Durante buena parte del siglo XX, la única forma de llegar por tierra al Pantanal Boliviano fue subirse a un tren al que los propios bolivianos rebautizaron 'el tren de la muerte'. El nombre no era exageración publicitaria: se lo ganó a pulso durante la construcción del ferrocarril, cuando cientos de obreros murieron de fiebre amarilla y enfermedades tropicales abriendo la trocha entre Santa Cruz y Puerto Suárez; después, ya en operación, el convoy se usó para evacuar a enfermos de la selva con una mortalidad altísima en el trayecto, y en los años 50 los pasajeros que no pagaban boleto viajaban sobre el techo, donde no faltaban los que se quedaban dormidos y caían a los barrancos junto a la vía. Hoy ese tren —modernizado, reactivado en 2026 como ferrobús turístico y de pasajeros— ya no mata a nadie, pero su nombre sigue recordando lo remoto, exigente y fronterizo que fue siempre este rincón de Bolivia: la puerta de entrada al hogar boliviano del jaguar, el mayor félido de América.
El Pantanal Boliviano no se entiende sin el Gran Pantanal, uno de los humedales tropicales más grandes y biodiversos del planeta. Se extiende por una vasta llanura compartida entre Brasil, Bolivia y Paraguay, en la cuenca alta del río Paraguay, y abarca cientos de miles de kilómetros cuadrados de pantanos, sabanas inundables, lagunas, ríos y bosques. Bolivia posee la porción suroccidental de este inmenso sistema.
Lo que define al Pantanal es su dinámica de inundación. Cada año, durante la temporada de lluvias, los ríos se desbordan y anegan enormes superficies, transformando la llanura en un gigantesco mosaico de agua. En la estación seca, las aguas se retiran lentamente, dejando lagunas, charcos y pastizales donde la fauna se concentra de manera espectacular. Ese pulso anual de crecida y bajante es el motor de una de las mayores concentraciones de vida silvestre de América.
A diferencia de la selva amazónica cerrada, el Pantanal es un paisaje más abierto, de agua y horizonte, lo que lo convierte en uno de los mejores lugares del continente para observar fauna: aquí los animales no se esconden bajo un dosel impenetrable, sino que se reúnen junto al agua, a la vista. Esa riqueza, sumada a su carácter remoto y poco explotado en el lado boliviano, hace del Pantanal de Bolivia un destino de naturaleza salvaje y excepcional.
La biodiversidad del Pantanal Boliviano es uno de sus mayores tesoros. Solo el Parque Nacional Otuquis alberga cifras impresionantes: se han registrado en él alrededor de 262 especies de plantas, 72 de mamíferos, 340 de aves, 55 de anfibios, 66 de reptiles y 169 de peces. Esos números dan idea de la abundancia y variedad de vida que sostiene el humedal.
Entre los mamíferos destaca el jaguar, el mayor felino de América y uno de los símbolos del Pantanal, que encuentra en estos humedales uno de sus refugios. También habitan capibaras (los roedores más grandes del mundo), el ciervo de los pantanos —especie emblemática y amenazada—, monos, lobitos de río, tapires y pecaríes, entre muchos otros. Los reptiles están representados sobre todo por los caimanes (yacarés), que pueblan lagunas y ríos en gran número.
La avifauna es uno de los grandes atractivos para los naturalistas: garzas, espátulas, el imponente tuyuyú (jabirú), martín pescadores, rapaces y una infinidad de especies acuáticas y de sabana hacen del Pantanal un destino soñado para la observación de aves. Esta riqueza convierte a Otuquis y San Matías en piezas clave para la conservación de la biodiversidad sudamericana, y en un escenario único para el ecoturismo de fauna.
La protección formal del Pantanal Boliviano se concretó en 1997, un año clave para la conservación del humedal. El 31 de julio de ese año, mediante el Decreto Supremo Nº 24762, se creó el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Otuquis, en el extremo sureste de Santa Cruz, en las provincias Germán Busch y Cordillera, junto a las fronteras con Brasil y Paraguay.
Otuquis abarca una superficie total cercana a 1.005.950 hectáreas (unos 10.060 km²), de las cuales la mayor parte corresponde a la categoría de parque nacional —de máxima protección— y una porción menor al área natural de manejo integrado, que permite usos compatibles con la conservación. El área es una fuente y reservorio fundamental de agua dulce y un hábitat esencial para la fauna y flora del Pantanal.
Ese mismo año se estableció también el Área Natural de Manejo Integrado San Matías, más al norte, con una extensión de unos 2,9 millones de hectáreas, lo que la convirtió en la segunda área protegida más grande de Bolivia. San Matías protege la transición entre el Pantanal, el cerrado y el bosque chiquitano, e integra a poblaciones locales en el manejo del territorio. Juntas, Otuquis y San Matías conforman el gran escudo de conservación del Pantanal Boliviano, bajo la administración del Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP).
La región del Pantanal Boliviano ha sido históricamente una frontera remota y dura: tierra de ganadería extensiva, de comunidades dispersas y de una conexión profunda con el mundo fluvial del río Paraguay. Las localidades de Puerto Suárez y Puerto Quijarro, junto a la laguna Cáceres y el canal Tamengo, frente a la brasileña Corumbá, se consolidaron como las puertas de entrada a esta esquina del país, ligadas también al comercio y al transporte fluvial.
Durante mucho tiempo, el acceso al Pantanal estuvo marcado por la dificultad: caminos que se inundan, grandes distancias y escasa infraestructura. El célebre tren oriental que une Santa Cruz con la frontera —el 'tren de la muerte'— fue durante décadas una de las pocas vías de conexión, y llegó a suspender por completo el servicio de pasajeros. Tras seis años sin operar, el ferrobús Santa Cruz–Puerto Quijarro se reactivó recién en 2026, con un servicio semanal que corre los viernes por la noche y llega a destino al día siguiente, devolviendo a los viajeros una alternativa económica al avión para llegar a las puertas del Pantanal. Esa lejanía histórica, sin embargo, ayudó a preservar el carácter salvaje del humedal.
En las últimas décadas, el Pantanal Boliviano empezó a desarrollar un ecoturismo incipiente, con operadores que ofrecen safaris de fauna, observación de aves y paseos por lagunas y canales. Los sitios con mayor potencial se concentran cerca de Puerto Suárez (laguna Cáceres, miradores, cuevas de Motacucito, canal Tamengo). El desafío hacia el futuro es desarrollar ese turismo de manera sostenible, que genere beneficios para las comunidades locales y, al mismo tiempo, garantice la conservación de uno de los humedales más valiosos del planeta.