Belo Horizonte nació dos veces: primero en el papel, cuando una comisión de ingenieros la dibujó entera —avenidas, diagonales, plazas— antes de que existiera un solo edificio; y después en el barro de las obras, cuando en apenas cuatro años se levantó una capital completa sobre un poblado colonial que fue borrado del mapa. Pero mucho antes de que existiera la ciudad planificada, en el valle al pie de la Serra do Curral ya había vida. En el siglo XVIII, durante el ciclo del oro de Minas Gerais, se formó allí un pequeño poblado ligado al paso de tropas y al abastecimiento de las zonas mineras. El lugar se conoció como 'Curral del Rey' (Curral d'El-Rei), nombre que aludía a los corrales de ganado de la región y a la presencia de la Corona ('el rey') en estas tierras. La tradición vincula los orígenes del asentamiento a un fazendeiro pionero, João Leite da Silva Ortiz, que se estableció en la zona y dio impulso a la ocupación del valle.
A diferencia de las villas mineras del oro, encajonadas entre montañas, Curral del Rey ocupaba un terreno más abierto y suave, con buen clima, agua abundante y un horizonte amplio recortado por la silueta de la Serra do Curral. Durante más de un siglo fue un arraial tranquilo, agrícola y ganadero, sin el esplendor barroco de Ouro Preto ni su densa historia colonial, pero con una geografía que, andando el tiempo, resultaría decisiva.
Esa amplitud del terreno y su clima agradable serían justamente los argumentos que, a fines del siglo XIX, harían que los planificadores republicanos pusieran los ojos en este rincón de Minas. Donde antes pastaba el ganado del rey se levantaría, en pocos años, la primera gran ciudad diseñada de Brasil. El viejo arraial de Curral del Rey desaparecería casi por completo bajo el trazado de la nueva capital, dejando apenas el recuerdo en el nombre de la serra que sigue vigilando el horizonte de la ciudad.
El nacimiento de Belo Horizonte es hijo directo de la República. Tras la proclamación de 1889, el nuevo Brasil republicano quería romper con los símbolos del Imperio y modernizar el país. En Minas Gerais, la dirigencia consideraba que Ouro Preto, la vieja capital del ciclo del oro, ya no servía para ese proyecto: encajonada entre montañas, con calles estrechas y empinadas, sin espacio para crecer, representaba el pasado colonial que se quería dejar atrás. La idea de mudar la capital a un sitio más amplio y moderno venía discutiéndose incluso desde tiempos del Imperio, pero fue la República la que la hizo realidad.
Tras evaluar varias localidades, se eligió el arraial de Curral del Rey por su clima, su topografía suave y su disponibilidad de tierra y agua. La construcción se encomendó a una comisión técnica encabezada por el ingeniero Aarão Reis, que diseñó un plan urbano completamente nuevo. Reis tomó como inspiración los modelos urbanísticos más modernos de la época: el París remodelado por Haussmann y, sobre todo, ciudades planificadas como Washington D.C. y La Plata, en Argentina. El resultado fue un trazado racional y geométrico, pensado desde cero para una capital del siglo XX.
El plano organizaba la ciudad sobre una cuadrícula ortogonal atravesada por amplias avenidas diagonales, con la gran Avenida Afonso Pena como eje y espacios reservados para los edificios de gobierno alrededor de la futura Praça da Liberdade. Todo quedaba contenido dentro de una avenida de circunvalación, la Avenida do Contorno, que marcaba el límite de la ciudad planificada. Era una apuesta ambiciosa: levantar en pocos años, sobre un campo casi vacío, una metrópoli ordenada y moderna que encarnara el espíritu de progreso de la nueva era.
Las obras avanzaron a un ritmo vertiginoso. En apenas cuatro años, sobre el terreno del viejo arraial, miles de trabajadores levantaron avenidas, plazas, edificios públicos, redes de agua y desagüe y las primeras viviendas de la nueva capital. El 12 de diciembre de 1897, Belo Horizonte fue oficialmente inaugurada como capital del estado de Minas Gerais, reemplazando a Ouro Preto. Durante un tiempo se la conoció también como 'Cidade de Minas', hasta que se consolidó el nombre de Belo Horizonte ('bello horizonte'), evocador de la vista de la Serra do Curral que enmarca la ciudad.
