Hay un detalle que sorprende a cualquiera que llegue por primera vez a este pueblito del Pará: un lugar en pleno corazón de la Amazonía, a miles de kilómetros de cualquier costa, lleva el nombre de una villa del interior de Portugal. Y sin embargo, el verdadero pasado de Alter do Chão no empieza con los portugueses, sino muchísimo antes, con un pueblo indígena que dejó su huella en la cerámica, en el paisaje y, aunque casi nadie lo sepa al pisar la Ilha do Amor, en el propio nombre çai erê que dio origen a la fiesta más importante del pueblo.
Mucho antes de que apareciera cualquier nombre portugués, las barrancas del bajo río Tapajós ya estaban habitadas. Estas tierras del oeste del actual Pará fueron territorio del pueblo Borari, reconocido como uno de los pueblos originarios de la región de Alter do Chão, con vínculos profundos con el territorio construidos a lo largo de siglos, sobre todo con las márgenes del Tapajós. Los registros históricos describen aldeas que ocupaban el área mucho antes de la fundación formal del distrito.
La región fue uno de los grandes focos de la llamada cultura tapajônica, una de las más notables de la Amazonía precolombina. Su sello más célebre es la cerámica: piezas de gran refinamiento, con figuras antropozoomorfas (que combinan formas humanas y de animales) que exaltan la fauna amazónica. Esa cerámica es considerada la artesanía más antigua de los pueblos del Tapajós, y todavía hoy ceramistas Borari mantienen viva la tradición.
Evidencia arqueológica de aquel pasado (cerámica, instrumentos de piedra) confirma la ocupación humana antigua y densa de la zona. Cuando los europeos llegaron, no encontraron un vacío: encontraron un mundo indígena con su propia organización, sus saberes del río y de la selva, y una identidad que, pese a todo lo que vino después, no se borró.
La fundación formal de la aldea se ubica el 6 de marzo de 1626. A partir de mediados del siglo XVII, con los misioneros activos en la región desde aproximadamente 1650, la zona entró en un intenso proceso de evangelización y reorganización de la población indígena. Las misiones jesuitas (junto con presencia franciscana) reunieron a los Borari y otros grupos en torno a un asentamiento misional vinculado al culto católico, y el catolicismo quedó entrelazado con la vida local de manera que perdura hasta hoy.
El nombre Alter do Chão es un homenaje directo a una localidad portuguesa homónima, Alter do Chão, en la región del Alentejo, en Portugal. Es un caso típico del período colonial: los portugueses bautizaban los nuevos asentamientos de ultramar con nombres de pueblos de la metrópoli, trasplantando un pedazo de geografía lusitana a la Amazonía profunda. Por eso un pueblito a orillas del Tapajós lleva un nombre que suena tan portugués.
El crecimiento administrativo llegó en el siglo XVIII: el 6 de marzo de 1758, Francisco Xavier de Mendonça Furtado, gobernador del Estado de Grão-Pará e Maranhão durante el Brasil colonial, elevó la aldea a la categoría de villa. Fue parte de las reformas pombalinas que reorganizaron la administración de la Amazonía y transformaron antiguas misiones en villas civiles.
A comienzos del siglo XX, Alter do Chão fue una de las rutas de transporte del látex extraído de las seringueiras (árboles de caucho) de la región, en plena economía del caucho amazónico que conectaba con polos cercanos como Belterra y Fordlândia (los proyectos de Henry Ford sobre el Tapajós). Fue, sin embargo, un período económico de vida corta: cuando el ciclo del caucho declinó, la región quedó al margen de las grandes rutas y entró en una larga etapa de tranquilidad, casi de olvido, sostenida por la pesca, la agricultura de subsistencia y la vida ribereña.
Ese mismo aislamiento, paradójicamente, ayudó a preservar el lugar. Mientras buena parte de la Amazonía sufría presiones de todo tipo, Alter do Chão siguió siendo un pueblito de pescadores con playas que aparecían y desaparecían al ritmo del río. La herencia seringueira no se perdió del todo: todavía hoy, en comunidades de la Floresta Nacional do Tapajós como Jamaraquá, descendientes de aquellas familias mantienen vivo el oficio del látex.
