Lo primero que hay que entender de Caldas Novas es por qué el agua sale caliente del suelo. Y la respuesta sorprende: no hay ningún volcán. Durante mucho tiempo se creyó que la Serra de Caldas era un volcán extinto, justamente por su forma elíptica vista desde arriba, que parecía el borde de un cráter. Pero esa hipótesis quedó descartada hace tiempo: en la región no hay rocas volcánicas. La forma de la sierra es el resultado de antiquísimos procesos tectónicos —pliegues de la corteza terrestre ocurridos hace cientos de millones de años—, no de erupciones.
Lo que realmente pasa es un fenómeno geotérmico. El agua de lluvia se infiltra en lo alto de la Serra de Caldas, que se eleva alrededor de mil metros sobre el nivel del mar. Esa agua fría penetra profundamente a través de fracturas en las rocas, bajo una capa de esquistos impermeables sostenida por cuarcitas permeables, y desciende a más de mil metros de profundidad. Allí abajo se calienta con el calor natural que emana del interior de la Tierra. Luego, calentada y bajo presión, vuelve a subir por otras fisuras y brota en superficie tibia o caliente, según el pozo, entre unos 40 y 57 grados (con mediciones que en algunos puntos hablan de temperaturas aún mayores).
Este sistema es enorme: hay más de 80 pozos catalogados que entregan más de un millón de litros de agua caliente por hora, y por eso Caldas Novas es considerada la mayor estación (o manantial) hidrotermal del mundo. La clave de todo es la Serra de Caldas: es allí donde se capta el agua de lluvia que alimenta el acuífero. Por eso proteger esa sierra no es un lujo ambiental sino una necesidad: sin esa zona de recarga, el sistema termal dejaría de funcionar. Los geólogos coinciden, además, en que se trata de un agua milenaria, infiltrada hace cientos o incluso miles de años.
Mucho antes de que llegaran los colonizadores europeos, la región de Caldas Novas ya estaba habitada. Los primeros habitantes fueron pueblos indígenas, sobre todo los Caiapó (Kayapó), y también grupos Xavante. Vivían del río y del monte: pescaban, cazaban, cultivaban sus alimentos, fabricaban armas, cerámica, instrumentos musicales y trabajos con fibras vegetales. El Cerrado y sus aguas eran su mundo.
Estos pueblos conocían las fuentes termales mucho antes que cualquier bandeirante. Las aguas que brotaban tibias o calientes de la tierra eran parte de su paisaje cotidiano. De hecho, el nombre de una de las nascentes más famosas, Pirapitinga, proviene de la lengua indígena: era el nombre que daban a un pez de aguas claras que habitaba la zona, y que suele traducirse como 'pez blanco'. Ese topónimo es una de las huellas que esos pueblos dejaron en el mapa actual.
La llegada de los bandeirantes en el siglo XVIII, en plena fiebre del oro, cambió todo para siempre. Como ocurrió en buena parte del interior de Brasil, el avance colonizador desplazó y diezmó a las poblaciones originarias. La memoria de los Caiapó quedó sobre todo en los nombres y en la noción de que las aguas calientes no fueron 'descubiertas' de la nada: ya formaban parte de un territorio habitado y conocido. Reconocer esa presencia previa es parte de contar honestamente la historia de Caldas Novas.
El 'descubrimiento' de las aguas termales por parte de los europeos está atado al ciclo del oro y a las bandeiras, las expediciones que partían de São Paulo a explorar el interior en busca de metales y mano de obra. Según la tradición, hacia 1722, grupos de la bandeira del célebre Bartolomeu Bueno da Silva —el Anhanguera— que recorrían el sertón goiano en busca de oro dieron con las fuentes calientes. Era la época de la apertura del Goiás aurífero, y la Corona portuguesa, ávida de riquezas minerales, tomó nota de esas aguas para una eventual explotación futura.
El hito más recordado, sin embargo, es posterior. Se atribuye al bandeirante Martinho (también citado como Martim) Coelho de Siqueira el 'redescubrimiento' de las dos fuentes principales, hacia 1777. La leyenda cuenta que estaba de cacería cuando sus perros entraron a una laguna que parecía hervir: así habría reencontrado el fenómeno. Identificó dos manantiales: las Caldas de Pirapitinga y las del Córrego das Lavras, estas últimas bautizadas 'Caldas Novas' (Caldas Nuevas), para distinguirlas de otras caldas ya conocidas. Ese nombre terminaría dándoselo a la ciudad.
En 1788 Martinho Coelho obtuvo una sesmaria (concesión de tierras) de tres leguas en la región de Santa Cruz y comenzó la extracción de oro en las márgenes de los arroyos. Las primeras viviendas nacieron de esa actividad minera. Dos factores, entonces, explican el poblamiento de la zona: el oro hallado en los cursos de agua y las propias aguas termales. Cuando el oro empezó a escasear, fueron las aguas calientes las que, mucho más tarde, le darían a Caldas Novas un destino propio.
