Mucho antes de que existieran mezquitas, monasterios o plátanos en la plaza, la comarca de Trebinje ya tenía nombre y peso. Los geógrafos bizantinos —el emperador Constantino VII Porfirogéneta entre ellos, en el siglo X— la mencionan como Travunia o Tribunia, un pequeño principado eslavo que ocupaba el hinterland montañoso justo detrás de la costa adriática, entre las actuales Dubrovnik y la bahía de Kotor. La ciudad heredó de aquel nombre antiguo su topónimo actual.
Travunia era tierra de frontera: demasiado interior para ser plenamente costera y adriática, demasiado próxima al mar para desligarse de él. Estuvo sujeta a la órbita de la vecina Raška (el núcleo del futuro Estado serbio) y de la poderosa república marítima de Ragusa (Dubrovnik), con la que mantuvo durante siglos una relación intensa de comercio y de conflictos. Las caravanas que unían el interior balcánico con el puerto de Ragusa pasaban por estos valles, y Trebinje vivía en buena medida de ese tránsito.
En la Edad Media, la región fue integrándose en las estructuras del reino serbio medieval de los Nemanjić y, más tarde, en el señorío de los Kosača, la poderosa familia que gobernó Herzegovina en el siglo XV. De hecho, el propio nombre 'Herzegovina' viene del título de duque (herzog en alemán) que adoptó Stjepan Vukčić Kosača: 'la tierra del herzog'. Trebinje era una de las plazas de ese ducado montañoso, católico y ortodoxo a la vez, que resistiría hasta el empuje otomano.
En 1466, pocos años después de la caída del reino de Bosnia (1463), los otomanos tomaron el control de Herzegovina y de Trebinje, que quedaría bajo dominio turco durante más de cuatro siglos, hasta 1878. Fue una época decisiva que moldeó el rostro que aún hoy tiene la ciudad.
Los otomanos levantaron sobre la fortaleza medieval del ban Vir un recinto amurallado, el Kastel o Stari Grad, en la orilla occidental del Trebišnjica: el casco antiguo que se visita hoy, con sus puertas, sus callecitas y la mezquita otomana. También construyeron, en el siglo XVI, el elegante puente de Arslanagić sobre el río, atribuido al círculo del gran visir Mehmed-paša Sokolović, el mismo mecenas del célebre puente de Višegrad. La ciudad se organizó como una plaza fuerte y un mercado (čaršija) en la ruta hacia Ragusa.
Pero Trebinje fue también un foco de resistencia. A pocos kilómetros, el monasterio ortodoxo de Tvrdoš —erigido sobre una iglesia del siglo IV y reconstruido en el XVI— se convirtió desde finales del siglo XVI en el centro de la actividad antiotomana de Herzegovina, sede de sus metropolitanos ortodoxos. La región sufrió las incursiones de los uskoks de Senj y de las bandas de hajduci (bandoleros y rebeldes) que hostigaban al poder turco. Tvrdoš fue destruido por los venecianos en 1694 durante las guerras de la época, y solo se reconstruyó en 1924; hoy sus monjes mantienen viva la antigua tradición vinícola del lugar, elaborando los vinos Vranac y Žilavka que se catan a la sombra de sus viñedos.
En 1878, tras el Congreso de Berlín, Bosnia y Herzegovina pasó de manos otomanas a la administración del Imperio austrohúngaro, que la anexionaría formalmente en 1908. Para Trebinje, situada en la frontera sur del Imperio, frente al reino de Montenegro, ese cambio significó una transformación profunda.
Los austrohúngaros convirtieron Trebinje en una elegante ciudad-guarnición. Construyeron cuarteles y una cadena de fortificaciones en las colinas circundantes para vigilar la frontera montenegrina —entre ellas la imponente fortaleza de Strač, levantada entre 1910 y 1916, una de las mayores de la Monarquía—. Pero también modernizaron la ciudad al estilo centroeuropeo: trazaron la calle principal, abrieron plazas, escuelas y parques, plantaron tabaco en los alrededores y, sobre todo, sembraron los plátanos que hoy dan sombra a la plaza y son un símbolo de Trebinje. Aquella mezcla de urbanismo austríaco y clima mediterráneo definió la ciudad tranquila y arbolada que hoy conocemos.
