Las aguas esmeralda por las que hoy se desliza el catamarán esconden un secreto que pocos visitantes imaginan: debajo de esa superficie calma duerme un río bravo. Hasta comienzos de los años noventa, este tramo era un desfiladero de corrientes turbulentas que los navegantes del São Francisco preferían evitar; cuando la represa de Xingó cerró sus compuertas, el agua subió decenas de metros y ahogó el fondo de la garganta. Lo que hoy parece un fiordo intacto es, en realidad, solo la mitad superior de un cañón mucho más profundo. El autor de esa obra monumental es el río São Francisco, uno de los ríos más importantes y simbólicos de Brasil, conocido cariñosamente como el "Velho Chico": nace en Minas Gerais y recorre miles de kilómetros hacia el nordeste, atravesando el semiárido y dando vida a una vasta región antes de desembocar en el Atlántico, entre Sergipe y Alagoas. En su largo recorrido fue tallando, a lo largo de milenios, profundos cañones en la roca, especialmente en el tramo del bajo São Francisco.
En la zona de Xingó, el río se encajona entre paredones rocosos que se elevan decenas de metros, formando un paisaje agreste y monumental. Durante siglos, este sector de cañones fue parte del curso natural del río, con aguas más turbulentas y de difícil navegación en algunos tramos. El São Francisco fue históricamente una vía vital de comunicación y comercio para el interior del nordeste, surcado por los famosos vapores y embarcaciones que conectaban las poblaciones ribereñas.
El valle del São Francisco no solo fue una ruta de transporte: fue también cuna de culturas. Sus márgenes estuvieron habitadas desde tiempos remotos por poblaciones que dejaron numerosos vestigios arqueológicos, y a lo largo de la historia colonial y moderna se desarrolló una rica cultura ribereña, con sus tradiciones, su música, su gastronomía de pescado de río y un fuerte vínculo identitario con el "Velho Chico".
El Cânion do Xingó tal como se conoce hoy —con su embalse navegable y sus aguas calmas de color esmeralda— nació de una gran obra de ingeniería: la Usina Hidrelétrica de Xingó. Construida e inaugurada en la década de 1990, esta represa hidroeléctrica, una de las mayores del río São Francisco, fue levantada para generar energía para el nordeste, una región históricamente necesitada de desarrollo y electricidad.
La construcción de la represa elevó significativamente el nivel del agua aguas arriba, inundando parcialmente los cañones y transformando el antiguo curso turbulento del río en un embalse de aguas tranquilas y profundas. Esa transformación, paradójicamente, dio origen al actual atractivo turístico: los paredones que antes bordeaban un río bravo quedaron parcialmente sumergidos, creando estrechas gargantas navegables donde el agua adquiere ese intenso tono verde-esmeralda que hoy maravilla a los visitantes.
Así, el paisaje que recorren los catamaranes y lanchas es, en buena medida, fruto de la intervención humana sobre el río. La represa no solo cambió la geografía y la economía de la región —con la generación de energía y los desplazamientos de población que toda gran obra hidroeléctrica conlleva—, sino que también convirtió a Canindé de São Francisco y a los pueblos vecinos en bases de un nuevo turismo de naturaleza centrado en los cañones.
La región del bajo São Francisco, en torno a Xingó, es uno de los grandes escenarios de la historia del cangaço, el fenómeno de bandolerismo social que marcó el sertón nordestino entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX. Los cangaceiros eran grupos armados que recorrían el semiárido enfrentándose a las fuerzas del orden, a los grandes propietarios y, a veces, ayudando a las poblaciones pobres, en un sertón castigado por la sequía, la desigualdad y la violencia de los coroneles.
La figura más célebre del cangaço fue Virgulino Ferreira da Silva, conocido como 'Lampião', el 'rey del cangaço', que durante décadas lideró un bando por el interior de varios estados nordestinos junto a su compañera Maria Bonita. Su historia terminó precisamente cerca de Xingó: en la madrugada del 28 de julio de 1938, en la Grota do Angico, en el municipio sergipano de Poço Redondo, Lampião, Maria Bonita y otros nueve cangaceiros fueron emboscados y muertos por una volante (tropa policial). Sus cabezas fueron cortadas y exhibidas, primero en Piranhas y luego en otras ciudades, como prueba y advertencia.