Fue la primera ciudad planificada de Brasil, un hito en la historia del urbanismo del país. Por primera vez una capital brasileña no crecía de manera espontánea a partir de un poblado colonial, sino que se trazaba entera sobre el papel antes de existir. Esa condición pionera la convirtió en un laboratorio del urbanismo moderno y en antecedente directo de una empresa aún más ambiciosa que vendría medio siglo después: la construcción de Brasilia, la capital del país, también diseñada de cero.
Los primeros años no fueron fáciles. La ciudad planificada para un futuro de progreso tardó en poblarse y en llenar el ambicioso trazado de Aarão Reis; muchos de los trabajadores que la construyeron se asentaron, además, fuera del perímetro de la Avenida do Contorno, en barrios no previstos por el plan. Pero con el correr del siglo XX, impulsada por la industrialización, la minería del hierro de la región y su rol de capital, Belo Horizonte creció hasta desbordar largamente sus límites originales y convertirse en una de las grandes metrópolis del sudeste brasileño, sin perder del todo la marca de aquel plano fundacional que todavía se reconoce al caminar por la Avenida Afonso Pena o llegar a la Praça da Liberdade.
Si la fundación de 1897 puso a Belo Horizonte en el mapa del urbanismo, fue medio siglo más tarde cuando la ciudad escribió su capítulo más célebre en la historia del arte y la arquitectura. A comienzos de la década de 1940, el entonces prefecto (alcalde) de la ciudad, Juscelino Kubitschek —el futuro presidente que años después construiría Brasilia— impulsó la creación de un nuevo barrio de ocio en torno a una laguna artificial recién represada al norte de la ciudad: la Pampulha.
Para concebir los edificios de ese conjunto, Kubitschek convocó a un arquitecto joven y todavía poco conocido: Oscar Niemeyer. Fue allí, en la Pampulha, donde Niemeyer dio rienda suelta por primera vez a su lenguaje propio, hecho de curvas libres y audaces en hormigón armado, rompiendo con la rigidez de la arquitectura moderna ortodoxa. Las obras, iniciadas en 1941 e inauguradas en buena parte en 1943, incluyeron un casino (hoy Museu de Arte da Pampulha), un salón de baile (la Casa do Baile), un club náutico (Iate Clube) y, sobre todo, la Igreja São Francisco de Assis, con sus inconfundibles bóvedas parabólicas. El conjunto fue una obra coral: los jardines llevan la firma del paisajista Roberto Burle Marx y los murales y azulejos, la del pintor Cândido Portinari.
La modernidad de la iglesia fue tan radical que la Iglesia católica se negó durante años a consagrarla, considerándola inapropiada para un templo; recién fue bendecida oficialmente en 1959. Más allá de esa polémica, la Pampulha marcó un antes y un después: fue el laboratorio donde Niemeyer y Kubitschek ensayaron las ideas y las formas que, años más tarde, llevarían a la construcción de Brasilia. En cierto sentido, el Brasil moderno empezó a soñarse aquí, a orillas de una laguna de Belo Horizonte.
Con el correr de las décadas, el valor del conjunto de la Pampulha fue creciendo a los ojos del mundo. Lo que en los años 40 había sido un atrevido experimento —y hasta un escándalo para la Iglesia— se reconoció como una de las obras fundacionales del modernismo arquitectónico del siglo XX, no solo en Brasil sino a escala mundial. El conjunto fue protegido (tombado) por el IPHAN, el organismo de patrimonio brasileño, y restaurado, en reconocimiento a su importancia histórica y artística.
La consagración internacional llegó el 17 de julio de 2016, cuando la Unesco inscribió el 'Conjunto Moderno da Pampulha' en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad, en la categoría de paisaje cultural. La distinción valora la integración pionera entre arquitectura, arte plástico, diseño paisajístico y entorno natural en torno a la laguna: la unión del genio de Niemeyer, los jardines de Burle Marx y los murales de Portinari como una obra de arte total que sintetiza el espíritu del movimiento moderno brasileño.
Hoy, la Pampulha es la gran razón arquitectónica para visitar Belo Horizonte y uno de los pocos sitios del país donde se puede recorrer, a cielo abierto, el momento exacto en que nació la arquitectura moderna brasileña. La ciudad que había empezado su historia como la primera urbe planificada de Brasil sumaba así un segundo hito mundial: el de haber sido cuna de un lenguaje arquitectónico que, de la laguna de la Pampulha, se proyectaría hacia Brasilia y hacia el resto del planeta. Capital planificada y cuna del modernismo, Belo Horizonte guarda en su trazado y en sus curvas de hormigón dos capítulos decisivos de la historia urbana de Brasil.