Cuenta la leyenda de las comunidades ribereñas del Beni que, en las noches de luna llena, sobre todo durante las fiestas de junio, el bufeo rosado sale del río Yacuma convertido en un hombre apuesto, vestido de blanco y con un sombrero que le tapa el espiráculo escondido en la nuca. Baila toda la noche en la fiesta del pueblo, seduce a la joven más linda y, antes del amanecer, desaparece de vuelta en el agua sin dejar rastro. Al 'boto encantado' se le atribuyen, todavía hoy, embarazos sin padre conocido, y por respeto y temor a esa leyenda, en muchas comunidades amazónicas matar a un delfín rosado se considera de mal augurio. Ese mito centenario explica, en parte, por qué el animal más fotografiado de las Pampas del Yacuma sigue nadando tan cerca de los botes turísticos: durante siglos, antes de que existiera el ecoturismo, ya lo protegía la superstición.
Las Pampas del Yacuma forman parte de uno de los ecosistemas más singulares de Sudamérica: las grandes sabanas inundables del Beni, en el extremo suroccidental de la cuenca amazónica. A diferencia de la selva cerrada, aquí dominan vastas llanuras de pastizales salpicadas de 'islas' de bosque, lagunas, curichis (humedales) y ríos serpenteantes, en una región tan plana que cada año cambia radicalmente de aspecto según la estación.
El gran modelador del paisaje es el agua. Durante la temporada de lluvias (aproximadamente de diciembre a marzo), los ríos —entre ellos el Yacuma— se desbordan y anegan enormes superficies, transformando la sabana en un inmenso espejo de agua. En la estación seca (de mayo a octubre/noviembre), las aguas se retiran, el río baja, aparecen playas y lagunas aisladas, y la vida se concentra en torno a los cursos de agua que quedan. Este pulso anual de inundación y sequía es la clave de la extraordinaria fertilidad y biodiversidad de la región.
Este tipo de paisaje se inscribe en la gran región de los Llanos de Moxos, una de las mayores planicies inundables tropicales del planeta. La combinación de sabana, bosque de galería a lo largo de los ríos y humedales crea una enorme variedad de hábitats, lo que explica la abundancia y la facilidad con que se observa la fauna: en las pampas, los animales no se esconden en una selva impenetrable, sino que se concentran a la vista, junto al agua.
Si algo distingue a las Pampas del Yacuma es la asombrosa concentración y visibilidad de su fauna. El río Yacuma y sus lagunas son el hábitat de numerosas especies emblemáticas de la Amazonía, que en la estación seca se reúnen junto al agua y permiten avistamientos que en la selva cerrada serían casi imposibles.
Entre los protagonistas están los delfines rosados de río (bufeos), una de las especies más queridas y características de la región; los caimanes negros y los yacarés, que se asolean por decenas en las orillas; las capibaras, los roedores más grandes del mundo, que pastan en grupos familiares; y las temidas y fascinantes anacondas, que cuando hace calor salen a la superficie o se enroscan en los árboles. A ellos se suman monos aulladores rojos, capuchinos y silbadores, perezosos, pirañas rojas, tortugas de río y una espectacular variedad de aves: espátulas rosadas, jabirúes, garzas, martín pescadores, tucanes y rapaces.
El bufeo del Yacuma merece un capítulo aparte. La ciencia reconoce en esta cuenca a una población de delfín de río considerada por buena parte de los especialistas como una subespecie o incluso especie propia, Inia boliviensis, distinta de la Inia geoffrensis que habita el resto de la cuenca amazónica: una rareza biológica que convierte a las pampas bolivianas en el hogar de uno de los cetáceos de agua dulce más singulares del planeta. A esa singularidad científica se suma el peso cultural del animal en la mitología ribereña, donde el bufeo es protagonista del mito del 'boto encantado' que se transforma en hombre las noches de luna llena: una creencia que, lejos de ser un simple cuento, funcionó durante generaciones como una forma de protección informal de la especie, ya que en muchas comunidades matar a un delfín rosado se considera un acto de mal augurio.
Esta riqueza convierte a las pampas en uno de los mejores lugares de Bolivia —y de la Amazonía— para la observación de fauna silvestre. La facilidad de los avistamientos, sumada a la cercanía de Rurrenabaque, hizo que la región se transformara en un destino turístico de primer orden, complementario de la experiencia de selva del vecino Parque Nacional Madidi.
Las llanuras del Beni no son un territorio vacío: fueron habitadas durante milenios por pueblos indígenas amazónicos, que desarrollaron formas sofisticadas de adaptación a este medio de aguas cambiantes. Las investigaciones arqueológicas en los Llanos de Moxos han revelado antiguos sistemas de camellones, terraplenes, canales y lomas artificiales que permitían cultivar y vivir en una llanura que se inunda cada año, testimonio de sociedades precolombinas que manejaron el paisaje con notable ingenio.
Con la colonización y los siglos posteriores, la región se fue integrando a la economía ganadera. Las grandes sabanas del Beni se convirtieron en tierra de haciendas y estancias dedicadas a la cría de ganado, aprovechando los pastos naturales de la llanura. Santa Rosa de Yacuma, en la provincia General José Ballivián, creció como localidad ligada a esa actividad y a la vida ribereña del río Yacuma, en una zona remota y de difícil acceso de la Amazonía boliviana.
Durante mucho tiempo, las pampas fueron sobre todo un territorio productivo y de fauna abundante, conocido por su riqueza natural pero poco visitado. La cercanía de Rurrenabaque —que se fue consolidando como puerta de entrada a la Amazonía boliviana— y el creciente interés por el ecoturismo cambiarían ese panorama a partir de fines del siglo XX y comienzos del XXI.
El reconocimiento formal del valor natural de las pampas llegó en 2007. Mediante una ordenanza municipal de Santa Rosa de Yacuma, se creó el 8 de julio de ese año el Área Protegida Municipal Pampas del Río Yacuma, con una superficie de más de 600.000 hectáreas. El objetivo era doble: conservar la extraordinaria biodiversidad de la región y ordenar la creciente actividad turística, garantizando que el aprovechamiento del paisaje fuera sostenible y beneficiara a las comunidades locales.
La creación del área protegida coincidió con el despegue de Rurrenabaque como capital del turismo amazónico de Bolivia. Desde este pueblo a orillas del río Beni se organizan los tours a las pampas y a la selva del Parque Nacional Madidi, y se desarrolló toda una infraestructura de operadores, guías, ecolodges y servicios. Las pampas, por la facilidad de los avistamientos, se convirtieron en uno de los destinos más buscados, especialmente el tour clásico de tres días que navega el río Yacuma desde Santa Rosa.
Hoy, las Pampas del Yacuma combinan conservación, turismo y vida local. El reto permanente es equilibrar la afluencia de visitantes con la protección de la fauna: prácticas responsables en el avistamiento de delfines y caimanes, manejo de residuos y participación de las comunidades. Bien gestionado, este turismo de naturaleza es una herramienta poderosa para preservar uno de los paisajes amazónicos más vivos y accesibles de Sudamérica.