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Historia de Jajce

El 'huevo' del duque Hrvoje

Pocos lugares condensan tanta historia en tan poco espacio como este peñón donde el río Pliva se arroja al Vrbas. El nombre mismo de la ciudad, Jajce, deriva según la interpretación más difundida de 'jaje' ('huevo' en las lenguas eslavas del sur), por la forma ovalada de la colina coronada por la ciudadela; otros la vinculan a la influencia napolitana del 'Castel dell'Ovo'. Sea como fuere, la Jajce histórica nace a finales del siglo XIV como fortaleza de uno de los grandes nobles de la Bosnia medieval: Hrvoje Vukčić Hrvatinić, duque de Split y gran señor feudal.

Hrvoje levantó aquí una plaza fuerte espectacular, aprovechando un emplazamiento casi inexpugnable: un peñón rodeado de agua por dos ríos y protegido por murallas escalonadas. A comienzos del siglo XV mandó excavar en la roca, bajo la ciudad, unas catacumbas —una iglesia-cripta subterránea con bóveda gótica y símbolos tallados— destinadas a ser el mausoleo de su familia. Aquellas catacumbas, que aún se visitan, son uno de los pocos testimonios conservados de la arquitectura cristiana bosnia anterior a los otomanos y una muestra del poder y las ambiciones de la aristocracia del reino.

Bajo esa colina, mucho antes, ya había habido vida: un templo romano dedicado al dios Mitra (mitreo) de los siglos III-IV d.C., conservado en el casco urbano, prueba que el valle estaba poblado y romanizado siglos antes de que existiera reino bosnio alguno. Jajce nacía, pues, sobre capas antiguas, y pronto se convertiría en el escenario del acto final de la Bosnia independiente.

La última capital y el último rey (1463)

A lo largo del siglo XV, Jajce se convirtió en la capital efectiva del reino de Bosnia, en un momento en que la sombra del Imperio otomano crecía sobre los Balcanes. Aquí residió el último rey bosnio, Stjepan Tomašević, que había subido al trono en 1461 tras la muerte de su padre. En un intento de asegurar apoyos frente a la amenaza turca, Stjepan buscó el respaldo del papado: fue el primer rey de Bosnia en recibir una corona enviada por la Santa Sede, del papa Pío II.

De nada sirvió. En la primavera de 1463, el sultán Mehmed II 'el Conquistador' —el mismo que había tomado Constantinopla diez años antes— reunió un enorme ejército y marchó sobre Bosnia. El rey huyó de la antigua capital de Bobovac hacia Jajce y luego hacia el oeste, pero fue perseguido y sitiado. Atraído a rendirse con una promesa de salvoconducto, Stjepan Tomašević fue finalmente capturado y decapitado por orden del sultán en las cercanías de Jajce, en el lugar que desde entonces se conoce como Carevo polje ('el campo del emperador'). Con su ejecución, el reino medieval de Bosnia dejaba de existir en 1463 y se convertía en la provincia más occidental del Imperio otomano.

La caída fue tan rápida y tan simbólica que el último rey bosnio quedó en la memoria colectiva como una figura casi legendaria. Sobre la puerta de la fortaleza de Jajce todavía puede verse el escudo con las armas del reino desaparecido, y la ciudad conserva con orgullo su condición de última capital del Estado bosnio medieval.

Húngaros y otomanos: medio siglo de tira y afloja

La historia de Jajce no terminó con la conquista turca de 1463: al contrario, la ciudad se convirtió en un peón disputado entre dos imperios. Ese mismo año, el rey Matías Corvino de Hungría contraatacó y arrebató Jajce a los otomanos, estableciendo aquí el llamado 'banato de Jajce', un bastión cristiano avanzado destinado a frenar la expansión turca hacia Croacia y Hungría.

Durante más de sesenta años, Jajce fue una isla húngara en territorio dominado por los otomanos, sometida a asedios recurrentes. Su fortaleza, reforzada y bien guarnecida, resistió una y otra vez los intentos turcos de recuperarla, convirtiéndose en un símbolo de la resistencia cristiana en los Balcanes. Fue una frontera caliente, con incursiones, tregua y guerra casi permanentes.

