Pocas ciudades del mundo crecieron hacia el cielo tan rápido como Balneário Camboriú: en 1964, cuando se emancipó como municipio, era una villa de pescadores de casas bajas; hoy concentra los rascacielos residenciales más altos de Sudamérica, torres de más de 250 metros que por la tarde dan sombra a la misma playa donde los carijós pescaban hace cinco siglos. Y sin embargo, el nombre de esta 'Dubái brasileña' de vidrio y hormigón sigue siendo el que le dieron los pueblos originarios. 'Camboriú' tiene raíz indígena, del tronco lingüístico tupí-guaraní, como tantos topónimos del litoral brasileño. Su significado exacto es objeto de varias interpretaciones, pero todas remiten al entorno natural del lugar y, en particular, al río Camboriú, que desemboca en el mar en esta región del litoral catarinense. La 'Balneário Camboriú' de hoy nació, de hecho, como un balneario asociado al antiguo municipio de Camboriú, del que tomó el nombre.
Entre las interpretaciones más difundidas, el nombre suele vincularse con la idea de un curso de agua y la presencia de peces o de un tipo particular de pez, así como con expresiones que aluden a 'río de los camborás'. Como ocurre con muchos topónimos tupí-guaraníes, la traducción precisa varía según los autores y las fuentes, por lo que conviene tomar estas versiones como aproximaciones más que como una etimología única y cerrada.
Lo que sí está claro es que el topónimo conserva la huella de los pueblos originarios que habitaban el litoral mucho antes de la llegada de los colonos europeos. El río Camboriú y su entorno —playas, morros y vegetación de Mata Atlántica— eran un territorio rico para sus primeros habitantes, y el nombre que le dieron sobrevivió a través de los siglos, primero en el municipio de Camboriú y luego en el balneario que terminaría volviéndose mundialmente famoso.
Antes de la llegada de los europeos, el litoral de la actual Santa Catarina —incluida la región del río Camboriú— estaba habitado por pueblos indígenas. En la costa predominaban grupos de lengua tupí-guaraní, en particular los carijós (una rama de los guaraníes del sur), que vivían de la pesca, la recolección de mariscos, la caza y el cultivo de la mandioca, en aldeas repartidas por las playas, las ensenadas y las desembocaduras de los ríos.
La presencia humana en este litoral es, además, muy antigua. A lo largo de la costa catarinense y del sur de Brasil se encuentran los 'sambaquis', enormes montículos formados por acumulación de conchas, restos de comida, huesos y enterramientos, dejados por poblaciones de cazadores-recolectores-pescadores que habitaron la región durante miles de años. Estos sitios arqueológicos son testimonio de la larga ocupación humana del litoral mucho antes de cualquier ciudad.
Con la llegada de los navegantes y colonizadores europeos, a partir del siglo XVI, el litoral catarinense se fue incorporando a las rutas y dominios de la Corona portuguesa. La población indígena sufrió el impacto de la conquista —enfermedades, desplazamientos, esclavización y mestizaje—, y poco a poco el territorio quedó abierto a la colonización portuguesa que marcaría los siglos siguientes. La huella indígena, sin embargo, sobrevivió en los nombres de los lugares, como el propio Camboriú.
El poblamiento europeo estable del litoral catarinense se intensificó en el siglo XVIII, con una decisión clave de la Corona portuguesa: traer colonos provenientes de las islas Azores y de Madeira para asegurar la posesión del territorio frente a la disputa con España por el sur del continente. Entre las décadas de 1740 y 1750, miles de inmigrantes azorianos llegaron a Santa Catarina y se asentaron a lo largo de la costa, fundando villas y dedicándose a la pesca y a la agricultura.
Esta inmigración azoriana dejó una marca profunda y duradera en la cultura del litoral catarinense, que se siente hasta hoy: en el habla, en la arquitectura de las casas e iglesias coloniales, en las fiestas religiosas, en el folclore, en la artesanía (como los encajes de bilros) y, muy especialmente, en la gastronomía, con su cocina basada en pescados y mariscos. La región del río Camboriú formó parte de ese mundo de pequeñas comunidades pesqueras y agrícolas de raíz azoriana.
Durante mucho tiempo, lo que hoy es Balneário Camboriú fue precisamente eso: un tranquilo litoral de villas de pescadores, dependiente del municipio de Camboriú, con una hermosa playa todavía lejos del turismo masivo. La vida giraba en torno al mar, la pesca artesanal y el ritmo pausado de las comunidades costeras. Esa fisonomía sencilla y pesquera se mantendría hasta bien entrado el siglo XX, cuando todo empezaría a cambiar.
