En San Javier, los chicos del coro leen partituras barrocas compuestas hace casi tres siglos como quien hereda un oficio de familia, y en los talleres del pueblo todavía se fabrican violines. Que eso ocurra en un pueblo ganadero del bosque seco del oriente boliviano no es casualidad: aquí empezó todo. A fines del siglo XVII, las tierras bajas del oriente de la actual Bolivia —la Chiquitania— eran una frontera remota del imperio español, habitada por numerosos pueblos indígenas de lenguas diversas, a los que los conquistadores habían englobado bajo el nombre genérico de 'chiquitos': una región de bosque seco, calurosa, de grandes distancias y difícil acceso, donde la presencia colonial había sido hasta entonces fugaz y precaria.
En ese escenario, la Compañía de Jesús emprendió uno de sus proyectos misionales más ambiciosos de Sudamérica. Tras la experiencia de las célebres reducciones del Paraguay, los jesuitas decidieron extender su modelo a Chiquitos: comunidades autosuficientes —las reducciones— donde se congregaba a indígenas de distintos pueblos para evangelizarlos y organizarlos en torno a la fe, el trabajo, la artesanía, la agricultura y la música, con un alto grado de autonomía respecto del poder colonial civil.
El punto de partida de toda esa empresa fue San Javier. El 31 de diciembre de 1691, los padres jesuitas José de Arce y Antonio de Ribas fundaron la misión de San Francisco Xavier, la primera reducción de Chiquitos. Desde ella se irradiaría, en las décadas siguientes, todo el sistema misional chiquitano: San Rafael, San José, Concepción, San Miguel, Santa Ana, San Ignacio de Velasco y otras. San Javier inauguró, así, una de las experiencias culturales más originales de la América colonial.
Si San Javier es el punto de partida de las misiones chiquitanas, también es la cuna de uno de sus legados más asombrosos: el barroco musical. La figura clave fue el jesuita suizo Martin Schmid (1694–1772), un hombre extraordinario que reunía en una sola persona al arquitecto, al constructor y al músico. Schmid llegó a Chiquitos en la primera mitad del siglo XVIII y dejó una huella que aún hoy define la identidad de la región.
En 1730, Martin Schmid fundó en San Javier la primera escuela de música y el primer taller de instrumentos musicales de la Chiquitania. Su tarea inicial fue introducir la música polifónica barroca: trajo copias de las partituras del compositor italiano Domenico Zipoli desde Córdoba y un órgano desarmado desde Potosí como modelo para construir otros instrumentos. Compuso y arregló piezas religiosas, fabricó instrumentos y enseñó a los niños indígenas a leer música y a tocar. De ese trabajo nació un estilo propio, el 'barroco misional', que no fue una simple copia de los modelos europeos, sino una nueva manera de concebir la música, fruto del encuentro entre la tradición europea y la sensibilidad chiquitana.
Schmid también fue el gran arquitecto de las iglesias misionales. En San Javier levantó el actual templo barroco entre 1749 y 1752, una obra maestra del barroco-mestizo con su torre tallada, su gran galería de columnas y su interior decorado con motivos misionales y pigmentos naturales. El mismo Schmid diseñó después las iglesias de Concepción y San Rafael, entre otras. Su trabajo combinó la arquitectura católica europea con técnicas y motivos locales, dando a las misiones de Chiquitos su inconfundible sello artístico.
El templo que Martin Schmid construyó en San Javier entre 1749 y 1752 es el corazón del pueblo y una de las grandes joyas del barroco-mestizo americano. A diferencia del templo de piedra de San José de Chiquitos, la iglesia de San Javier es de madera, con grandes columnas talladas que sostienen su galería y techo, y una torre-campanario que sobresale por su altura y por sus tallas. El interior despliega una rica decoración mural con motivos misionales realizados con pigmentos naturales, una escalera tallada y altares ornamentados.
La iglesia era el centro de una comunidad organizada con notable complejidad. En torno a la plaza se distribuían las viviendas de los indígenas, los talleres de carpintería, tallado, orfebrería y construcción de instrumentos, las escuelas y los espacios de trabajo. La música ocupaba un lugar central en la vida cotidiana y litúrgica: coros y orquestas de niños y jóvenes acompañaban las celebraciones, y el repertorio barroco se copiaba e interpretaba constantemente.
Esta organización convirtió a las reducciones de Chiquitos en verdaderas 'ciudades ideales' en medio del monte, donde convivían la evangelización, el trabajo artesanal, la agricultura y un florecimiento artístico singular. San Javier, como primera y modélica de las misiones, fue un referente de ese sistema durante décadas, hasta que un acontecimiento lejano vino a cambiarlo todo.
En 1767, el rey Carlos III de España decretó la expulsión de la Compañía de Jesús de todos sus dominios, y los jesuitas debieron abandonar también las misiones de Chiquitos. La partida de los padres podría haber significado el fin del sistema misional, como ocurrió con tantas reducciones del Paraguay y Argentina, que se despoblaron y cayeron en ruinas.
En la Chiquitania, sin embargo, sucedió algo distinto. Las comunidades indígenas asumieron el cuidado de sus pueblos, sus templos y sus tradiciones. Los chiquitanos siguieron celebrando sus fiestas, manteniendo sus cofradías y, de manera decisiva, conservando y transmitiendo su música. Generación tras generación, los músicos locales continuaron copiando, interpretando y custodiando el repertorio barroco heredado de los jesuitas, sin que el mundo exterior tuviera plena conciencia de ello.
Gracias a esa continuidad, las misiones de Chiquitos no son hoy ruinas, sino templos vivos y en uso, con una cultura musical y artesanal en permanente actividad. San Javier conservó su iglesia, su escuela musical y su identidad de primera reducción. Ese patrimonio inmaterial —la música sobre todo— sería redescubierto y valorado por el mundo a lo largo del siglo XX, transformando a la Chiquitania en un referente internacional del barroco americano.
Durante el siglo XX, los templos misionales chiquitanos, golpeados por el clima tropical y el paso del tiempo, fueron objeto de una gran campaña de restauración dirigida por el arquitecto suizo Hans Roth entre las décadas de 1970 y 1990. Roth y su equipo recuperaron las iglesias —entre ellas la de San Javier— con criterios de conservación y con la participación de las comunidades, devolviéndoles su esplendor barroco.
Ese esfuerzo culminó en 1990, cuando la Unesco inscribió en su lista de Patrimonio Mundial el conjunto de las Misiones Jesuíticas de Chiquitos, integrado por seis pueblos misionales —San Francisco Xavier entre ellos—, valorados como testimonio excepcional de la fusión entre la cultura europea y la indígena americana. San Javier, primera de todas, quedó así reconocida en el más alto nivel del patrimonio mundial.
Paralelamente, el redescubrimiento del enorme archivo de partituras barrocas conservado en la Chiquitania dio origen, a fines del siglo XX, al Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana 'Misiones de Chiquitos', que se celebra en años pares y recorre los pueblos misionales con conciertos en sus iglesias. San Javier es una de las sedes destacadas, fiel a su condición de cuna del barroco misional. Hoy el pueblo combina ese legado con la vida ganadera y quesera de la región y con un creciente turismo cultural y de naturaleza, manteniendo viva, más de tres siglos después de su fundación, la herencia de la primera misión de Chiquitos.