Hay una postal que resume Cambará do Sul mejor que cualquier folleto: un campo abierto, cubierto de escarcha blanca al amanecer, con una araucaria solitaria recortada contra el cielo, y a pocos metros, sin aviso previo, el suelo simplemente desaparece en un abismo de setecientos metros. Es el único lugar de Brasil donde hace suficiente frío como para helar el pasto y donde, minutos después, uno puede asomarse a un cañón que no tiene nada que envidiarle a los grandes cañones del mundo. Ese contraste —pampa gaucha de altura y garganta vertiginosa de basalto— es la clave de por qué este pueblito de apenas unos miles de habitantes se convirtió en uno de los destinos de naturaleza más buscados del sur brasileño.
Cambará do Sul se asienta en los Campos de Cima da Serra, una región de altiplanos fríos en el noreste de Rio Grande do Sul, a más de 1.000 metros de altitud, caracterizada por sus campos abiertos, sus bosques de araucarias (los pinheirais) y un clima riguroso, con inviernos muy fríos y heladas frecuentes, e incluso nevadas ocasionales. Es un paisaje de pampa de altura, muy distinto del Brasil tropical que imaginan quienes solo conocen las playas del país.
La historia de poblamiento de esta región está ligada a los tropeiros y a la ganadería de altura. Por estos campos pasaban los antiguos caminos de las tropas que conducían ganado, sobre todo mular y bovino, entre el sur del país y las ferias del interior, especialmente la gran feria de Sorocaba. Los campos de altura, aptos para la cría de ganado, atrajeron a estancieros y pequeños productores que se asentaron en la zona.
La cultura local se forjó en torno al campo: la cría de ganado, el chimarrão, el churrasco, las tradiciones gauchas y el aprovechamiento de la araucaria (cuya semilla, el pinhão, es un alimento típico en otoño e invierno). El nombre 'Cambará' proviene de un árbol de la región. Así nació una comunidad serrana, gaucha y campesina, marcada por el frío y la altura.
El gran giro en la historia de Cambará do Sul llegó con la protección de los cañones que rodean al municipio. El Parque Nacional de Aparados da Serra, que protege el célebre cañón Itaimbezinho, fue creado a mediados del siglo XX (en 1959), siendo uno de los parques nacionales más antiguos de Brasil. Su objetivo era preservar el espectacular conjunto de cañones excavados en la meseta de basalto, donde la Serra Geral cae abruptamente hacia la planicie costera, así como su mata atlántica, sus araucarias y su fauna.
Más tarde, en las últimas décadas del siglo XX, se creó el Parque Nacional da Serra Geral, que protege otros cañones de la región, entre ellos el imponente Fortaleza. Juntos, ambos parques conforman uno de los conjuntos de cañones más impresionantes de Sudamérica, con paredones de cientos de metros, cascadas que se precipitan al vacío y miradores vertiginosos.
La protección de estos parques transformó la vocación de Cambará do Sul: de pueblo ganadero y maderero a base del turismo de naturaleza. La explotación de la araucaria, antaño importante, fue cediendo paso a la conservación, y los cañones se convirtieron en el principal recurso de la región.
Los cañones que hacen famosa a Cambará do Sul son el resultado de una historia geológica de cientos de millones de años. La meseta sobre la que se asienta la región está formada por gruesas capas de basalto, una roca volcánica originada por enormes derrames de lava que ocurrieron en el período Cretácico, hace unos 130 millones de años, cuando el supercontinente Gondwana comenzaba a fragmentarse y a separarse América del Sur de África. Esos derrames sucesivos apilaron capas de roca de cientos de metros de espesor, que hoy conforman la Serra Geral.
Con el correr del tiempo, el levantamiento del terreno y, sobre todo, la erosión de los ríos fueron tallando profundas gargantas en esa meseta de basalto. El agua, ayudada por las fracturas naturales de la roca y por el clima riguroso de altura, fue socavando el borde de la sierra donde esta cae bruscamente hacia la planicie costera, generando los espectaculares cañones del Itaimbezinho, el Fortaleza y otros. Los paredones casi verticales, de varios cientos de metros, muestran las distintas coladas de lava superpuestas.
Este origen explica el dramatismo del paisaje: una meseta de campos de altura que termina de golpe en un abismo, con cascadas que se precipitan al vacío por las paredes de basalto. Es un patrimonio geológico de valor internacional, y entender su formación ayuda a apreciar, desde los miradores, la escala del tiempo profundo que esculpió estos gigantes de piedra.
