Tres naves y menos de doscientos hombres: eso fue todo lo que Portugal necesitó, en enero de 1616, para clavar en la desembocadura del Amazonas el fuerte de madera del que nacería la mayor metrópoli de la Amazonía. Pero cuando el capitán Francisco Caldeira Castelo Branco desembarcó en la punta del Mairi, estas orillas ya llevaban milenios habitadas. Mucho antes de que existiera la ciudad, la región de la bahía de Guajará y la desembocadura del Amazonas estuvo habitada por pueblos originarios. En la zona predominaban grupos de lengua tupí —los tupinambás—, que vivían de la pesca, la caza, la recolección y el cultivo de la mandioca a orillas de los ríos, en un territorio de selva inundable, islas y canales. En la cercana isla de Marajó, siglos antes, había florecido la sofisticada cultura marajoara, célebre por su cerámica de diseños geométricos. El río, las islas y los igarapés eran las grandes rutas de circulación de estos pueblos.
La historia de Belém como ciudad arranca el 12 de enero de 1616, cuando el capitán portugués Francisco Caldeira Castelo Branco llegó a la bahía de Guajará con tres naves y poco menos de doscientos hombres. En la punta del 'Mairi', sobre la margen derecha de la desembocadura del río Guamá, levantó un fuerte de madera, el Forte do Presépio, junto a una capilla dedicada a Nossa Senhora de Belém. Aquel asentamiento fundacional se llamó 'Feliz Lusitânia'.
La fundación no fue casual: Portugal buscaba asegurar el control de la Amazonía oriental frente a la presencia de franceses, ingleses y holandeses que merodeaban la región y la desembocadura del gran río. Desde Belém se organizó la 'Conquista do Pará' y la expansión portuguesa por la Amazonía, con la fundación de fuertes y misiones y la explotación de las 'drogas do sertão' (especias, cacao, clavo, canela del bosque). La fundación de la ciudad estuvo, además, marcada por la violencia contra los pueblos indígenas, sometidos, esclavizados o desplazados en el proceso de ocupación.
Durante los siglos XVII y XVIII, Belém creció como capital del Estado del Grão-Pará y Maranhão, un vasto territorio amazónico que, en la práctica, estaba más conectado con Lisboa que con el resto de Brasil. La economía giraba en torno a las 'drogas do sertão', el cacao y el trabajo forzado de indígenas y, más tarde, de africanos esclavizados. La ciudad se fue dotando de iglesias, conventos y edificios notables, muchos vinculados al arquitecto italiano Antônio José Landi, que dejó una marca profunda en el barroco amazónico. En 1625 ya funcionaba el puesto fiscal del 'Ver-o-Peso', donde se pesaban las mercaderías para cobrar los impuestos de la Corona.
En el siglo XIX, Belém fue escenario de uno de los episodios más radicales de la historia de Brasil: la Cabanagem. Entre 1835 y 1840, en un Pará empobrecido y marginado tras la independencia de Brasil (1822), estalló una rebelión popular protagonizada por los 'cabanos' —indígenas, negros libres y esclavizados, mestizos, pequeños campesinos y trabajadores pobres que vivían en cabañas a orillas de los ríos—, hartos de la miseria y de la exclusión política. Fue una de las pocas revueltas de la historia brasileña en la que las clases populares llegaron a tomar el poder de una provincia.
Los cabanos llegaron a ocupar Belém y a controlar buena parte del Pará, llegando a proclamar gobiernos propios. La represión imperial fue feroz: con el tiempo, la Regencia envió fuerzas —incluida una flota al mando del británico John Taylor, contratado para sofocar la insurrección— que recuperaron la ciudad y persiguieron a los rebeldes por el interior. El saldo fue una tragedia: se estima que murió una enorme proporción de la población de la provincia. La Cabanagem dejó una huella imborrable en la identidad paraense, como símbolo de resistencia popular y amazónica.
