Sobrevolá hoy los Llanos de Moxos en la época de lluvias y vas a ver algo que parece imposible: más de 20.000 montículos artificiales asomando como islas sobre un mar de agua dulce, conectados por cientos de kilómetros de terraplenes rectos como reglas. No es un accidente geológico. Es la obra de una civilización que, más de mil años antes de que Cipriano Barace pusiera un pie en la región, ya había resuelto el problema que todavía hoy le complica la vida a Trinidad: cómo vivir en una llanura que se inunda seis meses al año y se seca los otros seis.
Las investigaciones arqueológicas —impulsadas en buena medida por Kenneth Lee, el ingeniero y estudioso cuyo nombre lleva hoy el museo de Trinidad, y continuadas por especialistas como la arqueóloga boliviana Carla Jaimes Betancourt— han documentado en la región un sistema descomunal de obras de tierra: lomas artificiales para vivir por encima de las crecientes, camellones o campos elevados de cultivo, terraplenes que servían a la vez de caminos y diques, y canales que conectaban lagunas y ríos entre sí. Los estudios sitúan el desarrollo de esta 'cultura hidráulica de las Lomas' entre aproximadamente el siglo IV a. C. y el siglo XIII d. C., aunque hallazgos más recientes retrasan la presencia humana en la zona hasta hace 10.400 años, cuando todavía eran cazadores-recolectores.
Los pueblos moxeños —entre ellos los antepasados de los actuales trinitarios e ignacianos— vivían de la agricultura elevada, la pesca, la caza y la recolección, en un territorio rico en agua y biodiversidad, pero hostil para cualquier sociedad que no supiera domesticar la inundación. Cuando llegaron los primeros españoles y luego los jesuitas, encontraron una región densamente poblada, con una ingeniería del paisaje comparable en ambición a la de otras grandes culturas americanas, aunque construida en tierra y hoy visible sobre todo desde el aire o bajo el agua de las lagunas. Esa herencia indígena, silenciosa pero enorme, es el verdadero cimiento sobre el que se levantaría, ya en 1686, la ciudad de Trinidad.
La historia de Trinidad no se entiende sin la de un vasco-navarro terco y fervoroso llamado Cipriano Barace, nacido en 1641 en Isaba, Navarra, y muerto en 1702 flechado por los indígenas baure a los que había ido a evangelizar. Entre esas dos fechas hay una de las empresas misionales más intensas del oriente boliviano.
Barace llegó a Lima como jesuita y en 1675 emprendió, junto al padre Pedro Marbán y otros religiosos, la travesía hacia Moxos: remontaron el río Guapay desde Santa Cruz de la Sierra hasta llegar a la llanura amazónica. En 1682 fundaron la primera misión, Nuestra Señora de Loreto, con la que arrancó el sistema de las Misiones Jesuíticas de Moxos —hermano, más al este, del más célebre sistema de Chiquitos—. Cuatro años más tarde, el 6 de junio (algunas fuentes citan el 9 o el 13 de junio) de 1686, Barace fundó a orillas del río Mamoré la misión de La Santísima Trinidad, germen directo de la ciudad actual.
Barace no fue solo fundador: aprendió la lengua de los moxos, respetó sus costumbres y se enfrentó abiertamente a los colonos que pretendían esclavizar a los indígenas, convirtiendo su territorio misional en un refugio relativamente protegido frente a los abusos de la conquista. También trajo consigo, hasta Loreto, 84 cabezas de ganado vacuno: el origen —cuentan las crónicas— de la actual cabaña ganadera del Beni, que hoy supera los dos millones de animales y que convirtió a esta región amazónica en la 'capital ganadera' de Bolivia. Barace terminó su vida como la empezó, en la frontera: fue asesinado el 16 de septiembre de 1702 por indígenas baure durante una de sus expediciones evangelizadoras, y hoy se lo recuerda como mártir y fundador.
