Antes de ser la 'ciudad modelo' que estudian los urbanistas de medio mundo, Curitiba fue un mar de araucarias: un altiplano a 900 metros de altura cubierto por bosques de pinheiros de copa aplanada, tan dominantes en el paisaje que terminaron bautizando a la ciudad. Porque eso significa su nombre: la explicación más difundida es que 'Curitiba' proviene del tupí-guaraní y se traduce como 'gran cantidad de pinos' o 'pinheiral', en alusión a la araucaria —el famoso pinheiro-do-paraná (Araucaria angustifolia)—, el árbol que todavía hoy es símbolo del estado de Paraná.
La relación con la araucaria es coherente con el paisaje original de la zona: el Primer Planalto Paranaense, donde se asienta la ciudad a unos 900 metros de altura, estaba poblado de extensos bosques de pinheiros, cuyas semillas —el pinhão— eran un alimento importante para los pueblos originarios. El propio escudo y la identidad de Curitiba se asocian a este árbol, y la semilla sigue siendo un manjar típico de la cocina local en invierno.
Antes de la fundación portuguesa, el altiplano estaba habitado por pueblos de lengua tupí-guaraní. La toponimia indígena de la región —Curitiba, Iguaçu, Paraná, Barigui— da testimonio de esa presencia originaria, que quedó inscripta en los nombres de la geografía que después ocuparon colonos y faiscadores europeos.
La ocupación portuguesa del altiplano de Curitiba estuvo ligada, como en buena parte del Brasil colonial del centro-sur, a la búsqueda de oro. Hacia fines del siglo XVII, buscadores de oro aluvial (los faiscadores), vaqueros y aventureros que subían desde el litoral —especialmente desde la zona de Paranaguá— se internaron en el planalto en busca de los metales preciosos de los ríos y comenzaron a asentarse en torno a las primeras vetas y a la cría de ganado.
De ese poblamiento disperso nació la villa. El acto fundacional suele situarse el 29 de marzo de 1693, cuando se instaló oficialmente la cámara (el gobierno municipal) y se estableció la Vila de Nossa Senhora da Luz dos Pinhais, en torno a una capilla. Con el tiempo, el nombre largo y devocional fue cediendo ante el topónimo indígena, y la villa pasó a conocerse simplemente como Curitiba, en alusión a los pinheirais que la rodeaban.
Durante el siglo XVIII, el oro de la región se agotó pronto y la economía local viró hacia la ganadería y, sobre todo, hacia su posición en las rutas terrestres. Curitiba se consolidó como punto de paso del 'caminho das tropas' (o caminho de Viamão a Sorocaba), la gran ruta por la que las tropas de ganado y mulas del extremo sur eran arreadas a través del planalto hacia las ferias de Sorocaba, en São Paulo. Ese papel de villa de descanso y comercio en el camino del ganado fue clave para su crecimiento a lo largo del siglo XVIII y comienzos del XIX.
Durante buena parte de la época colonial e imperial, el territorio que hoy es el estado de Paraná formaba parte de la Capitanía —y luego provincia— de São Paulo, como su 'comarca de Curitiba'. La región tenía sus propios intereses, una economía ligada a la ganadería, la yerba mate y el comercio de tropas, y un creciente reclamo de autonomía respecto del gobierno paulista.
Ese reclamo se concretó en 1853. Por una ley del Imperio, la comarca de Curitiba se separó de São Paulo y se convirtió en una provincia independiente: la Província do Paraná. Curitiba, que ya era el principal centro del altiplano, fue elegida capital de la nueva provincia. La emancipación dio a la ciudad un nuevo impulso administrativo y político, y marcó el comienzo de su transformación de villa de tropeiros a capital provincial en pleno crecimiento.
A partir de entonces, Curitiba empezó a dotarse de instituciones, edificios públicos y mejoras urbanas propias de una capital. La economía provincial se diversificó con el auge de la yerba mate —que se exportaba desde el puerto de Paranaguá— y, más adelante, de la madera. Este nuevo estatus sentó las bases para el gran cambio que vendría con la llegada masiva de inmigrantes europeos en las décadas siguientes, que transformarían para siempre el rostro de la ciudad.
Si hay un fenómeno que define la identidad de Curitiba, es la inmigración europea que llegó a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Con el aliento del gobierno imperial y provincial, que buscaba poblar y desarrollar el sur de Brasil, miles de familias europeas se asentaron en Curitiba y su entorno, fundando colonias agrícolas y barrios que cambiaron por completo el paisaje humano, económico y cultural de la ciudad.
