La cordillera del Tunari domina el horizonte septentrional del valle de Cochabamba, alzándose como un telón de montañas que separa la fértil hoya cochabambina de las regiones más altas y, hacia el norte, del descenso al trópico. Su cumbre principal, el cerro Tunari, con algo más de 5.000 metros de altitud, es el punto más elevado del departamento y un referente visual permanente para los habitantes del valle.
Como otras grandes montañas de los Andes, el Tunari ha tenido un peso simbólico en la cultura de la región. En la cosmovisión andina, los cerros tutelares —los 'apus' o 'achachilas'— son entidades protectoras ligadas al agua, la fertilidad y la vida de las comunidades. La cordillera que abraza Cochabamba, fuente de los ríos y las lluvias que dan vida al valle, encaja en esa concepción de las montañas como guardianas del bienestar de la gente.
Desde el punto de vista natural, la cordillera del Tunari es esencial para Cochabamba: en sus alturas nacen las aguas que alimentan el valle, y sus laderas regulan el clima y el régimen hídrico de la región. Esta importancia ecológica e hidrológica sería, con el tiempo, una de las razones de fondo para su protección como parque nacional.
El Parque Nacional Tunari nació de una emergencia muy concreta: las inundaciones. Año tras año, durante la temporada de lluvias, los torrentes que bajaban de la cordillera —potenciados por la erosión y la deforestación de las laderas— anegaban los municipios al norte de Cochabamba, causando daños recurrentes a la ciudad y sus alrededores. Para frenar ese problema, el 30 de marzo de 1962 el gobierno de Víctor Paz Estenssoro promulgó el Decreto Supremo N.º 6045, declarando parque nacional la franja de montaña situada al norte de la ciudad. Un año y medio después, el 4 de noviembre de 1963, esa protección se consolidó a rango de ley mediante la Ley N.º 253, dándole al Tunari una base jurídica más sólida y duradera.
Curiosamente, el nombre mismo del parque tiene un origen botánico: en quechua, 'Tunari' se interpreta como 'lugar donde abundan las tunas' o 'sembrado de nopal', en referencia a los cactus (tunas u opuntias) que crecían en las laderas más bajas y secas de la cordillera. Es un nombre que evoca la vegetación original de estas montañas antes de que las plantaciones de pinos y eucaliptos, introducidas después para frenar la erosión, cambiaran buena parte del paisaje visible desde Cochabamba.
Con el correr de las décadas, el parque fue ampliado de manera notable, extendiéndose sobre una vasta superficie de la cordillera —hoy repartida entre las provincias de Ayopaya, Cercado, Quillacollo, Chapare y Tapacarí— para abarcar no solo la zona próxima a la ciudad, sino también amplias áreas de alta montaña, lagunas glaciares y páramos. En su parte baja se desarrollaron programas de forestación y se habilitaron espacios de recreación para la población, mientras que la gestión del área ha debido lidiar, de forma constante, con los desafíos propios de un parque que bordea una gran ciudad en expansión: asentamientos informales, incendios forestales y la presión por el uso de sus recursos hídricos.
Hoy el Parque Nacional Tunari es, a la vez, el gran pulmón verde y la montaña de Cochabamba. Su zona baja, accesible y cercana a la ciudad, funciona como un espacio de recreación al que los cochabambinos acuden a caminar, hacer deporte, disfrutar de los miradores sobre el valle y pasar el día en contacto con la naturaleza. Es uno de los lugares de esparcimiento más queridos de la región.
Su zona alta, en cambio, ofrece un escenario de alta montaña: la ascensión al cerro Tunari, las lagunas de origen glaciar, los páramos y la fauna andina atraen a senderistas y montañistas. Este contraste entre una parte baja urbana y recreativa y una parte alta agreste y montañosa es uno de los rasgos distintivos del parque, que en pocos kilómetros pasa del bullicio de la ciudad al silencio de las cumbres.
Sin embargo, esa cercanía con una ciudad de más de un millón de habitantes en su área metropolitana también es la mayor amenaza que enfrenta el parque. Investigaciones y reportes periodísticos de las últimas décadas han documentado el avance de loteamientos y asentamientos informales sobre las laderas protegidas, así como incendios forestales recurrentes en la temporada seca que destruyen buena parte de la cobertura vegetal año tras año. Organizaciones ambientales y la propia gestión del área han señalado que, más de sesenta años después de su creación, los trabajos de control, reforestación y saneamiento de límites siguen resultando insuficientes frente a la presión urbana de la región metropolitana de Cochabamba (a veces referida como 'Kanata').
El Parque Tunari condensa así la relación, no siempre sencilla, entre Cochabamba y su cordillera: la montaña que provee el agua, regula el clima, ofrece recreación y marca la identidad paisajística del valle, pero que también debe defenderse activamente del crecimiento de la misma ciudad a la que protege. Conservarlo es, para Cochabamba, cuidar al mismo tiempo su naturaleza, su suministro de agua y su espacio de disfrute al aire libre para las generaciones futuras.
Aunque el Parque Tunari es conocido sobre todo por su cordillera y su rol hídrico, su valor natural se completa con una flora y una fauna de altura notables. En sus distintos pisos ecológicos —de las laderas con bosques plantados de pinos y eucaliptos a la puna y el páramo de las cumbres— conviven especies adaptadas al frío, la altitud y la sequedad del ambiente andino.
Su joya botánica es la Puya Raimondi (titanka), considerada la mayor planta del mundo en su tipo: una bromelia gigante que crece lentamente durante décadas y, al final de su vida, emite una espectacular inflorescencia que puede superar los diez metros de altura, con miles de flores, antes de morir. Los rodales de Puya Raimondi del Tunari son un patrimonio natural singular y un espectáculo botánico que pocos ecosistemas del planeta ofrecen.
En cuanto a la fauna, las alturas del parque albergan aves andinas, vizcachas, zorros y otros animales adaptados a la puna, además de la vida que se concentra en torno a las lagunas glaciares. Esta biodiversidad de altura, sumada a su función como reservorio de agua, refuerza la importancia de conservar el Tunari no solo como pulmón recreativo de Cochabamba, sino como un ecosistema andino de valor propio, vulnerable a los incendios, el avance urbano y el cambio climático.