El emplazamiento original de la misión, pegado al Mamoré, resultó insostenible por las crecidas del río. Por eso, ya en 1769 —tras la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en 1767—, la misión fue trasladada por el padre Pedro de la Rocha unos 14 kilómetros hacia un sitio más alto y seguro: el que ocupa la Trinidad de hoy. Aquel traslado, más que la fundación original, fijó la ubicación definitiva de la ciudad, que conservó el nombre y buena parte del espíritu de la vieja reducción jesuítica.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, las misiones de Moxos quedaron bajo administración civil y eclesiástica, y la región atravesó décadas de cambios y dificultades: sin el orden misional que las había sostenido, muchas reducciones se despoblaron o perdieron parte de su organización. Sin embargo, las comunidades moxeñas conservaron buena parte de sus tradiciones religiosas y su cultura material, y la ganadería introducida por Barace y sus compañeros se fue consolidando como la actividad económica dominante de la llanura, tal como sigue siéndolo hoy.
Con la independencia y el nacimiento de la República de Bolivia en 1825, el oriente amazónico fue ganando peso administrativo poco a poco, aunque seguía siendo una región remota y de difícil acceso desde el altiplano. El punto de inflexión llegó en 1842, cuando el presidente mariscal José Ballivián creó por ley el departamento del Beni, separándolo de Santa Cruz, y designó a Trinidad como su capital. Esa decisión convirtió a la antigua misión jesuítica —hasta entonces un pueblo ganadero de la llanura— en el centro político y administrativo de toda la Amazonía boliviana, un papel que conserva hasta hoy, casi dos siglos después.
Durante el siglo XIX y comienzos del XX, Trinidad y el Beni vivieron también el auge de la goma o caucho, que atrajo capitales, comerciantes y trabajadores hacia la Amazonía y dejó una huella profunda —y, para buena parte de la población indígena, trágica— en la economía y la demografía regional. La ciudad fue creciendo lentamente, marcada por su aislamiento geográfico, su clima tropical extremo y su vocación ganadera, mientras consolidaba sus instituciones: la actual catedral, dedicada a la Santísima Trinidad, se comenzó a construir en 1924 y se terminó recién en 1938, más de dos siglos y medio después de la fundación de la misión original.
La Trinidad actual es una ciudad de más de 130.000 habitantes, capital del Beni y centro de la 'capital ganadera' de Bolivia. Su fisonomía y su ritmo son inconfundiblemente amazónicos: calor húmedo casi todo el año, calles donde circulan por miles los motocarros —motos con sidecar que funcionan como taxis colectivos y que son, junto con la plaza principal, la imagen de postal de la ciudad—, y una vida tranquila marcada por el río, la ganadería y el comercio regional.
La ciudad combina tres capas de identidad que rara vez conviven tan visiblemente en un mismo lugar: la herencia indígena moxeña, con sus técnicas hidráulicas milenarias todavía legibles en el paisaje de lomas y lagunas; el origen misional jesuítico, presente en el trazado urbano, en la devoción a la Santísima Trinidad y en la propia genealogía del ganado beniano; y la vida de gran ciudad amazónica contemporánea, con su universidad, su aeropuerto, su vida nocturna alrededor de la plaza Ballivián y su rol de puerta de entrada al Beni profundo. El Museo Etnoarqueológico Kenneth Lee resguarda y difunde precisamente esa primera capa, la memoria de la civilización del Gran Moxos y de la cultura hidráulica de la llanura, mientras la catedral (1924–1938) y las festividades religiosas mantienen viva la raíz misional.
Alrededor de la ciudad, la naturaleza se impone con una fuerza que sorprende a quien llega esperando solo una capital administrativa: la Laguna Suárez, adonde los trinitarios escapan del calor los fines de semana; Loma Suárez, sobre las aguas tibias del río Ibaré; el gran río Mamoré, arteria de toda la región; y sobre todo la Ruta del Bufeo, que permite acercarse en lancha a los delfines rosados de río (Inia boliviensis), una especie endémica de Bolivia y verdadero emblema del Beni. Menos visitada que los grandes íconos del altiplano o del Salar de Uyuni, Trinidad ofrece una experiencia auténtica de la Bolivia amazónica: una ciudad de frontera selvática, con una gastronomía sabrosa —pescados de río como el pacú y el surubí, masaco, carnes de excelente calidad—, una cultura propia y un entorno natural extraordinario. Para quien busca la otra Bolivia, la de las tierras bajas, los grandes ríos y los delfines de agua dulce, Trinidad es, sin exagerar, la mejor base posible para empezar.