Desde cien kilómetros de distancia, en los días claros del altiplano, se distingue una silueta blanca que parece flotar sobre el horizonte: es el Nevado Sajama, la montaña más alta de Bolivia, un estratovolcán inactivo que se eleva hasta unos 6.542 metros sobre el nivel del mar. Se alza solitario —sin cordillera que lo acompañe— sobre el altiplano occidental, en el departamento de Oruro, cerca de la frontera con Chile, dominando un paisaje de páramo de gran altitud que se extiende en todas direcciones.
Como estratovolcán, el Sajama se formó a lo largo de milenios por la acumulación de sucesivas erupciones de lava y materiales volcánicos, en una región andina de intensa actividad geológica producto del choque de placas tectónicas. Aunque hoy se considera inactivo, la actividad geotérmica del subsuelo sigue manifestándose en los alrededores en forma de aguas termales, géiseres y fumarolas, recordatorios de las fuerzas que dieron origen a la montaña.
El Sajama no está solo en este paisaje de gigantes: hacia el oeste, en la línea fronteriza con Chile, se alzan los volcanes gemelos Payachatas —Parinacota y Pomerape—, formando un conjunto de altísimas cumbres nevadas que hacen de la región uno de los escenarios de montaña más espectaculares de los Andes. La altitud extrema, el aire transparente del altiplano y la nieve perpetua de las cumbres crean un entorno de belleza sobrecogedora y condiciones muy exigentes para la vida.
Para los pueblos aymaras que habitan el altiplano occidental, el Sajama nunca fue solo una montaña: fue, y sigue siendo, una entidad sagrada. En la cosmovisión andina, las grandes montañas son considerados 'Apus' o 'Achachilas', espíritus protectores, ancestros y deidades tutelares que velan por las comunidades, controlan el clima y la fertilidad, y a los que se debe respeto y ofrendas. El Sajama, por ser la cumbre más alta y dominante de la región, ocupa un lugar especialmente venerado en esa geografía sagrada.
Esta sacralidad se expresa en ritos y ofrendas (las 'wajt'as' o 'mesas') que las comunidades dedican a la montaña y a la Pachamama (la Madre Tierra), pidiendo protección, buenas cosechas y bienestar. Es una relación espiritual con el paisaje que se mantiene viva hasta hoy, entrelazada con elementos del catolicismo en el característico sincretismo andino.
La región del Sajama está habitada desde tiempos prehispánicos por poblaciones aymaras, y conserva además importantes vestigios arqueológicos. Entre ellos destacan las 'chullpas', torres funerarias de piedra o adobe donde se enterraba a personajes importantes en época preincaica e inca, y que salpican el altiplano de la zona. La presencia humana y la veneración de la montaña son, así, muy anteriores a cualquier interés deportivo o turístico: el Sajama es, antes que nada, una montaña de los pueblos que viven a sus pies.
Uno de los enigmas arqueológicos más fascinantes —y menos conocidos— de la región son las llamadas 'líneas de Sajama' (Sajama Lines). Se trata de una inmensa red de senderos rectos trazados sobre el altiplano, que se extienden por una superficie enorme en torno al volcán. Son líneas hechas removiendo la oscura capa superficial del suelo para dejar al descubierto el terreno más claro de debajo, formando trazos rectilíneos que conectan puntos del paisaje a lo largo de kilómetros y kilómetros.
Lo asombroso es su extensión. Por la superficie total que abarcan, algunos investigadores las han descrito como una de las mayores obras de su tipo del mundo, comparable o incluso superior en escala a las célebres líneas de Nazca de Perú, aunque mucho menos conocida. A diferencia de Nazca, las líneas de Sajama no forman figuras de animales, sino una densa malla de senderos rectos.
Su origen y función se atribuyen a las poblaciones indígenas de la región, que las habrían trazado y mantenido a lo largo de muchos siglos. La interpretación más aceptada las relaciona con caminos rituales y de peregrinación: senderos que conectaban lugares sagrados, aldeas, chullpas y santuarios, recorridos en procesiones y peregrinaciones. La precisión con que mantenían la línea recta a través de un terreno accidentado, durante distancias tan largas, sigue impresionando. Son un testimonio del profundo vínculo entre estas culturas, el paisaje y lo sagrado.
En 1939, las autoridades bolivianas crearon el Parque Nacional Sajama, que tiene el honor de ser el primer parque nacional de la historia de Bolivia. La decisión buscaba proteger no solo el imponente volcán, sino también un tesoro botánico singular: los bosques de queñua de la especie Polylepis tarapacana, considerados los bosques arbóreos más altos del mundo, ya que crecen en las faldas del volcán hasta cerca de los 5.000 metros de altitud.
La queñua es un árbol extraordinariamente adaptado a las condiciones extremas del altiplano: tolera el frío intenso, la radiación solar y la escasez de oxígeno, con su tronco retorcido y su corteza rojiza que se descascara en láminas para protegerse de las heladas. Que existan bosques arbóreos a semejante altura es un fenómeno botánico único en el planeta, y su conservación fue una de las grandes razones de ser del parque.
Más allá de los bosques, el Parque Nacional Sajama protege un ecosistema altiplánico completo: lagunas y bofedales (humedales de altura), campos geotérmicos con géiseres y aguas termales, y una fauna que incluye vicuñas, vizcachas, zorros andinos, flamencos y diversas aves de altura. Su creación, tan temprana, refleja el valor que ya entonces se reconocía a este rincón del altiplano. Hoy, el parque combina la protección ambiental con el turismo y la participación de las comunidades aymaras locales, que viven en su interior y forman parte de su gestión.
El interés deportivo por el Sajama como objetivo de montañismo se desarrolló a lo largo del siglo XX. La primera ascensión documentada a la cumbre la lograron en 1939 los alpinistas austríacos Josef Prem y Wilfrid Kühm, por la exigente arista sureste; el propio Prem lo había intentado ya en 1927 por la arista noroeste, quedándose a unos 6.200 metros. La conquista coincidió, significativamente, con el año de creación del parque. Desde entonces, alcanzar la cima de la montaña más alta de Bolivia se convirtió en una meta codiciada para los montañistas de todo el mundo.
El ascenso al Sajama es una empresa seria de alta montaña: implica nieve y hielo, altitud extrema, frío severo y un esfuerzo físico considerable. Requiere experiencia, una aclimatación cuidadosa a la altura durante varios días, equipo técnico adecuado y, normalmente, el apoyo de guías especializados y campamentos de altura. No es una excursión, sino una escalada que demanda preparación y respeto por la montaña.
En la actualidad, el Nevado Sajama es a la vez un símbolo natural de Bolivia, un destino de montañismo de primer nivel y un área protegida de gran valor ecológico y cultural. Las comunidades aymaras que habitan el parque —como el pueblo de Sajama— combinan su modo de vida tradicional, ligado al pastoreo y la agricultura de altura, con la participación en el turismo y la conservación: guían a los visitantes, gestionan alojamientos y termas y cuidan el patrimonio. Así, la historia del Sajama sigue escribiéndose en el cruce entre la montaña sagrada de los antiguos, el desafío de los montañistas y el esfuerzo por preservar uno de los paisajes más extraordinarios de los Andes. La historia continúa, como las nieves de su cumbre, en lo más alto de Bolivia.