El nombre 'Itaimbezinho' tiene raíz indígena y describe con notable exactitud lo que el viajero ve al asomarse al cañón. Proviene del tupí-guaraní 'itaimbé', palabra compuesta de 'itá' (piedra) y un término asociado a lo afilado o cortado a pico, que suele traducirse como 'piedra afilada', 'peñasco cortante' o 'pared de roca cortada a pico'. A esa voz indígena se le sumó el sufijo diminutivo portugués '-zinho', de modo que 'Itaimbezinho' vendría a significar algo así como 'la pequeña piedra afilada' o 'el pequeño peñasco cortado'.
El nombre alude directamente a la característica más impactante del lugar: las paredes verticales del cañón, cortadas casi a pico, que se desploman cientos de metros desde el borde del altiplano. Es uno de tantos topónimos del sur de Brasil que conservan la huella de las lenguas originarias, en este caso describiendo el paisaje con la precisión de quienes lo conocieron mucho antes de la llegada de los europeos.
La región forma parte de los llamados 'Aparados da Serra'. 'Aparados' significa, en portugués, 'recortados' o 'cortados', y describe el borde de la Serra Geral, que parece tajado de golpe: el altiplano termina abruptamente en un escarpe vertical, como si la meseta hubiera sido 'aparada' con un cuchillo. Esa imagen del borde cortado a pico es justamente la que dio nombre tanto a los cañones como al parque nacional que los protege.
Los cañones de los Aparados da Serra son, ante todo, una obra de la geología profunda y del tiempo. Su historia se remonta a cientos de millones de años, cuando la región formaba parte del supercontinente Gondwana. En aquel entonces, vastas extensiones del sur de Sudamérica y del sur de África estaban cubiertas por desiertos de arena, cuyos sedimentos, al compactarse, dieron origen a las areniscas que hoy forman la base de estos paisajes (la llamada Formación Botucatu).
Más tarde, hace alrededor de 130 a 135 millones de años, durante la fragmentación de Gondwana y la apertura del océano Atlántico, se produjeron gigantescas erupciones volcánicas. Inmensas coladas de lava basáltica cubrieron la región en capas sucesivas, una sobre otra, formando un grueso paquete de rocas volcánicas conocido como Formación Serra Geral. Esas capas de basalto, superpuestas a las areniscas más antiguas, son las que constituyen hoy el altiplano y las paredes de los cañones.
Durante millones de años, la erosión —el agua de la lluvia, los ríos, el viento, los ciclos de frío y calor— fue desgastando y tallando ese altiplano basáltico. En el borde de la Serra Geral, donde la meseta cae hacia las tierras bajas, los ríos fueron excavando profundas gargantas en la roca, retrocediendo lentamente hacia el interior y abriendo los cañones que vemos hoy: el Itaimbezinho, el Fortaleza, el Malacara y otros. Las distintas capas de lava visibles en las paredes son como las páginas de un libro geológico que registra esas antiguas erupciones. El resultado es uno de los conjuntos de cañones más espectaculares de Sudamérica.
Mucho antes de que existieran parques, estradas o pousadas, las tierras altas de la Serra Geral eran recorridas por pueblos originarios. Los campos de altura y los bosques de araucaria del sur de Brasil estuvieron habitados por grupos indígenas de tradición jê, asociados a la cultura que los arqueólogos vinculan con los pueblos kaingang y xokleng, además de la presencia más amplia de pueblos de lengua guaraní en la región. Para ellos, la araucaria era un recurso fundamental: el piñón (pinhão), la semilla del pino paraná, era un alimento básico, y los bosques de araucaria marcaban el ritmo de la vida en el altiplano.
Con la llegada de los europeos y la expansión de la ganadería en el sur, estas tierras altas se integraron a las rutas de los tropeiros, los arrieros que llevaban tropas de ganado —sobre todo mulas y vacunos— entre las regiones de cría del sur y los mercados del interior y del sudeste de Brasil. Los pasos de la Serra Geral, donde el altiplano se conecta con las tierras bajas del litoral, fueron caminos clave de ese comercio. La cultura gaucha de la región —el ganado, el caballo, el mate, el churrasco— hunde sus raíces en esa historia.
El poblamiento estable de la zona de Cambará do Sul se consolidó con estancias dedicadas a la ganadería en los campos de altura, aprovechando los pastizales naturales del altiplano. A esa base ganadera se sumó, ya en los siglos XIX y XX, la influencia de la inmigración europea que pobló buena parte de la sierra gaucha, dejando su huella en la gastronomía (los cafés coloniales, los quesos, los embutidos) y en las costumbres locales. De esa mezcla nació el carácter sereno y rural de la región que hoy recibe a los visitantes de los cañones.
