A comienzos de los años 30, donde hoy se levanta una metrópolis de más de un millón y medio de habitantes, no había prácticamente nada: apenas cerrado, algunas haciendas y el pueblito de Campinas. Goiânia es, literalmente, una ciudad inventada: se dibujó primero en un plano y recién después se construyó sobre el terreno, más de dos décadas antes de que Brasil repitiera la hazaña —a escala mayor— con Brasília. Entender su historia es entender por qué un país decidió, en plena era Vargas, fundar una capital desde cero en medio del interior.
Hasta entonces, la capital de Goiás era la antigua Cidade de Goiás (Goiás Velho), un núcleo colonial del ciclo del oro encajonado en un valle de difícil expansión, considerado poco apto para acompañar el crecimiento y la modernización del estado. La decisión de trasladar la capital, impulsada por el interventor Pedro Ludovico Teixeira, se enmarcó en el clima político de la era Vargas y en el ideal de la "marcha hacia el oeste", que buscaba integrar y desarrollar el interior del país. La nueva capital fue proyectada deliberadamente en un emplazamiento más favorable, con un plan urbanístico moderno. El proyecto, en el que tuvo un papel destacado el urbanista francés Attílio Corrêa Lima y, posteriormente, la firma de Armando de Godoy, se inspiró en las ideas urbanísticas de la época (con ecos del City Beautiful y de las ciudades-jardín), con un trazado que combinaba avenidas radiales y diagonales, plazas, sectores diferenciados y abundantes áreas verdes. La fundación oficial se sitúa en 1933; la capital fue trasladada de hecho en 1937 e inaugurada formalmente en 1942, tras el llamado Batismo Cultural de Goiânia.
Uno de los legados más valiosos de aquella concepción es el rico patrimonio arquitectónico Art Déco que se levantó en el núcleo original, en torno a la Avenida Goiás y la Praça do Bandeirante. Edificios públicos, cines y estaciones de líneas geométricas y elegantes encarnan el espíritu moderno y optimista con que fue concebida Goiânia, y constituyen hoy uno de los conjuntos Art Déco más importantes del país, reconocido por el IPHAN.
Pensada inicialmente para una población modesta, Goiânia experimentó un crecimiento vertiginoso que superó ampliamente las previsiones de sus planificadores. La expansión de la frontera agrícola en el cerrado, el desarrollo de la ganadería y la agricultura, y el papel de la ciudad como centro administrativo y de servicios de Goiás atrajeron a un flujo constante de población procedente del campo y de otras regiones del país.
En pocas décadas, la ciudad planificada se transformó en una gran metrópolis, una de las mayores del centro-oeste brasileño, con una extensa región metropolitana. Ese crecimiento acelerado planteó los desafíos típicos de la urbanización rápida —expansión más allá del plan original, infraestructura, movilidad—, pero la ciudad conservó buena parte de su carácter arbolado y de sus amplios espacios verdes, manteniendo su fama de ciudad de buena calidad de vida y abundante vegetación.
La proximidad a Brasília, inaugurada en 1960 a poco más de 200 kilómetros, reforzó el dinamismo de la región. Goiânia se consolidó como polo económico, educativo, médico y de servicios para Goiás y áreas vecinas, integrando una de las zonas más pujantes del interior brasileño. Su perfil de ciudad joven, en constante expansión, contrasta con el pasado colonial de la vieja capital, que quedó como testimonio histórico del Goiás del oro.
Con el correr de las décadas, Goiânia desarrolló una identidad cultural propia y sorprendentemente vibrante. La ciudad se consolidó como uno de los grandes polos de la música sertaneja —el estilo country brasileño—, con numerosos artistas y duplas surgidos de la región, y desarrolló una activa vida nocturna, gastronómica y de bares. La gastronomía del cerrado, con el pequi como ingrediente emblemático, y platos como la galinhada y la pamonha, forman parte de esa identidad regional.
Goiânia funciona además como gran puerta de entrada y base logística para los destinos turísticos de Goiás. Desde aquí se accede a la Chapada dos Veadeiros, parque nacional de cañones y cascadas declarado Patrimonio de la Humanidad; al encantador pueblo colonial de Pirenópolis; a la histórica Cidade de Goiás, antigua capital y también Patrimonio de la Humanidad; y a las célebres aguas termales de Caldas Novas. Con su aeropuerto y conexiones terrestres, la capital articula el turismo del estado.
Así, la historia de Goiânia conjuga su origen como capital planificada y moderna de los años 30, su explosivo crecimiento hasta convertirse en gran metrópolis del cerrado y su rol contemporáneo de polo cultural, gastronómico y base turística. Quien la visita encuentra una ciudad verde y dinámica, con un valioso patrimonio Art Déco, una activa escena cultural y una posición estratégica para descubrir las maravillas naturales e históricas de Goiás.
Un capítulo trágico y marcante en la historia de Goiânia es el accidente radiológico de septiembre de 1987, considerado uno de los peores accidentes nucleares civiles de la historia y el mayor fuera de una instalación atómica. Todo comenzó cuando dos recolectores de chatarra encontraron, en una clínica de radioterapia abandonada en el centro de la ciudad, un viejo aparato de teleterapia que contenía una cápsula con cloruro de cesio-137, un material altamente radiactivo.
Sin conocer el peligro, desmontaron la fuente y vendieron las piezas a un depósito de chatarra. Allí, el dueño quedó fascinado por el polvo azul que brillaba en la oscuridad —el cesio-137— y lo distribuyó entre familiares y vecinos, que lo manipularon, se lo untaron en la piel e incluso lo ingirieron sin saber que se trataba de un veneno invisible. La contaminación se propagó por varias casas y personas.
Cuando, semanas después, los primeros enfermos llegaron a los hospitales con síntomas graves y se identificó la causa, ya había decenas de contaminados. El balance oficial fue de cuatro muertes directas en las semanas siguientes, cientos de personas con algún grado de contaminación y miles examinadas. La descontaminación obligó a demoler casas y a enterrar enormes cantidades de residuos radiactivos en un depósito especial. El episodio dejó una marca profunda en la memoria de la ciudad, dio lugar a obras, libros y películas, y se convirtió en un caso de estudio mundial sobre los riesgos de las fuentes radiactivas huérfanas y la importancia de la seguridad radiológica.