Hay lugares que se nombran por lo que se ve; Bombinhas se nombró por lo que se escucha. Cuentan que los primeros colonos, al llegar a esta península de Santa Catarina, confundieron el estallido de las olas contra las rocas con explosiones de pequeñas bombas —'bombinhas'—, y ese estruendo del mar terminó bautizando al pueblo. Pero mucho antes de que alguien pusiera nombre al ruido de las olas, este litoral ya estaba habitado por pueblos que vivían del mar. Los testimonios más antiguos de esa presencia humana son los sambaquis: enormes montículos formados por capas de conchas de moluscos, huesos de peces, restos de fogones y, a veces, sepulturas, acumulados durante miles de años por poblaciones de pescadores, cazadores y recolectores que habitaron la costa sur de Brasil. Estos 'sitios de conchas' son uno de los grandes patrimonios arqueológicos del litoral catarinense y dan cuenta de una ocupación humana muy antigua de la región.
Más cerca en el tiempo, cuando llegaron los primeros europeos, la costa estaba ocupada por pueblos de lengua tupí-guaraní. En el litoral de Santa Catarina vivían los carijós, una de las denominaciones con que se conocía a los grupos guaraníes de la costa sur. Vivían de la pesca, la recolección de mariscos, la caza y el cultivo, en un entorno de bahías, penínsulas e islas que ofrecía abundantes recursos del mar.
La toponimia y la arqueología del litoral conservan esa huella originaria, anterior a la colonización portuguesa. La península que hoy ocupa Bombinhas, con sus calas protegidas y su mar rico en vida, era parte de ese paisaje costero habitado y aprovechado por los pueblos del mar mucho antes de la llegada de los colonos europeos.
La gran marca cultural del litoral de Santa Catarina, y por lo tanto de la región de Bombinhas, proviene de la colonización portuguesa y, muy especialmente, de la inmigración açoriana. Durante el siglo XVIII, la Corona portuguesa impulsó el poblamiento del sur de Brasil para asegurar la posesión del territorio frente a las disputas con España. Como parte de ese plan, se promovió la llegada de familias provenientes de las islas Azores y de Madeira, que se asentaron a lo largo de la costa catarinense a partir de mediados del siglo XVIII.
Estos colonos azorianos fundaron numerosas comunidades de pescadores y pequeños agricultores en las bahías, penínsulas e islas del litoral, incluida la región de la actual Bombinhas y de la vecina Porto Belo. Vivían de la pesca artesanal —con la captura de la tainha y de la sardina como actividades centrales—, de la agricultura de subsistencia y de la producción de harina de mandioca. Su cultura dejó una impronta profunda y duradera en la arquitectura sencilla de las casas de pescadores, en la religiosidad popular, en las fiestas, en el habla y en una gastronomía marcada por los frutos de mar.
Durante mucho tiempo, las playas de la península de Bombinhas fueron pequeñas aldeas de pescadores tranquilas, alejadas de los grandes centros, donde la vida giraba en torno al mar y a las estaciones de pesca. Esa identidad pesquera y azoriana sigue siendo, hoy, parte del alma del lugar, por debajo de la postal turística.
Durante buena parte de su historia moderna, las aldeas de la península de Bombinhas no constituían un municipio propio, sino que formaban parte de Porto Belo, la localidad vecina que era la cabecera administrativa de la zona. La región era conocida por sus pescadores y por la belleza de sus playas, pero permanecía relativamente apartada y tranquila, lejos de los circuitos turísticos masivos del litoral brasileño.
La transformación llegó en las últimas décadas del siglo XX, cuando el turismo descubrió la región. La extraordinaria transparencia de las aguas, la cantidad y variedad de playas concentradas en una pequeña península y la riqueza de la vida marina —en especial alrededor de las islas que más tarde se protegerían como Reserva do Arvoredo— empezaron a atraer a veraneantes, surfistas y, sobre todo, buceadores. Bombinhas comenzó a ganar fama como un destino de mar excepcional dentro de Santa Catarina.
Ese crecimiento turístico cambió profundamente la economía local: de las aldeas de pescadores se pasó a una economía centrada en el turismo de verano, con pousadas, restaurantes de frutos de mar y operadoras de buceo. El aumento de visitantes trajo prosperidad, pero también planteó el desafío —que continúa hasta hoy— de equilibrar el desarrollo con la preservación del entorno natural que es, justamente, el mayor atractivo del lugar.
El crecimiento del turismo y el desarrollo de la península llevaron, de manera natural, a la búsqueda de autonomía administrativa respecto de Porto Belo. El 15 de marzo de 1992 se realizó el plebiscito de emancipación, con un resultado contundente: 1.454 votos a favor y apenas 75 en contra. Días después, la Ley Estadual nº 8.558 del 30 de marzo de 1992 creó oficialmente el municipio de Bombinhas, que se instaló el 1 de enero de 1993 con Manoel Marcílio dos Santos, 'Maneca', como su primer intendente electo.
El nuevo municipio nació pequeño en superficie —es uno de los más reducidos de Santa Catarina— pero con una identidad turística muy definida, centrada en sus playas, su mar transparente y el buceo. A partir de su emancipación, Bombinhas pudo gestionar de forma autónoma su desarrollo, su infraestructura y, de manera cada vez más relevante, las políticas de conservación de su patrimonio natural, que es la base de su economía.
Desde entonces, el municipio se consolidó como uno de los grandes destinos de mar del sur de Brasil y como la 'capital del buceo' de la región. La gestión del turismo —con picos enormes de población en verano frente a una población estable mucho menor— y la protección del medioambiente (con la Reserva do Arvoredo frente a la costa y diversas unidades de conservación en tierra) se volvieron los grandes temas de la vida local, en un equilibrio permanente entre el atractivo turístico y la preservación.
Si hay un hito que define la identidad turística de Bombinhas, es la creación de la Reserva Biológica Marinha do Arvoredo. En 1990, el gobierno federal brasileño creó esta unidad de conservación marina de protección integral frente al litoral de Santa Catarina, abarcando un conjunto de islas —la Ilha do Arvoredo, las Galés, la Deserta y el islote Calhau de São Pedro— y las aguas que las rodean. El objetivo era proteger uno de los ecosistemas marinos más ricos del Atlántico Sur, un punto donde se encuentran aguas de diferentes temperaturas y se concentra una notable biodiversidad.
La reserva alberga arrecifes rocosos, cardúmenes de peces, tortugas marinas, rayas, pulpos y abundante flora y fauna submarina, en aguas de gran transparencia. Esa riqueza, sumada a la claridad del agua de las playas y calas de la península, convirtió a Bombinhas en un destino de referencia para el buceo y el snorkel, ganándose el apodo de 'capital del buceo' del sur de Brasil. Por su condición de reserva biológica de protección integral, la visita y el buceo están regulados y se realizan a través de operadoras habilitadas y en zonas autorizadas, para conservar el frágil ecosistema.
La creación de la Reserva do Arvoredo, junto a otras áreas protegidas en tierra (parques municipales y unidades de conservación que resguardan la Mata Atlántica de la península), refleja la apuesta de la región por proteger el patrimonio natural que es la base de su atractivo. La historia reciente de Bombinhas es, en gran medida, la historia de ese esfuerzo por compatibilizar un turismo en expansión con la conservación de un entorno marino y costero excepcional.