de la Ingeniería del Mundo Moderno, junto a obras como el Canal de Panamá o el túnel bajo el Canal de la Mancha.
Esa magnitud tiene un reverso menos luminoso, que forma parte de la historia honesta de la represa. La formación del embalse inundó una superficie enorme, obligó a desplazar a miles de familias —muchas de ellas pequeños agricultores— y sepultó para siempre los Saltos del Guairá (Sete Quedas), un conjunto de cataratas que muchos consideraban aún más imponentes que las del Iguazú. La pérdida de ese patrimonio natural, sumada al impacto ambiental sobre el río Paraná y su fauna, sigue siendo objeto de estudio y de memoria, y explica por qué Itaipú desarrolló después extensos programas de reforestación, refugios biológicos y conservación.
Hoy, la binacional se presenta también como un actor ambiental: mantiene corredores de biodiversidad en las márgenes del lago, cría y reintroduce especies amenazadas, y monitorea la calidad del agua de un embalse del que dependen millones de personas. La historia de Itaipú es, en definitiva, la de una obra que resume las grandes tensiones del desarrollo del siglo XX: energía limpia y abundante por un lado; desplazamiento humano y transformación irreversible del paisaje por el otro. Comprender ambas caras es parte de lo que hace tan fascinante la visita.
El Tratado de Itaipú incluyó un documento clave, el Anexo C, que fijó las bases financieras y las condiciones de la deuda contraída para construir la represa, así como las reglas de comercialización de la energía entre Brasil y Paraguay. Esos términos fueron motivo de tensión histórica: Paraguay, que consume solo una fracción de la energía que le corresponde, vendía durante décadas su excedente a Brasil en condiciones que muchos en Asunción consideraban desventajosas, lo que convirtió a Itaipú en un tema central y sensible de la política y la soberanía paraguayas.
Un punto de inflexión llegó en 2023: ese año se saldó la deuda contraída para la construcción de la represa, lo que abrió la renegociación del Anexo C entre ambos países. Liquidada la deuda, la discusión pasó a centrarse en el precio de la energía (la tarifa) y en cómo repartir los beneficios de una usina que, ya amortizada, podía generar electricidad a un costo mucho menor. La negociación, seguida de cerca por los gobiernos de Lula da Silva y de Santiago Peña, mostró que Itaipú sigue siendo un asunto estratégico y diplomático de primer orden para la región.
Más allá de las cifras, Itaipú dejó un legado profundo. Transformó la economía y el paisaje de la triple frontera, impulsó el desarrollo de Foz do Iguaçu y de Ciudad del Este, proveyó energía limpia a dos países y se convirtió en símbolo de la integración —y también de las asimetrías— entre Brasil y Paraguay. Hoy, como obra operativa y como destino turístico, encarna a la vez el orgullo por una proeza de ingeniería y el debate permanente sobre cómo administrar de forma justa un recurso compartido.