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Historia de Višegrad

Una ciudad en la frontera del Drina

El Drina no es un río cualquiera. Durante siglos marcó una de las grandes fronteras de Europa: la línea imaginaria entre Oriente y Occidente, entre el mundo otomano y el cristiano, entre los Balcanes y Centroeuropa. Y Višegrad, encaramada a sus orillas en el este de Bosnia, creció justo sobre esa línea, en el punto donde una calzada estratégica cruzaba el río camino de Estambul.

La zona estuvo poblada desde la Antigüedad —hay huellas de asentamientos ilirios y romanos— y la ciudad aparece documentada en el siglo XV. Con la conquista otomana de Bosnia, consumada a mediados de ese siglo, Višegrad se convirtió en un enclave fronterizo del Imperio, un punto de paso obligado en la ruta que unía Sarajevo y el interior bosnio con Serbia y la capital otomana.

Ese carácter de umbral, de lugar de tránsito entre dos mundos, definiría para siempre a Višegrad. Por aquí pasaban caravanas, ejércitos, funcionarios, mercaderes y viajeros; aquí se cruzaba el Drina en barcazas, con las incomodidades y peligros de todo vado. La necesidad de un cruce seguro sobre el gran río sería el origen de la obra que haría inmortal a la ciudad: el puente.

Un niño arrancado de su casa, un puente para la eternidad

La historia del puente empieza con un drama humano. En algún momento del siglo XVI, un niño de una familia serbia cristiana de los alrededores de Višegrad fue llevado lejos de su hogar por los recaudadores otomanos, dentro del sistema conocido como devşirme: el 'impuesto de sangre' por el que el Imperio reclutaba forzosamente a niños cristianos de los Balcanes, los convertía al islam y los formaba para el ejército (los jenízaros) o la administración. Aquel niño se llamaría Mehmed Paša Sokolović.

Lejos de perderse en el anonimato, Sokolović ascendió hasta lo más alto: llegó a ser gran visir del Imperio otomano, el hombre más poderoso después del sultán, bajo tres soberanos. Y en la cima de su poder, mandó construir en su tierra natal un puente que uniera de una vez por todas las dos orillas del Drina. La obra se encargó al mayor arquitecto del Imperio, Mimar Sinan —el genio de las grandes mezquitas de Estambul y Edirne— y se completó en 1577.

El resultado fue una obra maestra: 179,5 metros de piedra, once arcos de entre 11 y 15 metros de luz, y en el centro una terraza con bancos, la kapija, pensada como lugar de encuentro. El puente no solo resolvía un problema práctico; era una declaración de permanencia, un intento de vencer al tiempo y a la corriente. La leyenda popular, recogida por Andrić, lo envolvió en historias de sacrificios y de un niño emparedado en sus cimientos. Durante más de cuatro siglos, el puente ha resistido crecidas, guerras y voladuras, y sigue en pie, convertido en 2007 en Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Ivo Andrić: el puente hecho literatura

El puente de Višegrad habría sido, sin duda, una notable obra de ingeniería otomana. Lo que lo convirtió en un símbolo universal fue la literatura. Ivo Andrić (1892-1975), nacido en Travnik pero criado en buena parte en Višegrad, pasó su infancia a la sombra de este puente, jugando en sus arcos y escuchando las historias que se contaban en la kapija. Aquella experiencia marcó su imaginación para siempre.

En 1945 Andrić publicó 'Na Drini ćuprija' ('Un puente sobre el Drina'), una novela que abarca casi cuatro siglos de historia —desde la construcción del puente en el siglo XVI hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial— a través de las generaciones de habitantes de Višegrad, musulmanes, cristianos ortodoxos, católicos y judíos, cuyas vidas se cruzan una y otra vez sobre esa terraza de piedra. El puente es el verdadero protagonista: testigo mudo y permanente del paso del tiempo, de las alegrías y las tragedias de un pueblo en la frontera de los imperios.

