El nombre suena extraño hasta para los brasileños, y su origen es una pequeña historia en sí mismo. Según la tradición local de Brumadinho, en el siglo XIX estas tierras pertenecían a una empresa minera cuyo responsable era un inglés llamado Timothy. Los vecinos lo trataban de 'senhor Tim', que en el habla mineira de la época se fue deformando en 'Nhô Tim' y finalmente en 'Inhotim'. El apodo del inglés terminó bautizando primero a la fazenda —la 'Vila do Inhotim'— y después a toda la localidad. Un siglo y medio más tarde, cuando el empresario Bernardo Paz transformó el lugar en museo, decidió conservar ese nombre curioso y ya cargado de memoria.
Hay, además, una etimología alternativa que enriquece el relato: algunos investigadores locales proponen que 'Inhotim' podría derivar de expresiones del portugués hablado por las personas esclavizadas de la región (como 'Nhor sim', 'sí, señor'). No es una hipótesis caprichosa: en el municipio de Brumadinho existen varias comunidades quilombolas, algunas reconocidas oficialmente por la Fundação Palmares, herederas de ese pasado. La discusión sobre el origen exacto del topónimo sigue abierta, y en ella asoma la doble raíz —colonial y afrobrasileña— de esta parte de Minas Gerais.
Minas Gerais debe su nombre a las 'minas generales' de oro, hierro y piedras preciosas que durante siglos fueron el motor económico de Brasil. La región de Brumadinho, con sus suelos rojos de hierro y su vegetación entre el cerrado y la Mata Atlântica, vivió ese ciclo minero y, en el siglo XX, la expansión de la gran minería de hierro que transformaría el paisaje para siempre. De esa misma industria —el hierro— saldría, décadas después, la fortuna que haría posible el museo. Inhotim nace, así, sobre una tierra marcada a la vez por la minería y por la naturaleza exuberante, dos fuerzas que conviven en tensión en toda su historia.
La historia moderna de Inhotim empieza con Bernardo Paz, un empresario de Minas Gerais que hizo su fortuna en la minería y la siderurgia del hierro. En los años 1980, Paz —que ya coleccionaba arte moderno— empezó a transformar su enorme propiedad de casi 1.000 hectáreas en Brumadinho en un jardín y, poco a poco, en un museo a cielo abierto. Un dato que da vueltas por todo el parque: Paz estuvo casado con la artista carioca Adriana Varejão, hoy una de las figuras centrales del acervo, con un pabellón entero dedicado a su obra. El arte no era para él un negocio ni una inversión distante, sino una obsesión personal que fue creciendo hasta desbordar la casa y ocupar los campos.
El diseño del paisaje —clave en la identidad de Inhotim— tiene una historia con varios protagonistas y hasta una disputa judicial. Durante mucho tiempo se atribuyó la concepción de los jardines al célebre paisajista Roberto Burle Marx, que visitó la propiedad en los años 1980 y dejó sugerencias. Pero el diseño efectivo lo desarrollaron sobre todo Pedro Nehring, responsable de los jardines desde aquella década, y el paisajista Luiz Carlos Orsini, que firmó el proyecto de unas 25 hectáreas entre 2000 y 2004 y obtuvo por vía judicial el reconocimiento de su autoría frente a la atribución a Burle Marx. Más allá de los nombres, el resultado es uno de los jardines botánicos más ricos de Brasil, con miles de especies tropicales.
El Instituto Inhotim se constituyó formalmente en 2002 como organización cultural sin fines de lucro, y en 2006 el espacio abrió sus puertas al público de forma regular. Fue un giro decisivo: lo que era una colección privada se convirtió en un proyecto de acceso público, con una lógica distinta a la de los museos estatales —un espacio privado con vocación pública, donde el arte y la naturaleza se ofrecían al visitante en condiciones excepcionales. El acervo llegaría a reunir cientos de obras de artistas brasileños e internacionales, distribuidas en pabellones diseñados uno a uno para obras específicas.
