Antes de los diamantes, antes de los garimpeiros y antes incluso de la vida tal como la conocemos, la Chapada Diamantina ya existía como roca. Las sierras que hoy forman el paisaje —la Serra do Sincorá, la Serra do Espinhaço de la que es parte la región— están entre las formaciones más antiguas de Brasil. Sus rocas pertenecen al Supergrupo Espinhaço, un conjunto que empezó a formarse durante el Paleoproterozoico, hace alrededor de 1.700 millones de años, en un proceso de fractura de la corteza terrestre (riftes) que se prolongó hasta el Neoproterozoico.
Lo más fascinante es que buena parte de lo que hoy son montañas fue, hace 1.700 millones de años, el fondo de un gran mar interior que los geólogos llaman 'Mar Espinhaço', que cubría la región y que perduró unos 200 millones de años. En ese mar y en los ríos y glaciares posteriores se fueron depositando, capa sobre capa, arenas, gravas y sedimentos que con el tiempo y la presión se transformaron en las areniscas, cuarcitas y conglomerados que hoy vemos en los paredones. Cerca de Lençóis y Andaraí aparecen también rocas de origen químico marino, como calizas y dolomitas, que con los milenios el agua fue disolviendo: de ahí nacen las grandes cuevas de la Chapada, como la Lapa Doce.
Más tarde, movimientos de la corteza plegaron y levantaron todas esas capas, formando las sierras y mesetas (las 'chapadas' que dan nombre a la región). La erosión del agua y del viento, a lo largo de cientos de millones de años, talló los cañones, los morros de cima plana como el Pai Inácio (a unos 1.120 m) y las cumbres de la Serra do Sincorá, que alcanzan los 1.620 metros; en el extremo sudoeste de la región, ya fuera del parque, el Pico do Barbado llega a los 2.033 metros y es el techo de Bahia y de todo el nordeste brasileño. Y fue esa misma historia geológica la que, al desgastar antiguas rocas que contenían diamantes y oro, dejó las piedras preciosas en el cascajo de los ríos, esperando a los garimpeiros del siglo XIX.
Mucho antes de que la región tuviera nombre europeo, las sierras y valles de la actual Chapada Diamantina eran territorio de pueblos indígenas. El interior baiano —el sertão— estaba habitado por grupos que recorrían la caatinga y las serranías, cazaban, recolectaban y dejaban huellas de su paso en pinturas rupestres y abrigos de piedra que todavía se encuentran en cuevas y paredones de la región. La toponimia conserva esa raíz: nombres como Caeté-Açú (el nombre oficial del Vale do Capão, de origen tupí, 'gran bosque verdadero') o Sincorá recuerdan la presencia y la lengua de los pueblos originarios.
Durante los primeros siglos de la colonización portuguesa, el interior de Bahia quedó al margen de los grandes centros del litoral. Era una tierra de paso de bandeirantes y de criadores de ganado que empujaban la frontera hacia el oeste, siguiendo los ríos. La región era remota, de acceso difícil, sin razones de peso para que la Corona la poblara: un sertão duro, de caatinga y serranías, lejano y poco conocido. Esa lejanía explica por qué la verdadera transformación llegó recién a mediados del siglo XIX, y de golpe, cuando se descubrió lo que las rocas guardaban: el diamante.
El acontecimiento que dio nombre y forma a la Chapada Diamantina ocurrió a mediados del siglo XIX. Hacia 1844-1845, garimpeiros encontraron diamantes en el cascajo de los ríos de la Serra do Sincorá, y la noticia corrió como pólvora. La primera lavra fue en Mucugê: en 1844 un garimpeiro halló las primeras piedras en el río Mucugê, y en pocos años el lugar pasó de la nada a tener más de 30.000 habitantes. Casi enseguida se descubrieron yacimientos en otros ríos y nacieron los demás pueblos: Lençóis (fundada en 1845), Andaraí e Igatu.
La corrida fue desenfrenada. Miles de personas —garimpeiros, comerciantes, aventureros— llegaron al sertão baiano en busca de fortuna. La región se transformó en un próspero entrepuesto comercial: comerciantes de Salvador y del Recôncavo Baiano financiaban las excavaciones y exportaban los diamantes a Europa, especialmente a Francia, Inglaterra y Alemania. Entre 1845 y 1871, la Chapada llegó a ser uno de los mayores productores de diamantes del mundo, y Lençóis, su villa más rica, fue por un tiempo una de las ciudades más importantes de Bahia.