El gran punto de inflexión en la historia de Balneário Camboriú llegó a mediados del siglo XX. La belleza de su playa —una amplia ensenada de arena en forma de media luna— empezó a atraer a veraneantes que buscaban un lugar para disfrutar del mar, primero de manera incipiente y luego con creciente intensidad. Poco a poco, la antigua villa de pescadores fue transformándose en un balneario, con las primeras casas de veraneo, hospedajes y servicios para los visitantes.
Ese crecimiento como destino turístico fue dándole una identidad propia, distinta de la del municipio de Camboriú, del que dependía y que se ubicaba algo más hacia el interior. La pujanza del balneario costero llevó a un proceso de emancipación: en 1964, Balneário Camboriú se separó de Camboriú y se constituyó como municipio independiente. A partir de ese momento, la ciudad pudo gestionar su propio desarrollo, fuertemente orientado al turismo de sol y playa.
La emancipación coincidió con el comienzo de una etapa de expansión acelerada. Con el correr de las décadas, Balneário Camboriú dejó de ser un balneario más para convertirse en uno de los principales destinos turísticos del sur de Brasil, atrayendo visitantes no solo del propio país, sino también de Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile. El veraneo masivo y la construcción no pararían de crecer, sentando las bases de la transformación urbana más espectacular de la ciudad.
El rasgo que hizo mundialmente famosa a Balneário Camboriú es su skyline: la impresionante muralla de rascacielos que se alza justo frente a la Praia Central. Esta verticalización fue el resultado de un proceso de décadas, impulsado por el éxito turístico de la ciudad, la fuerte demanda inmobiliaria de veraneantes y un modelo de desarrollo que apostó a la construcción en altura sobre la estrecha franja entre la playa y los cerros. Donde antes había casas bajas de veraneo, fueron surgiendo torres cada vez más altas.
Con el tiempo, esa carrera hacia el cielo llevó a Balneário Camboriú a concentrar algunos de los edificios más altos de Brasil y de toda Sudamérica, con torres residenciales que superan ampliamente los 200 metros de altura. La densidad y la altura de los edificios, alineados frente al mar, crearon una postal urbana tan singular —un balneario con perfil de gran metrópoli— que le valió el apodo de la 'Dubái brasileña', con el que se la conoce popularmente. De noche, con todas las torres iluminadas reflejándose en el mar, la imagen es inconfundible.
Esta transformación tuvo también sus desafíos: el ensanchamiento de la Praia Central, mediante un gran proyecto de relleno de arena, buscó en parte responder a la sombra que las altas torres proyectan sobre la playa por la tarde y ampliar el espacio de la orla. La verticalización es objeto de debates urbanísticos y ambientales, pero es, sin duda, la marca de identidad de la ciudad y uno de sus principales atractivos turísticos.
Hoy, Balneário Camboriú es uno de los destinos turísticos más importantes y reconocibles del sur de Brasil, y uno de los de mayor poder de atracción para los visitantes del Cono Sur. En pocas décadas pasó de villa de pescadores a metrópoli vertical del veraneo, recibiendo cada temporada a multitudes de turistas brasileños, argentinos, uruguayos, paraguayos y chilenos que llegan en busca de sol, playa, diversión y modernidad.
A su célebre skyline y a la Praia Central, la ciudad fue sumando un abanico de atracciones que la diferencian de otros balnearios: el teleférico del Parque Unipraias, que conecta la Barra Sul con la naturaleza del cerro y la Praia de Laranjeiras; el monumento y mirador del Cristo Luz, iluminado de noche; la moderna rueda gigante FG Big Wheel; y una intensa oferta de gastronomía, compras y entretenimiento. Las playas más naturales del sur, enlazadas por la carretera Interpraias, ofrecen el contrapunto verde y tranquilo a la ciudad vertical.
Pero si por algo se distingue Balneário Camboriú, además de por su perfil urbano, es por su vida nocturna: la ciudad es famosa en todo Brasil por sus bares, beach clubs y grandes discotecas, especialmente en verano, lo que la convirtió en un imán para el público joven. Esa combinación —playa, skyline espectacular, atracciones modernas, gastronomía de mar y fiesta— resume la identidad de una ciudad que se reinventó por completo en menos de un siglo y que sigue creciendo hacia el cielo frente al Atlántico.