Pocas ciudades pueden decir que cambiaron de nombre cuatro veces antes de convertirse en la cuna de un país entero. Villa de la Plata, La Plata, Charcas, Chuquisaca y, por fin, Sucre: cada nombre marca una etapa distinta en la vida de esta ciudad de valle que nació en el siglo XVI, en pleno proceso de conquista y colonización española del Alto Perú. Fue fundada hacia 1538-1540 —la fecha más aceptada es el 29 de septiembre de 1538, con el capitán Pedro de Anzúrez, marqués de Campo Redondo, como fundador— con el primero de esos nombres, Villa de la Plata de la Nueva Toledo, en un valle templado de la región de Charcas, en tierras que antes habían estado bajo influencia inca y habitadas por pueblos andinos como los yampara. A lo largo de su historia, la ciudad tuvo varios nombres más: La Plata, Charcas y, popularmente, Chuquisaca, antes de adoptar finalmente el de Sucre.
La elección del emplazamiento no fue casual. El valle ofrecía un clima agradable, templado y mucho más amable que el de las heladas alturas del altiplano, además de buenas tierras. Esa benignidad climática, sumada a su ubicación estratégica, hizo de la ciudad un lugar ideal para asentar a la administración colonial y a la élite, que prefería su clima primaveral al rigor de centros mineros como Potosí, situado mucho más alto y cerca.
Desde sus inicios, la Villa de la Plata se perfiló como un centro de poder político, judicial, religioso y educativo, más que como una ciudad minera. Esa vocación marcaría su carácter durante siglos: una ciudad de leyes, iglesias, universidades y casonas señoriales, donde se concentraban las instituciones que gobernaban una vasta región. Sus fachadas blancas, que con el tiempo le valdrían el apodo de 'Ciudad Blanca', empezaron a configurar su fisonomía elegante y luminosa.
El gran salto en importancia de la ciudad llegó cuando se convirtió en la sede de la Real Audiencia de Charcas, creada por cédula real de 1559. La Audiencia era el más alto tribunal de justicia y un organismo de gobierno con jurisdicción sobre un territorio inmenso, que abarcaba buena parte del actual sur de Bolivia y se extendía hacia regiones vecinas. Esto colocó a La Plata en el centro del poder político y judicial de toda la región del Alto Perú.
A la función judicial y administrativa se sumó el peso religioso: la ciudad fue sede de un arzobispado y se llenó de iglesias, conventos y órdenes religiosas que dejaron un patrimonio arquitectónico extraordinario. Y a ello se añadió el peso intelectual: en 1624 se fundó la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, una de las universidades más antiguas de América, que convirtió a la ciudad en un foco de estudios, sobre todo de derecho y teología.
Esa combinación —tribunal supremo, arzobispado y universidad— hizo de la ciudad un lugar singular en la América española: una urbe de juristas, clérigos, estudiantes e intelectuales, refinada y culta, donde se debatían las ideas de la época. La cercanía con la riquísima Potosí, cuya plata circulaba por la región, alimentó además la prosperidad y la elegancia de La Plata, que se llenó de mansiones señoriales. Ese ambiente ilustrado sería decisivo cuando empezaran a soplar los vientos de la independencia.
El ambiente ilustrado y universitario de Chuquisaca, sumado a las tensiones políticas que sacudían al imperio español tras la invasión napoleónica de la península, convirtió a la ciudad en uno de los primeros focos de agitación independentista de toda América. El 25 de mayo de 1809 estalló en Chuquisaca un levantamiento contra las autoridades coloniales, episodio conocido como el 'grito de Chuquisaca' o la 'revolución de Chuquisaca'.
Este movimiento, protagonizado por figuras vinculadas a la Audiencia, la universidad y los círculos ilustrados de la ciudad, es considerado por muchos historiadores como uno de los primeros gritos libertarios de Hispanoamérica, anterior incluso a movimientos más célebres que vendrían después en otras ciudades del continente. Aunque fue sofocado, encendió una llama que ya no se apagaría.
El ejemplo de Chuquisaca, y poco después el de La Paz, marcó el inicio de un largo y duro proceso de guerras de independencia en el Alto Perú, que se prolongaría durante más de quince años. La región fue escenario de campañas militares, de las luchas de las 'republiquetas' guerrilleras y del paso de los grandes ejércitos libertadores. La ciudad que había sido cuna de las ideas estaba destinada a ser, también, la cuna del nuevo país que nacería de esas luchas.