Llegaron alemanes —que dejaron su huella en la arquitectura, la industria y comunidades como las del Bosque do Alemão—; italianos, que poblaron barrios como Santa Felicidade, hoy meca gastronómica de la cocina italiana en Brasil; polacos, una de las inmigraciones más numerosas, recordada en el Bosque do Papa y su memorial de casitas de troncos; y ucranianos, que dejaron iglesias de rito oriental y tradiciones como la pintura de huevos (pêssankas). A ellos se sumaron japoneses, sirio-libaneses y otros pueblos, en un mosaico que hizo de Curitiba una de las ciudades más 'europeas' y diversas de Brasil.
Estas comunidades transformaron la economía con la agricultura, la artesanía, el comercio y la pequeña industria, y aportaron su gastronomía, sus fiestas, sus religiones y su ética del trabajo. Curitiba honra ese legado con sus 'bosques' y memoriales temáticos dedicados a cada colectividad —el Bosque do Alemão, el Bosque do Papa (polaco), el Memorial Ucraniano, la Praça do Japão—, que hoy son parte fundamental del recorrido turístico y de la autoimagen de la ciudad como crisol de pueblos.
Uno de los hitos que conectó a Curitiba con el resto del país y el mundo fue la construcción del ferrocarril que une el planalto con el litoral. La Estrada de Ferro Paranaguá–Curitiba, inaugurada en 1885, fue una de las grandes obras de ingeniería del Brasil del siglo XIX: para salvar el desnivel de unos 900 metros entre Curitiba y el nivel del mar, los ingenieros trazaron una línea audaz a través de la Serra do Mar, con decenas de túneles, puentes y viaductos suspendidos sobre abismos, abriéndose paso entre paredones de roca y la densa Mata Atlántica.
El ferrocarril resolvió un problema histórico: hasta entonces, la producción del altiplano —la yerba mate, la madera y los productos agrícolas de las colonias— debía bajar al puerto de Paranaguá por caminos difíciles como la Estrada da Graciosa. Con el tren, el transporte se volvió más rápido y barato, integrando la economía paranaense al comercio nacional e internacional y consolidando a Curitiba como centro de la provincia.
Más de un siglo después, aquel logro de la ingeniería tuvo una segunda vida como atractivo turístico. El tramo entre Curitiba y Morretes se convirtió en uno de los viajes ferroviarios más bellos de Brasil: un descenso panorámico por la Serra do Mar que permite contemplar la selva atlántica, las cascadas y los abismos desde los mismos puentes y túneles que se construyeron en el siglo XIX. El paseo, que culmina en los pueblos coloniales de Morretes y Antonina, es hoy una de las experiencias más recomendadas de la región.
El gran salto que hizo de Curitiba una ciudad famosa en el mundo entero llegó en la segunda mitad del siglo XX, con una revolución urbanística que la convertiría en un caso de estudio internacional. Tras un fuerte crecimiento demográfico e industrial —impulsado por la creación de la Cidade Industrial de Curitiba—, la ciudad necesitaba un plan para crecer de manera ordenada. La respuesta fue el Plano Diretor de 1965 y, sobre todo, su puesta en marcha a partir de 1971 de la mano del urbanista y arquitecto Jaime Lerner, que fue tres veces alcalde de la ciudad y luego gobernador de Paraná.
Lerner y su equipo del IPPUC (el instituto de planificación urbana) implementaron ideas pioneras que serían imitadas en todo el planeta. La más célebre es el sistema de transporte rápido por buses (BRT): buses biarticulados circulando por carriles exclusivos a lo largo de ejes estructurales, con las características 'estaciones-tubo' de embarque a nivel que agilizan el ascenso, un modelo de transporte masivo eficiente y económico que inspiró a ciudades de los cinco continentes. En 1972, Curitiba creó además la primera calle exclusivamente peatonal de Brasil (la Rua das Flores).
A esa visión se sumó una política ambiental adelantada a su tiempo: una enorme red de parques que, además de dar calidad de vida, ayudan a controlar las inundaciones; programas de reciclaje pioneros (como el 'cambio de basura por alimentos'); y una identidad de 'capital ecológica' que la ciudad cultiva con orgullo. Muchos de sus íconos —el Jardim Botânico, la Ópera de Arame, el Parque Tanguá, la Universidade Livre do Meio Ambiente, los bosques de los inmigrantes— nacieron de ese espíritu. Aunque enfrenta los desafíos de cualquier metrópoli, Curitiba sigue siendo citada como referente mundial de planificación urbana y sostenibilidad.