Fernando de Noronha no es una isla 'continental' que se desprendió de tierra firme, sino un archipiélago oceánico de origen volcánico: emergió del fondo del Atlántico Sur por la actividad de un punto caliente magmático, y lo que hoy vemos sobre el agua es apenas la cima erosionada de una enorme formación volcánica cuya base se hunde cientos de metros bajo la superficie. El conjunto está formado por 21 islas, islotes y rocas, de los cuales solo el mayor —la isla principal— está habitado.
El símbolo geológico del archipiélago es el Morro do Pico, un cerro cónico de 321 metros que se levanta detrás de la zona habitada y es el punto más alto de Noronha. Es un 'pitón' volcánico: el resto endurecido y erosionado del antiguo conducto del volcán, que quedó en pie cuando el material más blando que lo rodeaba se desgastó con millones de años de oleaje, viento y lluvia. Los acantilados, los morros gemelos (Dois Irmãos) y las rocas que afloran del mar entre las playas son todos testigos de ese pasado ígneo.
Esa naturaleza volcánica no es un dato menor para la historia del lugar: explica el relieve abrupto, las pozas y piscinas naturales entre rocas, los fondos marinos ricos en estructura —paredones y arcos— que hacen del buceo algo extraordinario, y la fragilidad de un ecosistema aislado en medio del océano. Fue, además, lo primero que registró por escrito uno de sus visitantes más célebres: el joven naturalista Charles Darwin, al pasar por la isla en 1832, anotó de inmediato que su constitución era volcánica y describió ese cerro cónico que dominaba el paisaje.
El archipiélago fue avistado por los europeos el 10 de agosto de 1503, durante una expedición portuguesa que exploraba la costa del recién 'descubierto' Brasil. La flota iba al mando del capitán Gonçalo Coelho, había sido financiada por un consorcio comercial privado encabezado por el comerciante lisboeta Fernão de Loronha (también escrito Fernão de Noronha) y llevaba a bordo, como observador y cronista, al navegante italiano Américo Vespucio. Según la tradición, fue Vespucio quien, al acercarse a aquella isla desierta y exuberante —poco después del naufragio de una de las naves de la expedición—, habría exclamado 'O Paraíso é aqui' ('El Paraíso está aquí'). Al principio la bautizaron 'isla de San Lorenzo' (São Lourenço), por el santo del día.
Muy poco después, en enero de 1504, el rey Manuel I de Portugal donó la isla a Fernão de Loronha como recompensa por haber financiado la expedición, convirtiéndola en la primera capitanía hereditaria de Brasil: es decir, el primer pedazo del nuevo territorio entregado por la Corona a un particular bajo el sistema de capitanías donatarias que poco después se aplicaría en gran escala al litoral continental. Con el tiempo, el nombre del archipiélago derivó del de su primer donatario, y la isla pasó a llamarse Fernando de Noronha.
Durante el siglo XVI la isla tuvo escasa ocupación efectiva y sirvió sobre todo de referencia y refugio en las rutas atlánticas. Su valor era más estratégico que productivo: una posición avanzada en medio del océano, en el camino entre Europa, África y el resto de Brasil. Esa misma posición la convertiría, en los siglos siguientes, en objeto de disputa entre las potencias coloniales.
Por su posición estratégica en el Atlántico, durante los siglos XVII y XVIII Fernando de Noronha fue codiciada y ocupada de forma intermitente por varias potencias rivales de Portugal. En el contexto de las invasiones neerlandesas al Nordeste brasileño, los holandeses controlaron la isla en distintos momentos del siglo XVII, integrándola a su dominio en la región. También ingleses y, sobre todo, franceses pusieron sus ojos en ella: la Compañía Francesa de las Indias llegó a colonizar la isla hacia 1736.
La respuesta portuguesa fue contundente. En octubre de 1737, la Corona despachó desde Recife una expedición militar al mando del coronel João Lobo de Lacerda, con unos 250 soldados, que expulsó a los franceses —prácticamente sin resistencia— y tomó posesión efectiva del archipiélago. Para asegurar de manera permanente esa posesión, los portugueses iniciaron de inmediato la fortificación de la isla: levantaron el Forte de Nossa Senhora dos Remédios, en posición dominante sobre la bahía de Santo Antônio y el fondeadero, como principal estructura defensiva del archipiélago, y lo complementaron con todo un sistema de pequeños fuertes y baterías (fortines) repartidos por la costa para cubrir los distintos puntos de desembarco.
Ese sistema defensivo del siglo XVIII es la raíz del patrimonio histórico que hoy se visita en la isla: las ruinas del Forte dos Remédios, hoy uno de los mejores miradores de Noronha para el atardecer, y los vestigios de los demás fortines son la memoria construida de aquella época en que el archipiélago era, ante todo, una llave militar del Atlántico Sur que Portugal no estaba dispuesto a perder.
Durante buena parte de su historia moderna, Fernando de Noronha no fue un paraíso turístico sino, literalmente, una cárcel. A partir de la consolidación del dominio portugués en el siglo XVIII y a lo largo del XIX y parte del XX, el archipiélago funcionó como colonia penal y presidio de máxima seguridad: su aislamiento en medio del océano, sin posibilidad de fuga, lo hacía ideal para confinar prisioneros. La propia Vila dos Remédios fue concebida y adaptada como una plaza-fortaleza-prisión: una villa amurallada, planeada por ingenieros militares, donde los presos vivían y trabajaban bajo vigilancia.
Por sus celdas pasaron presos comunes durante generaciones, y también presos políticos en distintos momentos. Entre 1938 y 1945 la isla funcionó específicamente como prisión política, en tiempos del Estado Novo de Getúlio Vargas. Décadas después, tras el golpe militar de 1964, allí estuvo confinado el gobernador de Pernambuco Miguel Arraes, en uno de los episodios que mejor ilustran cómo el archipiélago siguió usándose como lugar de destierro de opositores.
