La historia de Banja Luka empieza, como la de tantas ciudades europeas, con una legión romana buscando un buen sitio para vigilar un río. En el lugar donde hoy se levanta la fortaleza Kastel, a orillas del Vrbas, los romanos establecieron un campamento militar (castrum) llamado Castra, en la ruta que unía la costa dálmata con el interior de la provincia de Panonia. El nombre de la fortaleza, Kastel, es un eco directo de aquel origen latino.
El valle del Vrbas era fértil y estratégico: ofrecía agua abundante, tierras de cultivo y un paso natural entre montañas. Los romanos aprovecharon también las fuentes termales de la zona (los baños o 'banja' que, junto a la voz eslava 'luka', prado o valle junto al río, dan nombre a la ciudad según la etimología popular). Tras la caída de Roma y las migraciones eslavas, el lugar siguió habitado, aunque durante siglos como un asentamiento menor.
En la Edad Media, la región formó parte del mundo bosnio y húngaro, con fortalezas y señoríos disputándose el control del valle. Pero Banja Luka como ciudad de peso todavía no existía: haría falta la llegada de un imperio nuevo, el otomano, para que este rincón del noroeste bosnio se convirtiera en una capital provincial y en una de las joyas de la arquitectura islámica de los Balcanes.
Con la conquista otomana de Bosnia en el siglo XV y XVI, Banja Luka empezó a crecer. Su gran momento llegó a finales del siglo XVI, cuando el gobernador Ferhad-paša Sokolović —pariente del célebre gran visir Mehmed-paša Sokolović— la eligió como sede y la dotó de una arquitectura espléndida. Durante un tiempo, entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, Banja Luka fue incluso la capital de la provincia (sanjacado y luego eyalato) de Bosnia, el centro del poder otomano en la región.
De aquella edad de oro data la joya de la ciudad: la mezquita Ferhadija (Ferhat-pašina džamija), construida en 1579 por orden de Ferhad-paša. Según la tradición, se financió con el rescate pagado por un noble austríaco capturado en batalla. La Ferhadija, con su elegante cúpula, su alminar y su decoración, se convirtió en una de las mezquitas más bellas de Bosnia y en el símbolo de la ciudad durante más de cuatro siglos. A su alrededor florecieron el bazar (čaršija), hamams, fuentes, medersas y turbes, componiendo una ciudad otomana próspera.
Banja Luka fue durante el periodo otomano un importante centro comercial y militar del noroeste, en la frontera con los territorios de los Habsburgo. Vivió guerras, asedios y treguas en esa línea caliente entre imperios, y su fortaleza Kastel fue reformada y ampliada para adaptarse a los nuevos tiempos de la artillería.
En 1878, con el fin del dominio otomano y el comienzo de la administración austrohúngara sobre Bosnia y Herzegovina, Banja Luka entró en la órbita centroeuropea. El Imperio de los Habsburgo transformó la ciudad al estilo de Viena y Budapest: trazó nuevas calles y avenidas, plantó los castaños y tilos que aún hoy le dan su fama de ciudad verde, y levantó edificios administrativos, escuelas, cuarteles, una catedral y estaciones de ferrocarril.
La ciudad creció y se modernizó, adquiriendo buena parte de su fisonomía actual de amplias avenidas arboladas y arquitectura de entresiglos. La convivencia de mezquitas otomanas, iglesias ortodoxas y católicas y edificios austrohúngaros reflejaba el carácter multiétnico de la Bosnia de la época, con serbios, bosnios musulmanes, croatas y una comunidad judía.
Tras la Primera Guerra Mundial y el fin del Imperio austrohúngaro, Banja Luka se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, luego Yugoslavia. Durante un tiempo fue capital de una de las grandes divisiones administrativas del reino (la Banovina del Vrbas), lo que reforzó su papel como capital regional del noroeste, con nuevos edificios monumentales como el Banski dvor, sede del gobernador (ban).
La Segunda Guerra Mundial fue durísima en la región: Banja Luka quedó bajo el Estado Independiente Croata, y toda la zona fue escenario de la brutal guerra entre ustachas, četniks y partisanos, con matanzas y represalias que marcaron a sus comunidades. La catedral ortodoxa de la ciudad, entre otros edificios, fue destruida en esos años.
Tras 1945, Banja Luka formó parte de la Yugoslavia socialista de Tito, dentro de la República de Bosnia y Herzegovina, y vivió una etapa de industrialización y crecimiento. Pero el 26 y 27 de octubre de 1969 la ciudad sufrió una catástrofe natural: un fuerte terremoto (de magnitud cercana a 6) devastó buena parte de Banja Luka, dañando o destruyendo miles de edificios y dejando a decenas de miles de personas sin hogar. La reconstrucción, con ayuda de toda Yugoslavia y del extranjero, transformó de nuevo la ciudad, con nueva arquitectura moderna y antisísmica.
Aquella Banja Luka reconstruida de los años 70 y 80 era una ciudad yugoslava moderna, industrial y universitaria, con la Universidad de Banja Luka fundada en 1975. La convivencia de sus comunidades, aunque no exenta de tensiones, se mantenía dentro del marco yugoslavo. Todo eso saltaría por los aires con el hundimiento de Yugoslavia.
La desintegración de Yugoslavia y la guerra de Bosnia (1992-1995) cambiaron para siempre el rostro de Banja Luka. Aunque la ciudad no fue escenario de combates de primera línea, quedó bajo control de las fuerzas serbobosnias y se convirtió en un centro de la autoproclamada República Srpska. Durante la guerra, la población no serbia —bosnios musulmanes y croatas— sufrió persecución, expulsiones y la destrucción de su patrimonio: en 1993 fueron dinamitadas todas las mezquitas de la ciudad, incluida la joya otomana Ferhadija, en uno de los episodios más simbólicos de la destrucción cultural del conflicto.
Tras los Acuerdos de Dayton (1995), que pusieron fin a la guerra, Banja Luka quedó como capital de facto de la República Srpska, una de las dos entidades que forman la Bosnia y Herzegovina de posguerra. La ciudad emprendió la reconstrucción, incluida la de sus mezquitas: la Ferhadija fue levantada de nuevo piedra a piedra, reutilizando fragmentos originales rescatados, y reabrió en 2016 como poderoso símbolo de memoria y reconciliación.
La Banja Luka de hoy es una ciudad joven, verde y dinámica, la segunda del país y capital administrativa de la Srpska. Vive de la administración, la universidad, el comercio y, cada vez más, del turismo activo ligado al cañón del Vrbas. El viajero encuentra una urbe relajada de avenidas arboladas, terrazas siempre llenas, una fortaleza romana convertida en escenario de festivales y un río que es a la vez su historia y su gran atractivo. Como toda Bosnia, carga con las heridas recientes de la guerra, visibles en la memoria de sus edificios reconstruidos; pero ofrece también una de las caras más luminosas y cotidianas del país, la de una ciudad que vive de cara a su río y a la sombra de sus castaños.