La novela es una meditación sobre Bosnia, sobre la convivencia y el conflicto de sus pueblos, y sobre la fugacidad de las vidas humanas frente a la permanencia de la piedra. En 1961, Ivo Andrić recibió el Premio Nobel de Literatura, en buena medida por esta obra, convirtiéndose en el único Nobel literario de esta parte de Europa. Desde entonces, el puente de Višegrad y la novela son inseparables: millones de lectores en todo el mundo conocen este rincón bosnio a través de las páginas de Andrić, y visitarlo es, para muchos, una peregrinación literaria.

Del Imperio a Yugoslavia: el siglo de las guerras

El puente y la ciudad atravesaron el convulso siglo XX balcánico. En 1878, con el fin del dominio otomano, Bosnia pasó a la administración austrohúngara, que construyó carreteras y el famoso ferrocarril de vía estrecha del Drina, integrando Višegrad en la red centroeuropea. La novela de Andrić termina precisamente en 1914, cuando el estallido de la Primera Guerra Mundial —desencadenada por el atentado de Sarajevo— alcanza al puente, dañado por las cargas explosivas de los ejércitos en retirada. Fue la primera vez que la obra de Sinan sufría destrucción parcial; se repararía después.

Tras la guerra, Višegrad se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, luego Yugoslavia. La Segunda Guerra Mundial volvió a ensangrentar el este de Bosnia: la región fue escenario de la ocupación, del Estado Independiente Croata y de la feroz guerra entre ustachas, četniks y partisanos, con masacres a ambos lados y episodios atroces en el propio puente y el río. Algunos arcos volaron de nuevo y fueron reconstruidos.

En la Yugoslavia socialista de Tito, Višegrad vivió décadas de relativa calma. Se construyó aguas arriba la gran represa y el lago de Perućac, que cambió el régimen del río, y la ciudad prosperó modestamente. El puente, ya monumento protegido, siguió siendo el corazón simbólico de una localidad multiétnica donde convivían serbios ortodoxos y bosnios musulmanes, como en las páginas de Andrić.

1992: la tragedia y el deber de la memoria

La guerra de Bosnia (1992-1995) escribió el capítulo más oscuro de la historia de Višegrad, y ninguna guía honesta puede omitirlo. En la primavera y el verano de 1992, cuando las fuerzas serbias tomaron el control de la ciudad, la población civil bosnia musulmana fue objeto de una campaña de limpieza étnica de extrema brutalidad. Varios miles de civiles bosnios fueron asesinados; muchos cuerpos fueron arrojados al Drina desde el mismo puente que Andrić había convertido en símbolo de convivencia. Hubo matanzas colectivas, entre ellas la quema de personas encerradas vivas en casas, en episodios que tribunales internacionales y nacionales han documentado y juzgado como crímenes de guerra y contra la humanidad. El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY) condenó a varios responsables.

Aquel puente, testigo silencioso durante cuatro siglos de las vidas de todos los pueblos de Višegrad, se convirtió en escenario de la aniquilación de una de esas comunidades. La ironía trágica es demasiado evidente para pasarla por alto: el monumento que la literatura había erigido en emblema de la Bosnia plural fue usado como instrumento de su destrucción. Después de la guerra, la población musulmana de la ciudad quedó casi por completo desaparecida, y Višegrad pasó a formar parte de la República Srpska.

Hoy Višegrad es un destino turístico consolidado en torno al puente UNESCO y a Andrićgrad, el complejo construido por Emir Kusturica. Es un lugar de gran belleza y enorme valor cultural, pero también un lugar de memoria: comprender su historia completa exige mirar de frente tanto la grandeza del puente y la obra de Andrić como la tragedia de 1992. Visitar Višegrad con esa doble conciencia —la de la maravilla y la de la herida— es, quizá, la forma más fiel de honrar el espíritu del escritor que hizo de este puente un símbolo de la humanidad entera, con sus luces y sus abismos.

📚 Bibliografía

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