Bajo las calles y los viñedos de Tarija duermen huesos de gigantes: mastodontes de cuatro metros, perezosos gigantes del tamaño de un elefante y armadillos acorazados tan grandes como un auto pequeño. Ningún otro valle de Bolivia guarda un tesoro paleontológico semejante, y esa rareza empieza a explicar por qué esta ciudad del sur, con su clima de Andalucía y su acento cantado, se siente distinta a cualquier otra del país. Pero antes de los fósiles y del vino, hubo una fundación: la ciudad de Tarija fue fundada el 4 de julio de 1574 por el capitán Luis de Fuentes y Vargas, por encargo del virrey Francisco de Toledo, con el nombre de Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarixa. El topónimo 'Tarija' (o 'Tarixa') es anterior a la fundación española y su origen exacto es objeto de discusión; algunas tradiciones lo asocian a un nombre indígena o al de un antiguo poblador de la región. La 'frontera' del nombre alude a su función como avanzada española frente a los aguerridos pueblos chaqueños del oriente, en especial los chiriguanos.
Desde su origen, Tarija fue una villa de valle, en una zona de clima benigno y suelos fértiles, lo que la hizo apta para la agricultura, la ganadería y, muy pronto, el cultivo de la vid traída por los españoles. Su posición la convirtió en escala en los caminos del sur, entre el altiplano potosino y minero y las llanuras del Chaco y el Río de la Plata, y en punto de defensa y colonización de la frontera oriental del virreinato.
A lo largo de la colonia, la villa fue creciendo como centro agrícola y comercial de su valle, desarrollando una identidad propia y una cultura mestiza muy ligada a la tierra. La pertenencia administrativa de Tarija varió con el tiempo entre distintas jurisdicciones del virreinato, una ambigüedad que tendría consecuencias decisivas en la época de la independencia.
El valle de Tarija guarda uno de los registros paleontológicos más notables de Sudamérica. Sus terrenos sedimentarios conservan abundantes fósiles de la megafauna que pobló la región durante el Pleistoceno: mastodontes, megaterios (perezosos gigantes), gliptodontes (parientes acorazados de los armadillos), toxodontes —incluido el Toxodon tarijensis, descrito a partir de restos de este valle— y el célebre Smilodon o tigre dientes de sable. Esta riqueza asombró a los europeos desde el primer momento: ya en la segunda mitad del siglo XVI, el fraile Reginaldo de Lizárraga escribió que en el valle de Tarija había 'sepulturas de gigantes, muchos huesos, cabezas', y en 1602 el cronista Diego Dávalos y Figueroa documentó la existencia de osamentas de animales de tamaño descomunal.
Aquellos 'gigantes' eran, claro, los mamíferos extintos del Pleistoceno. A lo largo del siglo XIX el valle de Tarija se convirtió en un yacimiento famoso, visitado y estudiado por naturalistas europeos y americanos —de Alcide d'Orbigny en adelante—, que enviaron piezas a museos de París, Londres y Buenos Aires. Estos descubrimientos contribuyeron de manera decisiva al conocimiento de la fauna prehistórica sudamericana y dieron a Tarija un lugar propio en la historia de la paleontología mundial.
Hoy ese legado se conserva y exhibe en el Museo Nacional Paleontológico y Arqueológico de Tarija, que reúne fósiles de la megafauna local junto a piezas arqueológicas de la región. Según la Sociedad Boliviana de Paleontología, el valle concentra alrededor del 40% de los fósiles cenozoicos del país, y en 2022 Tarija fue declarada 'capital del yacimiento paleontológico de mamíferos gigantes' de Bolivia. La presencia de estos gigantes del pasado es uno de los rasgos distintivos de la identidad tarijeña y un atractivo científico único: pocas ciudades del mundo pueden decir que sus viñedos crecen literalmente sobre huesos de mastodontes.
Tarija tuvo un papel destacado en las guerras de independencia hispanoamericanas. El 15 de abril de 1817 se libró en las cercanías de la ciudad la batalla de la Tablada, en la que las fuerzas patriotas, con la participación del héroe local Eustaquio 'Moto' Méndez y otros caudillos chapacos, derrotaron a las tropas realistas. Esta victoria, recordada con orgullo por los tarijeños, consolidó el espíritu independentista de la región y forma parte central de su memoria cívica.
