Antes de ser el paraíso del surf y la bohemia que es hoy, Itacaré fue puerto del oro pardo: por la boca del río de Contas salían hacia el mundo los sacos de cacao que hicieron millonarios a un puñado de 'coroneles' y desataron guerras por la tierra en el sur de Bahía. Pero la historia del lugar empieza mucho antes, cuando en esa misma desembocadura, entre la selva y el mar, no había plantaciones ni coroneles, sino pueblos indígenas que conocían cada recodo del río.
La región de Itacaré, en el litoral sur de Bahía, estuvo habitada mucho antes de la colonización por pueblos indígenas, entre ellos los tupiniquins, de lengua tupí, que vivían de la pesca, la caza, la recolección y los cultivos en un entorno excepcional: la exuberante Mata Atlântica que cubre la costa y la desembocadura del río de Contas en el Atlántico. Ese encuentro entre la selva, el río y el mar ofrecía a sus habitantes originarios un territorio riquísimo en recursos.
El propio nombre 'Itacaré' es de origen tupí, como tantos topónimos del litoral brasileño, y conserva la huella de aquel mundo indígena anterior a los europeos. La desembocadura del río de Contas, navegable hacia el interior, era un punto estratégico tanto para los pueblos originarios como, más tarde, para los colonizadores, ya que permitía la comunicación entre la costa y las tierras del sertón.
Con la llegada de los portugueses a Bahía a partir de 1500 y la consolidación de la colonia, toda esta región entró lentamente en la órbita colonial. La densa Mata Atlântica, difícil de penetrar, hizo que la ocupación fuera más tardía y gradual que en otras zonas, lo que, paradójicamente, contribuiría siglos después a preservar buena parte de ese entorno selvático que hoy es el gran atractivo natural de Itacaré.
La ocupación efectiva de la región de Itacaré por los portugueses fue avanzando a lo largo de los siglos coloniales, ligada a la desembocadura del río de Contas, que servía de vía de comunicación y de salida para la producción del interior. Como en buena parte de Bahía, los jesuitas tuvieron presencia en la región durante el período colonial, en su labor de catequesis de los pueblos indígenas y de organización del territorio, dejando una huella en la formación de los primeros núcleos de poblamiento.
En torno a la desembocadura del río se formó un asentamiento que funcionaba como pequeño puerto fluvial: por allí pasaba la producción que bajaba desde el interior por el río de Contas rumbo al mar y, desde allí, hacia otros puntos de la costa. Esa función portuaria, modesta pero estratégica, fue la base económica del lugar durante mucho tiempo, en una región todavía dominada por la densa selva y de poblamiento disperso.
La localidad fue creciendo lentamente a partir de esa actividad ligada al río y al mar. Itacaré se constituyó con el tiempo como municipio, integrándose en la trama de pueblos y villas del sur de Bahía. Su destino, sin embargo, quedaría marcado por el gran ciclo económico que transformaría toda la región a partir del siglo XIX: el del cacao.
Durante los siglos XIX y XX, todo el sur de Bahía vivió bajo el signo del cacao. La región —que pasó a llamarse 'Costa do Cacau' (Costa del Cacao)— se convirtió en una de las grandes zonas productoras de cacao del mundo, con la ciudad de Ilhéus como su gran capital. Fue una época de enorme riqueza y, a la vez, de violencia: el poder de los 'coronéis do cacau' (los coroneles del cacao, grandes hacendados), los conflictos sangrientos por la tierra, la explotación de los trabajadores y el esplendor de una élite que se enriquecía con el 'fruto de oro'.
Ese mundo fue inmortalizado por el escritor bahiano Jorge Amado, nacido en la región, en algunas de las novelas más célebres de la literatura brasileña: 'Terras do sem-fim' (Tierras del sin fin), sobre las luchas por la tierra del cacao, y 'Gabriela, cravo e canela' (Gabriela, clavo y canela), ambientada en Ilhéus. Las obras de Amado dieron fama mundial a la 'civilización del cacao' del sur de Bahía y a sus personajes, paisajes y conflictos.
Itacaré, con su puerto en la desembocadura del río de Contas, participó de esa economía cacaotera: por allí salía parte de la producción de la región. La ciudad y toda la Costa do Cacau prosperaron al ritmo del cacao, en una época que dejó su marca en la cultura, la sociedad y la economía del sur bahiano, y que todavía hoy se evoca en la producción de chocolate artesanal y en la memoria literaria de Jorge Amado.
El próspero mundo del cacao entró en una profunda crisis a fines del siglo XX. A los vaivenes de los precios internacionales del cacao se sumó, en los años ochenta y noventa, una catástrofe agrícola devastadora: la plaga de la 'vassoura-de-bruxa' (escoba de bruja), una enfermedad causada por un hongo que atacó las plantaciones de cacao del sur de Bahía y destruyó buena parte de la producción. Las consecuencias fueron dramáticas para toda la región.
La crisis hundió la economía cacaotera, arruinó a muchos productores, provocó desempleo masivo y un éxodo rural, y sumió a la 'Costa do Cacau' en una larga depresión económica. Ciudades y pueblos que habían vivido del 'fruto de oro' tuvieron que buscar nuevas alternativas para sobrevivir. Fue el fin de una era que había marcado la identidad y la prosperidad del sur de Bahía durante más de un siglo.
Para Itacaré, sin embargo, esa crisis terminó abriendo, de manera inesperada, una nueva oportunidad. El relativo abandono económico y la falta de un desarrollo industrial o agrícola intensivo habían dejado intacto su mayor tesoro: la exuberante Mata Atlântica que la rodea, sus playas salvajes, sus ríos y sus cascadas. Ese patrimonio natural preservado se convertiría en la base de una nueva vocación: el turismo de naturaleza.
Tras la crisis del cacao, Itacaré encontró en el turismo de naturaleza su nueva vocación y su renacimiento. A partir de fines del siglo XX y, sobre todo, en las primeras décadas del XXI, la ciudad se transformó en uno de los destinos más bohemios, verdes y atractivos de Bahía. Su combinación de Mata Atlântica preservada, playas salvajes enmarcadas por la selva, ríos, cascadas y buenas olas la convirtió en un imán para surfistas, ecoturistas y viajeros en busca de aventura y naturaleza.
Un hito importante en esta transformación fue la mejora del acceso: la construcción y pavimentación de la ruta BA-001 (la 'Linha Verde' del sur), una carretera panorámica entre Ilhéus e Itacaré que atraviesa la selva, facilitó la llegada de visitantes y abrió la región al turismo. Surgieron pousadas, hoteles, eco-lodges, restaurantes, escuelas de surf y agencias de ecoturismo, y el centro —con su Rua da Pituba— se llenó de vida nocturna y de una gastronomía sorprendentemente variada y cosmopolita.
Hoy Itacaré es un destino consolidado que vive de su naturaleza y su ambiente joven y relajado, pero que enfrenta también el desafío de crecer sin destruir el entorno que lo hace especial. La preservación de la Mata Atlântica, de las playas y de los ríos —en parte protegidos por reservas y unidades de conservación— es clave para su futuro. Así, la historia de Itacaré dibuja un arco singular: de territorio indígena a puerto del cacao, y de la ruina de la crisis cacaotera al renacimiento como paraíso del ecoturismo y el surf en el corazón verde de Bahía.