La muerte de Lampião en Angicos suele señalarse como el principio del fin del cangaço. Hoy, la Grota do Angico es un monumento natural protegido, y el cercano pueblo de Piranhas conserva memoriales y museos que mantienen viva esa memoria. Esta capa histórica —la del sertón, la sequía y el cangaço— se suma a la geología, la arqueología y la cultura ribereña, y le da al Cânion do Xingó una densidad histórica que va mucho más allá del paisaje.
La construcción de la represa de Xingó tuvo una consecuencia inesperada para la ciencia: la región del bajo São Francisco que iba a ser inundada por el embalse era rica en vestigios arqueológicos, lo que motivó un importante esfuerzo de rescate antes de que las aguas cubrieran los sitios. Las excavaciones revelaron que el valle había estado habitado durante miles de años por poblaciones prehistóricas que dejaron sepulturas, restos óseos, cerámica, artefactos líticos y otros testimonios de su vida.
Estos hallazgos aportaron valiosa información sobre los antiguos pobladores del valle del São Francisco, su organización, sus prácticas funerarias y su relación con el río. El material rescatado dio origen al Museu de Arqueologia de Xingó (MAX), en Canindé de São Francisco, que conserva y exhibe este patrimonio con un enfoque didáctico, permitiendo a los visitantes asomarse a la larga historia humana de la región mucho antes de la llegada de los europeos.
De este modo, el Cânion do Xingó conjuga varias capas de historia: la formación geológica del río a lo largo de milenios, la profunda ocupación humana del valle documentada por la arqueología, la cultura ribereña del Velho Chico y, finalmente, la transformación moderna provocada por la represa, que creó el paisaje navegable y el destino turístico actual. Esa superposición de naturaleza, historia y tecnología es parte del atractivo y del interés del lugar.
Del lado alagoano del río, el pueblo de Piranhas tiene una historia propia que se entrelaza con la del cañón y con la del cangaço. Fundado en el siglo XIX como puerto fluvial sobre el São Francisco, Piranhas vivió su época de mayor esplendor económico gracias al ferrocarril: la llegada de una línea férrea que conectaba el interior con el litoral convirtió al pueblo en un punto clave de trasbordo entre el transporte fluvial —barcos y vapores que navegaban el río desde el interior— y el transporte terrestre hacia la costa. Esa función de nudo logístico dejó una huella arquitectónica que todavía se conserva: la antigua estación ferroviaria, los almacenes portuarios y un trazado urbano colonial de calles empedradas y casas coloridas que hoy conforman uno de los cascos históricos mejor preservados del bajo São Francisco.
Ese mismo rol de nudo de comunicaciones fue el que convirtió a Piranhas, de forma macabra, en escenario final de la saga de Lampião. Tras la emboscada de Angicos en 1938, las cabezas de los cangaceiros muertos fueron trasladadas río abajo y exhibidas primero en Piranhas —donde el pueblo entero, y curiosos llegados de otras localidades, desfilaron para verlas— antes de continuar su itinerario hacia otras ciudades, en una práctica que hoy resulta perturbadora pero que en su momento buscaba demostrar públicamente el fin del cangaço y disuadir a otros grupos armados. Esa historia incómoda es hoy parte del relato que ofrecen los memoriales y museos locales, como el Memorial do Sertão.
Con el correr de las décadas y el declive del transporte ferroviario y fluvial tradicional, Piranhas fue encontrando en el turismo —primero histórico, luego asociado al Cânion do Xingó y a la Grota do Angico— una nueva razón de ser. Hoy el pueblo combina su patrimonio arquitectónico colonial, su memoria del cangaço y su posición estratégica como puerta de entrada alternativa a los cañones, ofreciendo a los visitantes una experiencia distinta pero complementaria a la de Canindé de São Francisco: menos centrada en la aventura acuática y más en la historia, la arquitectura y el relato del sertón.