Aunque los cañones siempre estuvieron ahí, su 'descubrimiento' para el gran público —y para la ciencia y el turismo— llegó recién en el siglo XX. Hasta entonces, el Itaimbezinho era conocido sobre todo por los habitantes de la región, los estancieros y los baqueanos que recorrían los campos de altura. Su escala monumental y su belleza fueron ganando fama a medida que naturalistas, excursionistas y científicos comenzaron a explorar y divulgar el borde de la Serra Geral.
Entre las figuras más recordadas en la valorización de este paisaje está el padre jesuita Balduíno Rambo (1905-1961), sacerdote, naturalista y botánico gaúcho, autor de obras fundamentales sobre la naturaleza del sur de Brasil, como 'A Fisionomia do Rio Grande do Sul'. Rambo estudió y divulgó la flora y los paisajes de los campos de altura y de la Serra Geral, contribuyendo a que se reconociera el valor natural excepcional de la región y de sus bosques de araucaria.
A lo largo del siglo XX, expediciones de naturalistas, geógrafos y montañistas fueron documentando los cañones, sus paredes, su flora y su fauna. Ese creciente conocimiento, sumado a la conciencia sobre la importancia de proteger la Mata Atlántica de altitud y los bosques de araucaria —entonces amenazados por la tala intensiva—, fue creando el clima que llevaría, a fines de la década de 1950, a la creación del primer parque nacional para resguardar el Itaimbezinho y los Aparados da Serra.
El paso decisivo para la protección del Itaimbezinho llegó en 1959, cuando el gobierno brasileño creó el Parque Nacional dos Aparados da Serra. Fue uno de los primeros parques nacionales de Brasil, instituido en una época en que el país comenzaba a dar pasos importantes en materia de conservación de la naturaleza. El objetivo central era preservar el conjunto extraordinario de los cañones del borde de la Serra Geral —encabezados por el Itaimbezinho—, junto con los campos de altura, los bosques de araucaria y la rica biodiversidad de la Mata Atlántica de altitud.
El parque se localiza a caballo entre los estados de Rio Grande do Sul y Santa Catarina, justamente sobre el escarpe donde el altiplano se desploma hacia las tierras bajas. Su creación buscó frenar la presión de la tala de las araucarias y de la expansión agropecuaria, que amenazaban uno de los paisajes más singulares del sur del país. Con los años, el área protegida fue ganando estructura para la visitación: senderos, miradores, centro de visitantes y regulación del acceso.
Décadas más tarde, en 1992, se creó el vecino Parque Nacional da Serra Geral, ampliando la protección a otros cañones de la región, como el Fortaleza y el Malacara, que habían quedado fuera de los límites del primer parque. Ambas unidades, contiguas, conforman hoy un gran corredor de conservación administrado por el ICMBio (Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad). Juntos protegen no solo los cañones, sino todo un ecosistema de altura de enorme valor, y constituyen uno de los principales destinos de ecoturismo del sur de Brasil.
Con la consolidación de los parques nacionales, la región de Cambará do Sul fue transformándose de un tranquilo enclave ganadero del altiplano en uno de los grandes destinos de ecoturismo del sur de Brasil. La fama del Itaimbezinho y del cañón Fortaleza atrajo a viajeros de todo el país y del exterior, y el pueblo fue desarrollando una oferta de pousadas, restaurantes de cocina serrana, agencias y guías especializados en las trilhas y los cañones.
Ese crecimiento del turismo convive con el desafío de la conservación. Los campos de altura y los bosques de araucaria forman parte de la Mata Atlántica, uno de los biomas más amenazados del mundo, y la araucaria misma es una especie en situación delicada tras siglos de explotación maderera. La gestión de los parques por el ICMBio busca equilibrar la visitación con la protección de este patrimonio natural: regulación de accesos, senderos demarcados, miradores con barandas y guías habilitados para las trilhas más exigentes, como la del Rio do Boi.
Hoy, visitar el Itaimbezinho es también una invitación a valorar y cuidar este paisaje. La región mantiene su carácter rural y gaucho —el mate, el churrasco, las estancias, las araucarias recortadas contra el cielo—, combinado con una creciente conciencia ambiental. Los cañones de los Aparados da Serra se cuentan, con justicia, entre las grandes maravillas naturales de Brasil: un lugar donde la geología profunda, la historia de los pueblos de la sierra y la belleza de los campos de altura se encuentran al borde de un abismo de cientos de metros.