La historia de Tuzla empieza, literalmente, en la sal. En su subsuelo, la evaporación de un antiguo mar interior dejó uno de los mayores depósitos de sal de Europa, en forma de salmuera y de sal gema. Ese recurso, tan valioso en la Antigüedad como el oro —imprescindible para conservar alimentos y para la vida—, atrajo a los seres humanos a este valle desde tiempos remotísimos.
Las excavaciones arqueológicas han documentado en la zona de los actuales lagos uno de los asentamientos habitados más antiguos de esta parte de Europa, un poblado neolítico de viviendas lacustres sobre pilotes (las sojenice) donde ya hace miles de años se producía sal evaporando la salmuera que brotaba del suelo. Se trata de una de las producciones salineras más antiguas del continente, lo que convierte a Tuzla en un lugar de una profundidad histórica extraordinaria, muy anterior a cualquier ciudad.
Aquel poblado neolítico, reconstruido hoy junto a los lagos como atracción didáctica, marca el punto de partida de una continuidad asombrosa: durante milenios, generación tras generación, la gente ha vivido en este mismo lugar por y para la sal. Pocas ciudades del mundo pueden rastrear su razón de ser hasta la Prehistoria con tanta claridad como Tuzla.
La explotación de la sal continuó sin interrupción en la Antigüedad. Los romanos, que valoraban enormemente este recurso, establecieron aquí una explotación salinera y un asentamiento al que llamaron, con toda lógica, Salinae ('las salinas'). El lugar formaba parte de las tierras del interior de la provincia romana de Dalmacia o de Panonia, en la frontera cultural entre ambas, y la sal de Tuzla se distribuía por la región.
Tras la caída de Roma y la llegada de los eslavos, el nombre se tradujo a la nueva lengua manteniendo el mismo significado: la zona pasó a conocerse como Soli, que en las lenguas eslavas del sur significa 'sales'. Durante la Edad Media, Soli fue una župa (distrito) del reino medieval de Bosnia, y su sal siguió siendo un bien codiciado y una fuente de riqueza para los señores de la región.
Así, a lo largo de la Antigüedad y la Edad Media, el nombre del lugar cambió de lengua en lengua —Salinae en latín, Soli en eslavo— pero conservó siempre su raíz: la sal. Esa constancia toponímica, repetida durante dos mil años, es una prueba elocuente de hasta qué punto la identidad de esta ciudad está indisolublemente ligada a su mineral.
En el siglo XV, el Imperio otomano conquistó el reino de Bosnia y con él la región de Soli. Fueron los otomanos quienes dieron a la ciudad su nombre actual, y una vez más lo hicieron a partir de la sal: Tuzla deriva del turco 'tuz' (sal), con el sufijo '-la', de modo que Tuzla significa 'salina' o 'lugar de la sal'. El nombre eslavo Soli y el turco Tuzla convivieron un tiempo, hasta imponerse este último.
Bajo dominio otomano, la producción de sal se organizó en torno a la 'Memlaha', la explotación estatal de la salmuera, que era un monopolio muy lucrativo para el Imperio. La ciudad creció como centro salinero y comercial, con sus mahalas (barrios) en torno a las mezquitas, sus mercados y una población mixta de musulmanes, ortodoxos, católicos y, más tarde, judíos sefardíes. Se levantaron mezquitas como la Turalibegova, que aún se conserva.
Durante siglos, Tuzla fue una típica ciudad otomana de provincia, próspera gracias a su sal, en un territorio de frontera cultural. Esa larga etapa otomana, que duró hasta 1878, dejó su impronta en el nombre de la ciudad, en su casco y en la mezcla de credos que caracterizaría a Tuzla en los siglos siguientes.
Con la llegada de la administración austrohúngara en 1878 y, sobre todo, durante el siglo XX, la explotación de la sal en Tuzla se industrializó a gran escala. Se perforaron pozos para extraer salmuera de forma intensiva y se desarrolló, además, una potente industria química y minera (carbón, sal, sosa), que convirtió a Tuzla en uno de los grandes centros industriales de Bosnia y, en época yugoslava, en una ciudad obrera de fuerte identidad de clase trabajadora.
Pero esa extracción masiva tuvo un precio inesperado y espectacular. Al vaciar el subsuelo de salmuera, el terreno sobre el que se asienta la ciudad empezó a hundirse: es el fenómeno de la subsidencia. A lo largo del siglo XX, parte del casco histórico de Tuzla se agrietó, se inclinó y descendió literalmente varios metros; edificios enteros quedaron dañados y muchos tuvieron que ser demolidos. La ciudad pagó así, con su propio suelo, la riqueza que le daba la sal, en un caso de daño urbano por minería poco frecuente en el mundo.
En la Yugoslavia socialista, Tuzla creció como ciudad industrial, universitaria y multiétnica, con una notable mezcla de bosnios musulmanes, serbios, croatas y otros. Se ganó fama de urbe tolerante, culta y de izquierdas, cuna de figuras como el escritor Meša Selimović y el pintor Ismet Mujezinović, hoy homenajeados con estatuas en el paseo del Korzo.
Cuando en 1992 estalló la guerra de Bosnia tras la disolución de Yugoslavia, Tuzla mostró un rostro particular. En las primeras elecciones libres de 1990 había sido de las pocas ciudades bosnias donde vencieron las fuerzas no nacionalistas, y durante el conflicto mantuvo, con dificultades, su carácter multiétnico y su rechazo a la lógica de la limpieza étnica. La ciudad, en zona controlada por el gobierno bosnio, acogió además a numerosos refugiados de otras regiones. Este texto aborda la guerra con sobriedad, remitiendo a la bibliografía histórica y judicial para el detalle.
El episodio más doloroso llegó el 25 de mayo de 1995, cuando un proyectil de artillería impactó en la Kapija, una plaza del casco llena de gente joven, y causó 71 muertos —la mayoría de entre 18 y 25 años— y más de 200 heridos. La matanza de Kapija golpeó a toda una generación en una ciudad orgullosa de su convivencia, y se convirtió en un símbolo del sufrimiento civil de la guerra. Hoy un memorial sobrio recuerda cada año a las víctimas.
Tras la firma de los Acuerdos de Dayton en 1995, Tuzla afrontó la posguerra con la reconversión de su vieja industria y la apuesta por la educación y los servicios. En la década de 2000 dio un giro creativo a su herencia salina con la creación de los lagos salados Panonska en pleno centro, únicos en Europa, que la revitalizaron como destino. La Tuzla de hoy es una ciudad universitaria, tranquila y plural, que ha convertido su milenaria relación con la sal —de las sojenice neolíticas a los lagos modernos— en el eje de su identidad y su atractivo. Una ciudad que, fiel a su nombre de dos mil años, sigue siendo, ante todo, la ciudad de la sal.