De esa Trebinje de entresiglos es hijo su personaje más ilustre: Jovan Dučić (1871-1943), uno de los grandes poetas modernistas serbios y un notable diplomático yugoslavo, que sirvió como embajador en nueve ciudades europeas. Su patriotismo serbio le trajo problemas con las autoridades austrohúngaras, pero su prestigio literario fue enorme. Reunió a lo largo de su vida una valiosa colección de arte y libros que legó a su ciudad natal, hoy en el Museo de Herzegovina. Dučić pidió ser enterrado en Trebinje: sus restos, repatriados desde Estados Unidos en 2000, reposan en la Hercegovačka Gračanica, construida precisamente para cumplir ese deseo.
Tras el fin del Imperio austrohúngaro en 1918, Trebinje se integró en el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, luego llamado Yugoslavia. Como buena parte de Herzegovina, vivió las tensiones de un país joven y multiétnico. La Segunda Guerra Mundial fue durísima en estas montañas: la región quedó bajo la ocupación italiana y el Estado Independiente Croata, escenario de la brutal guerra entre ustachas, četniks y partisanos de Tito, con matanzas y represalias que dejaron heridas profundas en las comunidades locales.
Terminada la guerra, Trebinje formó parte de la Yugoslavia socialista de Tito, dentro de la República de Bosnia y Herzegovina. Fueron décadas de relativa paz y de cierto desarrollo: se construyeron las represas del Trebišnjica (que obligaron, por ejemplo, a trasladar piedra por piedra el puente de Arslanagić en 1965-1966 para salvarlo de la inundación del embalse), y la ciudad creció como centro regional del sur de Herzegovina.
La desintegración de Yugoslavia y la guerra de Bosnia (1992-1995) volvieron a golpear la región. Trebinje quedó dentro de la República Srpska, la entidad serbobosnia surgida del conflicto, y sufrió las tensiones étnicas de la guerra, con la salida de parte de su población no serbia y la destrucción de patrimonio, incluidas mezquitas otomanas que después se reconstruyeron. Fue una época amarga cuyas cicatrices aún se perciben en la memoria de la ciudad.
La Trebinje contemporánea se ha reinventado como una de las escapadas más apacibles y encantadoras de Bosnia y Herzegovina. Capital cultural del sur de la República Srpska, se apoya en tres pilares: su clima soleado (presume de más de 260 días de sol al año), su tradición vinícola y su cercanía con la turística Dubrovnik, de la que la separan apenas 30 kilómetros.
El turismo ha crecido con inteligencia, sin las masas de la costa: cada vez más viajeros descubren que se puede dormir en Trebinje por la mitad de precio que en Dubrovnik y visitar la ciudad dálmata en excursiones de día. Al mismo tiempo, la ruta del vino de Herzegovina —con Tvrdoš, Vukoje y otras bodegas— atrae a los amantes del enoturismo en busca de las variedades autóctonas Vranac y Žilavka. Los monasterios de las colinas, la Hercegovačka Gračanica en primer lugar, se han convertido en atractivos turísticos además de espirituales, con vistas que resumen toda la ciudad y su valle.
Hoy Trebinje ofrece esa rara combinación de historia densa y ambiente relajado: se puede pasar la mañana entre murallas otomanas y monasterios, la tarde catando vino entre viñedos y la noche bajo los plátanos centenarios de la plaza, con un café baratísimo delante y sin ninguna prisa. Es, para muchos viajeros, la cara más luminosa y amable de Herzegovina, y la prueba de que algunos de los mejores rincones de los Balcanes son todavía los menos concurridos.