Tras la emancipación, la pertenencia de Tarija quedó en disputa: por su historia administrativa, podía integrarse tanto a las Provincias Unidas (la futura Argentina) como al nuevo Estado boliviano. La decisión, según la tradición histórica, recayó en buena medida en la voluntad de sus propios habitantes, que en torno a 1826-1831 optaron por incorporarse a la República de Bolivia, recién fundada. Por eso se dice que Tarija se unió a Bolivia por decisión propia, un hecho del que los chapacos se sienten especialmente orgullosos.
Ya como parte de Bolivia, Tarija siguió desarrollándose como capital de su departamento, manteniendo una fuerte identidad regional. Su cultura del vino, sus coplas y su carácter festivo se consolidaron como señas distintivas de los valles del sur, en una región fronteriza con Argentina con la que mantiene estrechos lazos culturales y comerciales.
La vid llegó a Tarija de la mano de los españoles ya en los primeros tiempos de la colonia, y el cultivo encontró en los valles tarijeños un terreno y un clima excepcionales. Con el tiempo, la región se convirtió en el principal centro vitivinícola de Bolivia, célebre tanto por sus vinos como por el singani, el aguardiente de uva moscatel de Alejandría que se elabora aquí desde hace siglos y que es reconocido como bebida nacional con denominación de origen.
La altitud de los viñedos tarijeños —entre las más elevadas del mundo— da a sus uvas características particulares y ha hecho de la región un caso singular en la viticultura mundial. En torno a esta tradición se ha desarrollado una ruta del vino y el singani que recorre bodegas históricas y modernas en los valles, y que se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos del departamento.
Más allá del vino, Tarija es famosa por su rica cultura popular: la música y las coplas chapacas, los instrumentos típicos como el erke y la caña, las danzas y las fiestas religiosas. La mayor de todas es la Fiesta Grande de San Roque, celebrada entre fines de agosto y la primera quincena de septiembre, con la procesión de más de 1.500 'chunchos' —promesantes vestidos con trajes multicolores que danzan en honor al santo protector contra las epidemias—, inscripta por la Unesco en 2021 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Todo ello compone la identidad alegre y hospitalaria de los chapacos, que han hecho de Tarija uno de los rincones más queridos y distintivos de Bolivia.
Pocas regiones de Bolivia tienen una relación tan estrecha entre música y calendario agrícola como los valles de Tarija. La tradición local reconoce un auténtico 'calendario folclórico chapaco', que organiza el año en torno a tres grandes ciclos instrumentales sucesivos: el tiempo del erque, el tiempo del violín y el tiempo de la caña, cada uno ligado a determinadas festividades religiosas y populares y a la alternancia entre la temporada de lluvias y la temporada seca. En total, los estudiosos de la cultura chapaca identifican al menos nueve estilos musicales distintos que se interpretan a lo largo del año, cada uno con su propia ocasión, sus propios instrumentos y su propio carácter.
Entre esos instrumentos destacan el erke (o erque), un largo cuerno de sonido grave y penetrante; la caña, otro instrumento de viento asociado especialmente a las fiestas religiosas del 'pago' (el campo); la camacheña, la caja (un tambor pequeño tocado por el propio cantor) y el violín chapaco, de afinación y estilo particulares. A este universo sonoro se suma la copla chapaca: versos breves, pícaros y espontáneos, cantados por hombres y mujeres del campo para expresar alegría, amor, penas y orgullo, y que constituyen una de las expresiones poéticas populares más vivas y queridas de Bolivia, aunque hoy algunos folcloristas advierten que es una tradición en riesgo de perderse frente al avance de la música comercial.
Toda esta riqueza musical estalla con particular fuerza durante el Carnaval chapaco, una de las fiestas más alegres y coloridas del sur boliviano. Un elemento central de esas celebraciones es la 'Rueda Chapaca', una danza y ronda colectiva en la que comparsas y vecinos bailan en círculo al ritmo del erque y la caja durante la 'entrada' de Carnaval, en un ambiente de picardía, comparsas y coplas improvisadas que se prolonga durante varios días. Junto con la ruta del vino, este universo musical y festivo es una de las claves para entender por qué los tarijeños llaman a su tierra 'la Andalucía boliviana': no solo por el clima y el vino, sino por ese carácter cantor, festivo y abierto que define al pueblo chapaco.