A partir de la consolidación de los parques nacionales, Cambará do Sul se afirmó como la principal puerta de entrada a los grandes cañones del sur de Brasil y como uno de los destinos de ecoturismo y turismo de aventura más valorados de la región. Su cercanía al Itaimbezinho y al Fortaleza, sumada al paisaje de campos de altura, araucarias y cascadas, atrae a visitantes amantes del trekking, la fotografía y la naturaleza.
El pueblo desarrolló una infraestructura de pousadas rurales, restaurantes de cocina campeira y agencias de turismo que organizan excursiones a los cañones y a otros atractivos. La región también se hizo conocida por sus cielos límpidos, ideales para la observación de estrellas, y por la experiencia del frío serrano, una rareza en Brasil.
Hoy Cambará do Sul combina su herencia gaucha y campesina con su papel de capital de los cañones. La gestión de los parques, con sistemas de reserva y cupos, busca compatibilizar el creciente turismo con la conservación de un patrimonio natural único. Junto con la vecina Urubici y la Serra Gaúcha, forma parte de la gran ruta de naturaleza del sur brasileño.
El otro protagonista silencioso de la historia de Cambará do Sul es la araucaria (Araucaria angustifolia), el pino brasileño que hace un siglo cubría buena parte de los Campos de Cima da Serra y que hoy sobrevive sobre todo dentro de los límites de los parques nacionales. Durante gran parte del siglo XX, la Mata de Araucárias fue arrasada por la industria maderera: la madera de araucaria, blanda y fácil de trabajar, alimentó aserraderos en toda la región y se exportó a gran escala, al punto de que la especie terminó clasificada en peligro crítico de extinción. Lo que hoy el visitante fotografía como paisaje típico —esos pinos de copa achatada, como sombrillas, recortados contra el cielo de los campos— es en realidad el resto de un bosque que casi desapareció.
De esa misma araucaria proviene el pinhão, la semilla comestible que cae de los conos entre abril y julio y que es la base de una cocina de estación muy arraigada en la sierra: pinhão asado a las brasas, cocido con sal, en sopas, en risottos y hasta en dulces. Las 'festas do pinhão' que se celebran en varios municipios de la región (incluida la vecina São Francisco de Paula) giran en torno a esta semilla, que fue durante generaciones un alimento de subsistencia para las comunidades rurales de los campos de altura, incluidas las comunidades indígenas kaingang que habitaban originalmente estas tierras antes de la llegada de los colonos.
En cuanto a la fauna, los cañones y campos de Cambará do Sul son territorio de especies que se volvieron símbolo de la conservación local: el gato-do-mato, el veado-campeiro (venado de los pastizales), y sobre todo aves como el papagaio-de-peito-roxo (loro de pecho púrpura), una especie endémica y amenazada que depende directamente de la araucaria para alimentarse y anidar. La suerte de esa ave —cuya población se desplomó junto con la del bosque de araucarias— es un recordatorio de por qué la protección de estos parques, lejos de ser un capricho burocrático, resultó decisiva para salvar un ecosistema entero.
El crecimiento del turismo trajo también sus propios problemas de gestión. Durante años, el acceso a los parques fue relativamente libre, con entradas que se compraban en la puerta y sin límite claro de visitantes por día. Eso empezó a cambiar cuando la demanda —impulsada por las redes sociales, donde las fotos del Itaimbezinho y el Fortaleza se volvieron virales— desbordó la capacidad de los senderos y miradores, generando filas, presión sobre la infraestructura y preocupación entre los técnicos del ICMBio (el organismo federal que administra los parques nacionales de Brasil) por el impacto ambiental.
La respuesta fue la concesión de la administración de la 'visitação' (el área de uso público, no la conservación en sí) a una empresa privada, Urbia, que desde 2021 gestiona la venta de entradas, los horarios de ingreso escalonado y el sistema de cupos online para Aparados da Serra y Serra Geral. El modelo generó debate —hay quienes cuestionan la privatización de la gestión turística en áreas protegidas— pero también permitió ordenar el flujo de visitantes, financiar mejoras en senderos y miradores, y sostener un control más estricto sobre cuántas personas entran cada día a un ecosistema frágil.
Para el visitante de hoy, esto se traduce en un detalle muy práctico: ya no alcanza con viajar hasta Cambará do Sul y presentarse en la portería del parque. Hace falta reservar el ingreso con anticipación a través de la plataforma oficial, elegir una franja horaria y respetarla. Es una molestia menor comparada con lo que está en juego: el equilibrio entre mostrarle al mundo uno de los paisajes más impresionantes de Sudamérica y evitar que ese mismo éxito termine erosionando lo que lo hace único.