El gran giro llegó recién a partir de los años 90, cuando el distrito empezó a apostar al turismo como motor económico. La belleza de sus playas de arena blanca y aguas verde-esmeralda fue ganando fama, y el lugar terminó consagrándose como el Caribe amazónico, comparación que se volvió marca registrada del destino. El reconocimiento internacional hizo el resto: el diario The Guardian llegó a calificar a la playa de la Ilha do Amor como la más linda de agua dulce del mundo, y rankings como el Beach 100 la ubicaron entre las mejores playas del planeta.
La identidad de Alter do Chão se condensa cada septiembre en la Fiesta del Sairé (o Çairé), considerada la manifestación de cultura popular más antigua de la Amazonía y celebrada hace más de 300 años. Es un mestizaje vivo: combina tradiciones indígenas del pueblo Borari, costumbres de los pueblos ribereños y la religiosidad católica heredada de las misiones. En 2024 fue reconocida por ley federal (Ley 14.997/2024) como manifestación de la cultura brasileña. La edición de 2026 está prevista del 17 al 21 de septiembre en Alter do Chão.
El término original çairé tiene su origen en las palabras çai erê, usadas como saludo por los indígenas Borari, y suele traducirse como un Salve! Tu o dizes. El símbolo central de la fiesta es el Sairé propiamente dicho: un estandarte semicircular adornado, en torno al cual giran procesiones, cantos, danzas y rituales que mezclan lo sagrado y lo profano.
Desde los años 90, la fiesta sumó un componente que la volvió famosa en todo Brasil: el Festival dos Botos. A partir de 1997 se incorporó como una disputa entre dos asociaciones folclóricas, el Boto Tucuxi y el Boto Cor-de-Rosa, que representan a las dos especies de delfines de río de la cuenca amazónica. La competencia, con alegorías, música y coreografías, se apoya en una de las leyendas más potentes de la Amazonía: la del boto que en las noches de luna llena se transforma en un hombre seductor, elegante y de sombrero, que enamora a las jóvenes ribereñas. Mito y espectáculo se funden en un festival que hoy es marca identitaria del pueblo.
Desde mediados de la década de 2010, y sobre todo después de que medios internacionales como The Guardian y rankings como el Beach 100 de Corona pusieran a la Ilha do Amor en el mapa global, Alter do Chão pasó de ser un secreto compartido entre mochileros y fotógrafos de naturaleza a un destino de alcance masivo. El aeropuerto de Santarém amplió su conectividad, surgieron nuevas pousadas y restaurantes de cocina autoral, y la vila —que durante generaciones vivió del río, la pesca y la agricultura de subsistencia— tuvo que aprender, casi de un año para el otro, a convivir con miles de visitantes por temporada.
Ese crecimiento trajo beneficios concretos: generación de empleo local, ingresos para las comunidades de la Floresta Nacional do Tapajós que ofrecen turismo de base comunitaria, y una vidriera internacional para la cultura Borari y ribereña que antes pasaba casi inadvertida fuera del Pará. Pero también trajo tensiones típicas de cualquier destino que se vuelve popular de golpe: presión sobre la infraestructura básica (agua, saneamiento, manejo de residuos), aumento de precios para los propios habitantes y el riesgo, señalado por organizaciones ambientales e investigadores locales, de que el turismo masivo termine erosionando exactamente lo que lo hizo atractivo: la tranquilidad del pueblo de pescadores y la salud de sus playas y aguas.
La respuesta que fue tomando forma en los últimos años combina turismo y conservación de manera más deliberada. La Floresta Nacional do Tapajós, con sus siete comunidades habilitadas para el ecoturismo, funciona como modelo de cómo mantener la selva en pie generando ingresos genuinos para quienes la habitan, en lugar de desplazarlos. La Prefeitura de Santarém promueve trilhas guiadas —como la de la Serra da Piroca— que combinan naturaleza con educación ambiental, y el reconocimiento legal de la Fiesta del Sairé en 2024 como patrimonio cultural nacional buscó, entre otras cosas, blindar la identidad local frente a la lógica puramente comercial del turismo de playa. El desafío hacia adelante, coinciden guías y organizaciones de la región, es sostener ese equilibrio: seguir siendo el Caribe amazónico sin dejar de ser, ante todo, un pueblo del Tapajós.