El gran momento de esplendor de Belém llegó a fines del siglo XIX y comienzos del XX con el ciclo del caucho (el 'ciclo da borracha'). La creciente demanda mundial de látex —para neumáticos, cámaras y miles de productos de la industria— convirtió a la Amazonía en una fuente de riqueza descomunal, y Belém, como puerto de salida de buena parte de esa producción hacia Europa y Estados Unidos, se llenó de dinero. La ciudad vivió su 'Belle Époque': se modernizó, se afrancesó y soñó con ser una 'petit Paris' tropical.
El símbolo máximo de esa época es el Theatro da Paz, inaugurado el 15 de febrero de 1878 en el entonces Largo da Pólvora (hoy Praça da República). De estilo neoclásico, con mármol de Carrara, lámparas de cristal y pinturas en sus techos, fue concebido a imagen de las grandes casas de ópera europeas, como la Scala de Milán, y recibió compañías líricas internacionales atraídas por la fortuna del caucho. Junto a él floreció toda una arquitectura señorial.
La figura clave de la modernización urbana fue el intendente Antônio Lemos, que administró Belém entre 1897 y 1911 y se propuso transformarla en una ciudad europea. Bajo su gestión se construyeron y embellecieron mercados (el Mercado de Ferro y el Mercado Francisco Bolonha en el Ver-o-Peso, el Mercado de São Brás), palacetes, plazas y avenidas, se ampliaron servicios urbanos, y se plantaron los famosos corredores de mangueras (las 'mangueiras') que todavía hoy dan sombra a la ciudad y le valieron el apodo de 'Cidade das Mangueiras'. También data de esta época el Cinema Olympia, uno de los más antiguos de Brasil en funcionamiento.
El auge, sin embargo, fue tan vertiginoso como frágil. Cuando las plantaciones de caucho del sudeste asiático —cultivadas con semillas sacadas de la Amazonía— inundaron el mercado a partir de la década de 1910, los precios se derrumbaron y la economía gomera de Belém entró en crisis. La ciudad quedó con sus palacetes, su teatro y sus avenidas como herencia de un esplendor que se apagaba.
Tras la caída del caucho, Belém vivió décadas más opacas, pero nunca perdió su rol de gran capital amazónica ni su identidad propia. A lo largo del siglo XX la ciudad creció, se industrializó parcialmente y se consolidó como centro administrativo, portuario, comercial y universitario del Pará y de toda la Amazonía oriental, con una población metropolitana que hoy supera los dos millones de habitantes. La cultura paraense —su música, su gastronomía, su mezcla indígena, africana y portuguesa— se afirmó como una de las más singulares de Brasil.
El corazón simbólico de la Belém moderna es el Círio de Nazaré. Esta gran procesión religiosa, cuyo primer Círio se celebró en 1793, fue creciendo hasta convertirse, en el siglo XX, en la mayor fiesta de la ciudad y una de las procesiones católicas más multitudinarias del mundo. Cada segundo domingo de octubre, más de dos millones de personas acompañan el traslado de la imagen de Nossa Senhora de Nazaré desde la Catedral da Sé hasta la Basílica, tirando de la 'corda'. El Círio es mucho más que un acto religioso: es el momento en que la ciudad entera se reconoce, vuelven los hijos que emigraron y se despliega toda la identidad paraense. En 2013 fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
En las últimas décadas, Belém apostó por revalorizar su patrimonio y su orilla: la restauración de la Estação das Docas (reabierta en el año 2000), la creación del Mangal das Garças (2005) y la recuperación de la Cidade Velha y del complejo Feliz Lusitânia transformaron la cara turística de la ciudad.
El mayor salto a la escena mundial llegó en 2025, cuando Belém fue la sede de la COP30, la 30ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, celebrada en noviembre de ese año. La elección de una ciudad en el corazón de la Amazonía como anfitriona de la gran cumbre climática global tuvo un fuerte valor simbólico, puso el foco mundial sobre la selva y los desafíos ambientales, e impulsó obras de infraestructura, hotelería y la proyección internacional de la cultura y la gastronomía paraenses.