El equilibrio se rompió en 1527, cuando —tras la catástrofe húngara de Mohács (1526) y el hundimiento del reino de Hungría— los otomanos tomaron finalmente Jajce, que quedó definitivamente incorporada al Imperio. Comenzaba entonces la larga etapa otomana: la ciudad se llenó de mezquitas (la iglesia de Santa María fue convertida en mezquita), hamams, fuentes y casas de piedra, y algunas de sus iglesias medievales cambiaron de función. Jajce se transformó en una plaza otomana de la Bosnia interior, perdiendo su antigua centralidad política pero conservando su tejido urbano medieval bajo la nueva capa islámica.

1943: donde nació la Yugoslavia federal

Tras el paso otomano, la administración austrohúngara desde 1878 y la integración en el Reino de Yugoslavia después de 1918, Jajce parecía condenada a ser una pequeña y bella ciudad de provincias. Pero el siglo XX le tenía reservado un segundo momento estelar, esta vez de alcance mundial.

En plena Segunda Guerra Mundial, con buena parte del país bajo ocupación del Eje y una feroz guerra de guerrillas en marcha, el movimiento partisano de Josip Broz Tito eligió Jajce para un acto decisivo. El 29 de noviembre de 1943 se celebró aquí la Segunda Sesión del AVNOJ (Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia), una asamblea de delegados de todo el país reunidos en territorio liberado. En aquella sesión se sentaron las bases de la futura Yugoslavia: un Estado federal, republicano, con igualdad entre sus pueblos y naciones, en el que Bosnia y Herzegovina sería una de las seis repúblicas constitutivas. Se rechazó el regreso del rey en el exilio y se reconoció a Tito como líder.

Aquella reunión en una modesta sala de Jajce fue, en la práctica, el acta de nacimiento de la Yugoslavia socialista que existiría hasta los años 90. Por eso el 29 de noviembre se convirtió en la fiesta nacional yugoslava (el Día de la República) y por eso Jajce ocupa un lugar de honor en la historia del siglo XX balcánico. La sala del AVNOJ se conserva hoy como museo, un contrapunto sorprendente a las catacumbas medievales que están a pocos pasos: en unas manzanas de esta ciudad se decidieron el final de un reino en 1463 y el nacimiento de un Estado moderno en 1943.

La guerra de los 90 y la Jajce de hoy

La última gran prueba de Jajce llegó con la desintegración de Yugoslavia y la guerra de Bosnia (1992-1995). Por su posición estratégica en el centro del país, la ciudad fue duramente disputada. En 1992 cayó en manos de las fuerzas serbobosnias tras intensos combates y quedó dañada, con buena parte de su población desplazada. En 1995, en las ofensivas finales de la guerra, fue recuperada por las fuerzas croato-bosnias. Como tantas ciudades bosnias, Jajce salió del conflicto con heridas materiales y humanas y con una población en parte cambiada por los desplazamientos.

La posguerra trajo la reconstrucción y, con ella, el reconocimiento de un patrimonio excepcional. Jajce recuperó sus monumentos —la fortaleza, las catacumbas, las iglesias medievales, las mezquitas otomanas— y restauró su cascada urbana, que había sufrido cambios tras una gran crecida en 2014 que reconfiguró parte del salto. La ciudad ha impulsado su candidatura y su perfil como uno de los grandes destinos histórico-naturales del país.

Hoy Jajce vive sobre todo del turismo y de su condición de joya del centro de Bosnia: la única ciudad de Europa con una gran cascada en pleno casco urbano, la última capital de un reino medieval, la cuna de la Yugoslavia federal y el hogar de los tiernos molinos de agua de los lagos de Pliva. Recorrer sus calles empinadas es leer, capa por capa, la historia entera de esta tierra: romana, medieval, otomana, austrohúngara, yugoslava y contemporánea, toda concentrada en torno a un peñón con forma de huevo entre dos ríos.

📚 Bibliografía

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