Vistos desde la planicie ardiente de Cuiabá, los paredones rojos de la Chapada dos Guimarães parecen la muralla de otro mundo: una meseta de arenisca que se levanta cientos de metros sobre el valle y que, mucho antes de los miradores y las cascadas famosas, fue frontera, refugio y territorio sagrado de pueblos indígenas. Cuando los primeros europeos treparon la sierra, la meseta ya tenía dueños desde hacía siglos: los Bororo y los Paresí.
Los Bororo, que se llaman a sí mismos Boe, ocupaban extensas áreas del centro-este de Mato Grosso y desarrollaron una de las culturas más sofisticadas del interior sudamericano, con rituales funerarios complejos que duraban semanas, elaborada plumaria y cestería, y una cosmología que conectaba el mundo de los vivos con el de los espíritus. Para los Bororo, las mesetas, cuevas y valles del interior tenían una dimensión sagrada que iba mucho más allá de la utilidad económica. Los Paresí, por su parte, habitaban las áreas más occidentales de la meseta y eran reconocidos por sus habilidades agrícolas y comerciales, con redes de intercambio que alcanzaban la Amazonia y el Chaco.
Cuando las expediciones de bandeirantes comenzaron a penetrar el interior de Brasil en busca de oro y de indígenas para esclavizar —la de Pascoal Moreira Cabral remontó el río Coxipó en 1718-1719—, tanto Bororo como Paresí resistieron la invasión. Los conflictos fueron cruentos, y lo que las armas no consiguieron lo hicieron las epidemias: la viruela, el sarampión y la influenza traídos por los colonos diezmaron a las poblaciones originarias con una velocidad devastadora. Las misiones religiosas intentaron concentrar a los sobrevivientes en aldeamentos, pero esos espacios fueron también focos de contagio y de aculturación forzada. Para finales del siglo XVIII, la presencia indígena en la Chapada había sido drásticamente reducida, aunque los Bororo mantuvieron territorios importantes en otras áreas de Mato Grosso, donde viven hasta hoy.
El gran impulso colonizador llegó con el oro. En 1718-1719, la expedición de Pascoal Moreira Cabral encontró las primeras pepitas en las riberas del río Coxipó, y la fiebre minera que siguió transformó todo Mato Grosso: la villa de Cuiabá fue fundada formalmente en 1727 y se convirtió en el centro administrativo de la región. La meseta de la Chapada, con su clima más fresco y sus aguas abundantes, empezó a poblarse casi enseguida: ya en 1720 el paulista Antônio de Almeida Lara subió la sierra para establecer una hacienda, y los campos de lo alto se volvieron el granero que abastecía de alimentos, caña y ganado a los garimpos calurosos del valle.
El núcleo que dio origen al pueblo actual nació en 1751, cuando llegó a Cuiabá el primer gobernador de la capitanía, D. Antônio Rolim de Moura, acompañado por los padres jesuitas Estevão de Castro y Agostinho Lourenço. El padre Estevão fundó en la meseta la misión de Sant'Ana da Chapada, una aldea que reunió a los indígenas dispersos de la región en torno a una capilla de paja con las imágenes de Santa Ana, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. La misión duró poco: en 1759, la expulsión de los jesuitas de todos los dominios portugueses ordenada por el Marqués de Pombal dejó la aldea abandonada y a sus habitantes dispersos.
Veinte años después llegó el segundo acto fundacional. En 1778, el juez José Carlos Pereira, de Cuiabá, encontró la vieja capilla de la misión en condiciones deplorables y reunió recursos para levantar, a media legua del sitio original, una nueva iglesia de taipa pilada. La Igreja de Nossa Senhora de Santana fue bendecida con toda solemnidad el 31 de julio de 1779, y esa tarde una procesión trasladó desde la capilla jesuítica las tres imágenes sagradas, únicos objetos que se salvaron de la antigua misión. La iglesia —hoy joya del barroco rústico mato-grossense y monumento protegido— se convirtió en el corazón del poblado, que en 1782 dejó de llamarse Chapada de Santana y pasó a llamarse Guimarães. Las fazendas del entorno, dedicadas a la caña, el azúcar y el ganado, utilizaban mano de obra esclavizada africana en escala considerable: los registros parroquiales de Santana documentan bautismos y defunciones de personas esclavizadas a lo largo de todo el período colonial.