La apertura al público en 2006 puso a Inhotim en el mapa del arte internacional casi de inmediato. Medios especializados y también diarios generalistas como The Guardian y The New York Times empezaron a incluirlo en sus listas de museos imperdibles, y el 'museo a cielo abierto en medio de la selva mineira' se volvió un destino de turismo cultural de primer orden para Brasil, hasta entonces asociado sobre todo al Carnaval y las playas. Que un lugar tan singular estuviera a apenas 60 km de Belo Horizonte, y no en Río o São Paulo, formaba parte del asombro.
Entre 2006 y mediados de la década de 2010, el instituto inauguró un pabellón tras otro, diseñados por arquitectos de renombre para albergar obras de artistas de la talla de Cildo Meireles, Hélio Oiticica, Adriana Varejão, Tunga, Doug Aitken, Chris Burden, Matthew Barney o Yayoi Kusama. Cada nueva galería era un acontecimiento cubierto por la prensa. El jardín botánico, con miles de especies y una biodiversidad notable, se consolidó en paralelo, hasta el punto de que Inhotim es a la vez uno de los mayores museos a cielo abierto del mundo y un jardín botánico de referencia. La colección superó las cientos de obras de artistas de decenas de países.
En este período también creció el programa educativo, que lleva arte contemporáneo a las escuelas de Brumadinho y de la región, y el programa de residencias que trae artistas de todo el mundo a producir en el lugar. El impacto sobre la economía local fue enorme: el turismo transformó a Brumadinho, generando empleo y una red de pousadas, restaurantes y servicios donde antes había casi solo actividad rural y minera. Inhotim se volvió, en pocos años, sinónimo de Minas Gerais para el turista culto.
No todo fue expansión. En 2017, Bernardo Paz fue condenado en primera instancia a más de nueve años de prisión por lavado de dinero, en un caso —ajeno a la Operación Lava Jato— vinculado a un fondo de inversión offshore (el fondo Flamingo) que había transferido cerca de US$ 98,5 millones a una empresa creada por Paz para sostener Inhotim. La causa puso en duda el futuro del proyecto. Sin embargo, en febrero de 2020 un tribunal federal de segunda instancia lo absolvió por unanimidad, revirtiendo aquella condena; su hermana, también condenada en primera instancia, fue absuelta en el mismo fallo. Es un matiz importante: la historia suele contarse como una 'condena', cuando el desenlace judicial fue la absolución. Mientras tanto, el Instituto Inhotim, constituido como entidad independiente sin fines de lucro, siguió funcionando pese a la incertidumbre en torno a su fundador.
El 25 de enero de 2019, la región de Brumadinho vivió una de las peores tragedias de la historia de Brasil: la ruptura de la represa de relaves de la mina Córrego do Feijão, de la empresa Vale S.A., liberó un mar de lodo que dejó cerca de 270 personas muertas o desaparecidas y contaminó el río Paraopeba. Inhotim no fue alcanzado directamente por el barro, pero la catástrofe golpeó de lleno a la comunidad de Brumadinho, muchos de cuyos habitantes trabajaban en la mina o en el propio instituto. El museo cerró temporalmente en señal de duelo y luego impulsó acciones de apoyo a las familias afectadas. La tragedia volvió a poner sobre la mesa la tensión que atraviesa toda la historia del lugar: la minería que financió el arte y la naturaleza es la misma que provocó el desastre.
En los años siguientes, Inhotim demostró una notable capacidad de resistencia. La pandemia de COVID-19 obligó a cerrar en 2020-2021, período en el que el instituto desarrolló contenidos virtuales para mantener el vínculo con el público. Después recuperó sus niveles de visitantes, siguió incorporando obras y pabellones y reafirmó su lugar como uno de los museos más importantes de América Latina. Visitar Inhotim hoy es recorrer todas esas capas: el inglés Timothy y las comunidades quilombolas, la fortuna del hierro y la obsesión de Bernardo Paz, los jardines disputados, la consagración internacional y la sombra de la tragedia de 2019. Un museo a cielo abierto que es, también, un retrato de las contradicciones de Minas Gerais.