Durante buena parte de su historia, Caldas Novas fue apenas un pequeño caserío rural junto a las fuentes calientes. La gente de la región usaba esas aguas para darse baños 'curativos': se les atribuían propiedades para aliviar dolores, relajar el cuerpo y mejorar la salud. Era un termalismo artesanal, casero, muy lejos de los grandes resorts de hoy.
Fue recién a fines del siglo XIX cuando las aguas empezaron a atraer bañistas de afuera, que viajaban hasta el lugar atraídos por la fama de sus propiedades. En lo administrativo, el poblado fue ganando entidad de a poco: en 1857 se creó el distrito de Caldas Novas (dentro del municipio de Morrinhos) y, tras un primer pedido rechazado en 1908, la Ley estadual nº 393 del 5 de julio de 1911 le dio finalmente la autonomía política, con el coronel Bento de Godoy como primer intendente. Así nació la vocación de Caldas Novas como destino de salud y descanso, un 'tomar las aguas' parecido al de las viejas estaciones termales europeas. La idea de venir a curarse y relajarse en aguas calientes fue, durante mucho tiempo, el principal atractivo del lugar, antes de los toboganes y las piscinas de olas.
Es importante una aclaración honesta que la propia divulgación turística reconoce: las aguas de Caldas Novas y Rio Quente son sobre todo termales y relajantes, más que estrictamente 'medicinales' en sentido clínico. El calor y los minerales ayudan a la relajación muscular y al bienestar, y por eso se encuadra dentro del turismo de salud según organismos como la Organización Mundial del Turismo; pero no son una cura milagrosa. Ese costado de bienestar —baños, spa, descanso— sigue siendo, hasta hoy, una de las esencias del destino, aun cuando la ciudad se transformó en un gran polo de turismo familiar.
El gran salto de Caldas Novas y su vecina Rio Quente hacia el turismo masivo ocurrió en la segunda mitad del siglo XX. Un hito decisivo fue la inauguración, en 1964, del Hotel Pousada en Rio Quente, junto al Parque das Fontes: fue el comienzo de la hotelería organizada en torno a las aguas calientes. La 'Companhia Thermas do Rio Quente' (popularmente, la Pousada do Rio Quente) fue adquirida en 1979 por grupos empresarios que apostaron fuerte por el desarrollo turístico de la zona.
En Caldas Novas, la verdadera explosión llegó a partir de los años 1970, cuando se construyeron los primeros hoteles con piscinas termales. La fama de las aguas calientes se fue extendiendo por todos los estados de Brasil, y a fines de los años 80 comenzaron a operar vuelos chárter que traían turistas de todo el país. La ciudad se llenó de hoteles, pousadas y resorts, casi todos con sus propias piscinas termales, y se consolidó como uno de los grandes destinos de turismo familiar y de descanso del interior brasileño.
El complejo Rio Quente Resorts siguió creciendo: en 1997 inauguró el Hot Park, elegido luego entre los parques acuáticos más visitados del mundo, y en 2008 abrió la Praia do Cerrado, la mayor playa artificial de aguas calientes naturales del planeta, alimentada por las dieciocho fuentes termales del lugar. Así, lo que había empezado como un caserío de baños curativos se transformó en un polo turístico que recibe varios millones de visitantes por año, con una economía volcada casi por completo al agua caliente.
El crecimiento turístico de Caldas Novas tiene un cimiento ambiental que muchos visitantes ni conocen: el Parque Estadual da Serra de Caldas Novas (PESCaN), creado en 1970. Fue la primera unidad de conservación del estado de Goiás, y no se trató de un gesto decorativo: su objetivo fue proteger justamente la zona de la sierra donde se infiltra el agua de lluvia que, tras bajar y calentarse en las profundidades, alimenta todo el sistema termal. En otras palabras, sin esta sierra protegida, las aguas calientes de la región podrían dejar de manar.
El parque abarca unos 123 km² entre los municipios de Caldas Novas y Rio Quente, a apenas unos 5 km del centro de Caldas Novas, sobre una sierra de cima plana coronada por una gran meseta a más de mil metros de altura. Es una unidad de protección integral, con vegetación típica del Cerrado, trilhas abiertas al público, cascadas de agua fría —como la Cachoeira da Confusão y la Cachoeira do Paredão— y miradores con vistas amplias sobre la región.
El reconocimiento de su importancia trascendió lo local: en 2005, la Serra de Caldas Novas fue incluida entre los sitios geológicos más importantes de Brasil por la comisión especializada vinculada a los criterios de patrimonio geológico. La creación del parque marcó, además, un cambio de mirada: entender que el turismo de Caldas Novas no se sostiene solo con hoteles y parques, sino con la conservación de la sierra que es, literalmente, la fuente de todo. Es la cara natural y a la vez estratégica de un destino famoso por su agua caliente.