Ese pasado carcelario, que se prolongó durante más de dos siglos, dejó una marca profunda: gran parte del patrimonio edificado de la isla —murallas, dependencias, la propia traza de la Vila dos Remédios— proviene de esa época de presidio, y la deforestación histórica del archipiélago (que llevó a talar buena parte de su bosque para evitar que los presos construyeran balsas y se fugaran) explica parte del paisaje actual. Pasar 'del presidio al paraíso' es, de hecho, una de las maneras más repetidas de contar la historia de Noronha.
La posición de Fernando de Noronha en mitad del Atlántico Sur, en la 'cintura' más estrecha del océano entre América y África, volvió a ser decisiva durante la Segunda Guerra Mundial. Brasil se alineó con los Aliados, y el archipiélago pasó a tener un valor militar enorme: era una pieza de la ruta aérea y de vigilancia que conectaba el Nordeste brasileño —sobre todo Natal, el 'Trampolim da Vitória'— con el continente africano (la ruta Natal-Dakar), por donde pasaban aviones, suministros y tropas rumbo a los frentes de Europa y África.
En enero de 1942 se creó el Destacamento Mixto de Fernando de Noronha, una fuerza militar que reunía infantería y artillería (de campaña, de costa y antiaérea) para defender la isla. Ese mismo año, en el marco de los acuerdos de cooperación militar entre Brasil y Estados Unidos, se construyó en la isla un aeródromo operado con apoyo estadounidense, integrado al esfuerzo aliado de control del Atlántico Sur frente a los submarinos del Eje. Durante la guerra, el archipiélago quedó cerrado, militarizado y bajo estricto control.
Aquella infraestructura aeronáutica de los años 40 es, además, el antecedente directo del actual aeropuerto de la isla: la pista que hoy reciben los vuelos de turistas desde Recife y Natal hunde sus raíces en aquel esfuerzo bélico. Terminada la guerra, la importancia militar fue decayendo, pero la condición estratégica de Noronha —y la presencia de instalaciones de defensa y seguimiento— siguió marcando su historia durante buena parte del siglo XX, antes de su reconversión definitiva en santuario ecológico y destino turístico.
La gran transformación de Fernando de Noronha llegó en las últimas décadas del siglo XX, cuando dejó de ser cárcel y baluarte militar para convertirse en un modelo de conservación. En 1988 se creó el Parque Nacional Marinho de Fernando de Noronha, que protege alrededor del 70% del archipiélago —tanto su superficie terrestre como las aguas que lo rodean— y quedó bajo gestión federal (hoy a cargo del ICMBio). Con el parque llegaron las reglas que definen al destino actual: control de acceso, áreas restringidas, senderos regulados y la idea de que el turismo solo es viable si está limitado.
El reconocimiento internacional culminó en 2001, cuando la UNESCO declaró Patrimonio Mundial Natural al conjunto formado por Fernando de Noronha y el cercano Atol das Rocas, por su valor excepcional como refugio de biodiversidad marina del Atlántico Sur: zona de alimentación, reproducción y cría de tortugas, delfines, aves y peces. Ese título consolidó la vocación conservacionista de la isla y reforzó la necesidad de protegerla.
En lo administrativo, Fernando de Noronha es hoy un Distrito Estatal de Pernambuco, administrado directamente por el gobierno de ese estado pese a estar geográficamente más cerca de Rio Grande do Norte. Y en lo turístico es referencia de gestión sostenible: para entrar se pagan dos tasas —la Taxa de Preservação Ambiental (TPA), por día de estadía, y el ingreso al Parque Nacional Marinho— y existe un cupo de visitantes que limita cuánta gente puede estar en la isla. Atracciones como la Trilha do Atalaia funcionan con agendamiento y baño cronometrado. Así, el archipiélago que fue prisión y base de guerra completó su giro más improbable: hoy se protege de su propio éxito para seguir mereciendo la frase que, según la leyenda, dijo Vespucio en 1503: 'O Paraíso é aqui'.
Entre los visitantes ilustres del archipiélago hay uno que pasó casi de incógnito pero dejó huella en la historia de la ciencia: Charles Darwin. El 20 de febrero de 1832, el joven naturalista —entonces de apenas 22 años— hizo una breve escala en Fernando de Noronha durante el viaje del HMS Beagle, la expedición que recorrería el mundo y que sería la base de sus ideas sobre la evolución. El Beagle había zarpado de Inglaterra a fines de diciembre de 1831 y, antes de recalar en Salvador de Bahía a fin de mes, hizo este paso fugaz por la isla.
Darwin desembarcó poco tiempo, pero el suficiente para observar y anotar. Describió la isla como un denso bosque y, sobre todo, reconoció de inmediato su origen volcánico: en su diario escribió que 'la constitución de esta isla es volcánica, aunque probablemente no de fecha reciente', y destacó como rasgo más notable un cerro cónico de gran altura y laderas muy empinadas —el Morro do Pico—, que hoy sigue siendo el símbolo geológico del archipiélago. Sus observaciones aparecerían luego en 'El viaje del Beagle'.
Que uno de los científicos más influyentes de la historia haya tocado tierra en Noronha y haya acertado de un vistazo con su naturaleza volcánica es una de esas curiosidades que enlazan la pequeña isla atlántica con la gran historia del pensamiento. Para el visitante de hoy, mirar el Morro do Pico desde la Praia da Conceição o desde el Forte dos Remédios es, sin saberlo, repetir la misma escena que anotó Darwin hace casi dos siglos.