Tras más de quince años de guerras de independencia, y consumada la victoria patriota en el Alto Perú con la decisiva batalla de Ayacucho (1824) y la campaña final del mariscal Antonio José de Sucre, llegó el momento de definir el destino de la región. Reunida una asamblea de diputados en la ciudad de Chuquisaca, el 6 de agosto de 1825 se firmó el acta de la independencia que dio origen a una nueva nación: la República de Bolívar, pronto llamada Bolivia, en honor al libertador Simón Bolívar.
El acto fundacional tuvo lugar en la ciudad, en el edificio que hoy se conoce como la Casa de la Libertad, convertido por ello en el lugar más simbólico del país. Allí se conserva el acta original como una reliquia nacional. Bolívar fue el primer presidente honorífico, y el mariscal Sucre, héroe de la independencia, asumió como uno de los primeros mandatarios del nuevo Estado.
En reconocimiento al papel del mariscal, la ciudad cambió su nombre por el de Sucre, que conserva hasta hoy. La nueva capital de la joven república era, pues, la misma ciudad de juristas, clérigos y estudiantes que había sido cuna de las ideas independentistas y escenario de uno de los primeros gritos libertarios de América. Sucre nacía así con un doble título: el de capital del país y el de cuna de su independencia, una distinción que marca su identidad para siempre.
Durante buena parte del siglo XIX, Sucre fue la capital de Bolivia y sede de sus poderes. Pero hacia finales del siglo se gestó un conflicto que cambiaría esa situación. El crecimiento de La Paz, impulsado por el auge del estaño y por su dinamismo económico y demográfico, generó una creciente rivalidad con Sucre, más tradicional y ligada al pasado de la plata. A esa tensión regional se sumaron disputas políticas entre conservadores (con base en Sucre) y liberales (con fuerza en La Paz), y debates sobre la organización del Estado (federalismo frente a unitarismo).
Esas tensiones desembocaron en 1899 en la llamada Guerra Federal, un enfrentamiento civil que terminó con la victoria del bando paceño y liberal. La consecuencia más duradera fue el traslado de hecho de la sede del gobierno: el poder ejecutivo y el Congreso (poder legislativo) pasaron a funcionar en La Paz, que se convirtió en la sede del gobierno nacional, mientras Sucre conservó el título de capital y la sede del poder judicial.
De aquel arreglo nace una de las particularidades más conocidas de Bolivia: tiene una 'capital compartida' en la práctica. Sucre es la capital constitucional y sede del Tribunal Supremo de Justicia, mientras que La Paz es la sede del gobierno y el Parlamento. Esa dualidad, surgida de la guerra de 1899, sigue vigente y es motivo de orgullo y de reivindicaciones para los sucrenses, que conservan con celo el título de capital del país.
A pesar de haber perdido la sede del gobierno, Sucre conservó algo que ninguna otra ciudad boliviana posee en la misma medida: un centro histórico colonial extraordinariamente bien preservado. A lo largo del siglo XX, la ciudad mantuvo su carácter señorial, universitario y tranquilo, con su trama colonial intacta, sus fachadas blancas, sus iglesias, conventos y casonas, en un valle de clima privilegiado.
Ese valor fue reconocido internacionalmente en 1991, cuando la Unesco inscribió la Ciudad Histórica de Sucre en la lista del Patrimonio Mundial. La distinción valora la calidad y la coherencia de su conjunto arquitectónico colonial y republicano —uno de los mejores ejemplos de ciudad de la América española— y su importancia histórica como cuna de la independencia y de la nación boliviana. La famosa estética blanca, mantenida como norma, es parte esencial de ese patrimonio.
Hoy Sucre combina ese tesoro histórico con una vida muy actual: es una ciudad universitaria, llena de estudiantes bolivianos y extranjeros (muchos atraídos por sus escuelas de español), con una escena gastronómica y cultural vibrante y un clima que invita a quedarse. A su patrimonio colonial se suman atractivos como las huellas de dinosaurios de Cal Orck'o y el rico mundo textil de los pueblos indígenas de la región, como los de Tarabuco. Sucre es, en suma, una ciudad donde la historia de Bolivia se respira en cada esquina blanca, sin dejar de ser un lugar vivo y acogedor.