Esa riqueza se materializó en piedra y arquitectura. En Lençóis se levantaron casonas de colores, casas de comercio donde se pesaban y vendían las piedras, plazas e iglesias que todavía hoy forman su casco histórico. En Mucugê floreció un pueblo entero al pie de la Serra do Sincorá. Y en Igatu, distrito de Andaraí, los garimpeiros construyeron casas, muros e incluso la iglesia con bloques de piedra encajados, muchos sin argamasa, levantando un poblado que parece tallado en la roca misma de la sierra. Era el apogeo del ciclo del diamante, una época de fortuna rápida, trabajo durísimo en los ríos y un mundo entero girando en torno a las piedras preciosas.
El nombre de Lençóis —'sábanas', en portugués— guarda una de las imágenes más poéticas de toda la historia de la Chapada. Cuenta la tradición que, en los primeros tiempos del garimpo, los miles de mineros que trabajaban en los ríos al pie de la sierra acampaban en carpas de tela blanca. Vistas desde lo alto de las serranías, esas carpas blancas tendidas en el valle parecían lençóis —sábanas— extendidas al sol. De esa visión nació el nombre del pueblo que se convertiría en la capital del diamante.
El auge, sin embargo, no duró para siempre. La decadencia empezó hacia 1865-1871, por dos golpes combinados: el descubrimiento de las grandes minas de diamantes en Sudáfrica, que inundaron el mercado mundial y derrumbaron los precios, y el agotamiento progresivo de los yacimientos baianos, cada vez más difíciles y pobres. A medida que el diamante dejaba de dar fortuna, la población se fue, el comercio se apagó y los pueblos entraron en un largo declive. Igatu, que en su apogeo tuvo miles de habitantes, quedó reducida con el tiempo a unos pocos cientos, transformada casi en un pueblo fantasma de casas de piedra abandonadas.
Paradójicamente, esa decadencia fue la que preservó el patrimonio. Sin dinero para demoler y construir de nuevo, los pueblos quedaron congelados en el tiempo, conservando su arquitectura del siglo XIX casi intacta. Lençóis mantuvo su casco histórico de casonas y calles empedradas; Mucugê, su trazado y su célebre Cemitério de Santa Isabel, el 'cementerio bizantino', con mausoleos blancos de arcos y pináculos construidos entre 1854 y 1886; e Igatu, sus ruinas de piedra entre la vegetación, que hoy le valen el apodo de 'Machu Picchu baiana'. El reconocimiento oficial llegó después: el centro de Lençóis fue protegido por el IPHAN en 1973, Mucugê fue declarada patrimonio en 1980 y el conjunto de Igatu fue tombado por el IPHAN en el año 2000.
Tras casi un siglo de declive, la Chapada Diamantina encontró una segunda vida, esta vez no en el subsuelo sino en su paisaje. El paso decisivo fue la creación, en 1985, del Parque Nacional da Chapada Diamantina, una vasta área protegida que abarca sierras, cañones, ríos, cascadas y cuevas de la Serra do Sincorá, administrada hoy por el ICMBio (Instituto Chico Mendes de Conservação da Biodiversidade). La protección oficial reconoció lo que los habitantes ya sabían: que la verdadera riqueza perdurable de la región no eran los diamantes agotados, sino la naturaleza extraordinaria que los había producido.
A partir de entonces, los mismos pueblos que habían nacido del garimpo se reinventaron como bases de ecoturismo. Lençóis, con su casco histórico protegido desde 1973, se convirtió en la puerta de entrada y el campamento base de viajeros que llegan a hacer trilhas, bañarse en cascadas y pozos, explorar cuevas y subir a miradores. El Vale do Capão atrajo a una comunidad alternativa que sumó a la oferta un perfil más esotérico, sano y artesanal. Mucugê, Andaraí e Igatu pasaron de pueblos del diamante a destinos histórico-culturales, donde las ruinas del garimpo se visitan como patrimonio.
Hoy la Chapada Diamantina es uno de los grandes destinos de naturaleza y trekking de Brasil. Travesías como la del Vale do Pati figuran entre las más bellas del país; el Morro do Pai Inácio, la Cachoeira da Fumaça, los pozos Azul y Encantado y las grutas de Iraquara son íconos reconocidos en todo el mundo. La ironía histórica es elocuente: la región que el diamante hizo famosa y luego abandonó terminó encontrando su tesoro definitivo en lo que siempre estuvo a la vista —sus sierras antiquísimas, sus aguas color té y sus cascadas— y en la memoria de piedra que el garimpo dejó en sus pueblos.