Con el agotamiento progresivo de los yacimientos auríferos durante las primeras décadas del siglo XIX, la economía de la Chapada dos Guimarães entró en una fase de contracción. La ganadería, la caña y la agricultura de subsistencia tomaron el relevo de la minería, y el pueblo mantuvo su importancia como centro religioso y de abastecimiento de la meseta, aunque con una dinámica mucho más modesta. La población, que había crecido rápidamente durante el boom minero, se estabilizó y en algunos períodos decreció.
La Guerra del Paraguay (1864-1870) golpeó de lleno a Mato Grosso. En diciembre de 1864, las tropas paraguayas invadieron el sur de la provincia, avanzando por el río Paraguay y tomando pueblos y fuertes. Aunque los invasores nunca llegaron a la meseta, el conflicto exigió una movilización masiva de hombres y recursos: los registros documentan el reclutamiento forzoso de jóvenes de la región, incluyendo esclavizados liberados a condición de servir en el ejército. Y el golpe más duro llegó con la paz: en los años posteriores a la guerra, una epidemia de viruela —traída por las tropas que regresaban— mató a cerca de un tercio de la población de la Chapada, una catástrofe demográfica de la que la comarca tardó décadas en recuperarse.
El final del siglo trajo otra transformación profunda: la abolición de la esclavitud en 1888 desarmó la estructura de trabajo de las fazendas e ingenios de la meseta, que entraron en una decadencia económica prolongada. Muchos antiguos esclavizados y sus descendientes formaron comunidades rurales propias en el entorno de la Chapada, cuya huella cultural —en la música, las fiestas religiosas y los apellidos— sigue viva en el municipio.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la Chapada dos Guimarães fue un municipio aislado del Centro-Oeste brasileño, conectado con Cuiabá por caminos de tierra que se volvían intransitables en la temporada de lluvias. Ese aislamiento preservó, paradójicamente, tanto su patrimonio colonial como su naturaleza. Hitos como la Escola Evangélica do Buriti (1923), pionera en formación agrícola, fueron modernizando de a poco la vida rural; la mecanización del campo en los años 1960 abrió los cerrados al cultivo, y la expansión ganadera y agrícola de los años 1970 empujó la pavimentación de la carretera Cuiabá–Chapada (la actual MT-251), que rompió definitivamente el aislamiento y acercó la meseta a la capital, a apenas 65 km.
El hito ambiental llegó el 12 de abril de 1989, cuando el Decreto Federal 97.656, firmado durante el gobierno de José Sarney, creó el Parque Nacional da Chapada dos Guimarães: unas 32.630 hectáreas de cerrado, matas de galería y formaciones de arenisca esculpidas por la erosión, que protegen íconos como la cascada Véu de Noiva (86 metros de caída libre), el circuito de las cachoeiras, la Cidade de Pedra y los miradores del borde de la meseta. La creación del parque, administrado hoy por el ICMBio, implicó negociaciones con propietarios rurales y generó tensiones con sectores agropecuarios, pero sentó las bases del principal motor económico actual del municipio: el turismo de naturaleza. A fines de 2022, la gestión de la visitación del parque fue concesionada a la iniciativa privada, con la promesa de inversiones en senderos, centros de visitantes e infraestructura.
En paralelo, en los años 1980 y 1990 la Chapada se convirtió en imán de grupos espiritualistas, artistas y comunidades alternativas atraídos por la supuesta energía del lugar y por la leyenda del centro geodésico del continente. Ese fenómeno le dio al pueblo —emancipado de Cuiabá como municipio propio a mediados del siglo XX— un carácter ecléctico que contrasta con su tamaño: hoy conviven el turismo de aventura, el ecoturismo, el turismo esotérico y la vida rural mato-grossense, y la meseta recibe cada año a más de cien mil visitantes que llegan buscando cascadas, miradores infinitos y ese aire de mundo aparte que siempre tuvo.