En 1972, en un altillo polvoriento de la iglesia de Concepción, el arquitecto suizo Hans Roth encontró algo que nadie esperaba: más de cinco mil páginas de partituras barrocas, escritas a mano hacía más de dos siglos, apiladas entre termitas y humedad. No eran copias europeas cualquiera: eran misas, motetes y óperas compuestas o transcritas por indígenas chiquitanos entrenados por los propios jesuitas, un repertorio que se creía perdido para siempre. Ese hallazgo cambió la historia de la región: de pueblos de iglesias desvencijadas y semiolvidadas, Chiquitos pasó a ser reconocido como uno de los grandes santuarios del barroco americano, vivo todavía en las voces y los instrumentos de sus descendientes.
La historia había empezado casi tres siglos antes. A fines del siglo XVII, la Compañía de Jesús emprendió en la región de Chiquitos, en el oriente del actual territorio boliviano, una de las grandes empresas misionales de la América colonial. Entre 1691 y mediados del siglo XVIII, los jesuitas fundaron una serie de pueblos misionales —San Francisco Javier (la primera, en 1691), Concepción, San Rafael, San José, San Miguel, San Ignacio, Santa Ana y otros— destinados a evangelizar y reunir en comunidades a los diversos pueblos indígenas de la región, entre ellos los propios chiquitanos, los chiquitos y otros grupos de las tierras bajas.
Estos pueblos, conocidos como 'reducciones', eran comunidades cuidadosamente organizadas en torno a una gran plaza, con la iglesia, los talleres, las viviendas y las áreas comunales. En ellas, los jesuitas combinaban la enseñanza religiosa con el aprendizaje de oficios, la agricultura, la música y las artes, en un modelo que buscaba una notable autonomía económica y social. Las reducciones de Chiquitos llegaron a ser prósperas y relativamente autosuficientes, con talleres de carpintería, herrería, tejido y, sobre todo, de fabricación de instrumentos musicales.
Un rasgo distintivo de las misiones chiquitanas fue la integración de la cultura europea con las tradiciones de los pueblos indígenas. Esa fusión se expresó de manera extraordinaria en la arquitectura y, sobre todo, en la música: los indígenas chiquitanos aprendieron y dominaron la música barroca europea, y los talleres misionales produjeron y conservaron un riquísimo repertorio de partituras, dando origen a una tradición musical única que, contra todo pronóstico, pervive hasta hoy en escuelas, coros y orquestas infantiles de la región.
Buena parte del esplendor artístico de las misiones de Chiquitos se debe a una figura singular: el jesuita suizo Martín Schmid (1694-1772), nacido en Baar, cantón de Zug, sacerdote, arquitecto, músico y constructor de órganos que llegó a Chiquitos en 1730 y permaneció allí 37 años, hasta la expulsión de la orden en 1767. A él se atribuye el diseño de varias de las grandes iglesias misionales —entre ellas San Francisco Javier, San Rafael de Velasco y Concepción— y la organización completa de la vida musical de las reducciones. Schmid encarnó como pocos la idea jesuítica de evangelizar a través de la belleza, el arte y la música.
Su primera tarea en San Javier, apenas llegado, fue introducir la polifonía barroca: trajo copias de las partituras del compositor italiano Domenico Zipoli desde Córdoba (en la actual Argentina, otro gran centro musical jesuítico) y un órgano desarmado desde Potosí que usó como modelo para construir instrumentos propios en los talleres misionales. Con los años, Schmid formó luthiers, organistas y copistas entre los chiquitanos, y los talleres de las reducciones llegaron a fabricar violines, arpas, órganos y otros instrumentos con una calidad que sorprendía a los propios visitantes europeos de la época.
Las iglesias que proyectó dieron forma a un estilo propio, conocido como 'barroco mestizo' o 'barroco chiquitano': templos de planta basilical construidos sobre todo en madera, con grandes columnas torneadas de cuchi (una madera local durísima), techos de armadura, fachadas decoradas y, sobre todo, una profusa ornamentación interior de retablos dorados, púlpitos, pinturas murales y motivos que mezclaban el repertorio barroco europeo con elementos de la flora, la fauna y la sensibilidad indígenas. El resultado fue una arquitectura sacra única en América, perfectamente adaptada a los materiales y al clima del oriente boliviano.
En lo musical, Schmid y otros jesuitas enseñaron a los chiquitanos el canto, los instrumentos y la composición barroca, y los talleres misionales llegaron a producir instrumentos y a copiar y crear partituras propias, con autores indígenas que llegaron a componer sus propias misas y motetes siguiendo el estilo aprendido. Esa labor sentó las bases del extraordinario patrimonio musical que, conservado casi por azar en los archivos misionales durante dos siglos, sería redescubierto en el siglo XX y devolvería a Chiquitos su fama mundial como tierra del barroco vivo.
En 1767, el rey Carlos III de España decretó la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios de la corona, una medida que afectó a las misiones de toda la América española, incluidas las de Chiquitos. Martín Schmid, ya anciano, tuvo que abandonar los pueblos que había construido y regresó a Europa, donde murió en 1772. La partida de los jesuitas supuso un duro golpe para las reducciones, que perdieron a sus organizadores y guías y quedaron bajo la administración de otras autoridades religiosas y civiles.
Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido con las célebres misiones guaraníes del Paraguay, Argentina y Brasil —que tras la expulsión se despoblaron y arruinaron, quedando reducidas a vestigios de piedra cubiertos de maleza—, los pueblos de Chiquitos lograron perdurar. Sus comunidades indígenas siguieron habitando las misiones, conservando sus iglesias, sus tradiciones y, de manera notable, su patrimonio musical, lo que permitió que el legado jesuítico sobreviviera de forma viva hasta nuestros días, aunque con templos cada vez más deteriorados por la humedad, las termitas y el paso de dos siglos.
Esta continuidad es lo que hace excepcionales a las misiones chiquitanas: no son ruinas arqueológicas, sino pueblos vivos con templos en uso. El punto de inflexión llegó en 1972, cuando otro suizo, el arquitecto Hans Roth, se instaló en Concepción para dirigir un ambicioso programa de restauración. Roth y su equipo no solo apuntalaron y recuperaron las estructuras de madera de las iglesias: en el proceso hallaron, guardados en altillos y depósitos, más de cinco mil folios de partituras manuscritas de los siglos XVII y XVIII, hoy conservados en el Archivo Musical de Chiquitos, en Concepción, junto con restos de los instrumentos originales que hoy exhibe el Museo Arquidiocesano de la misma localidad. Ese doble hallazgo —arquitectónico y musical— fue el que permitió, años después, la declaratoria de la Unesco.
El valor excepcional de las misiones chiquitanas fue reconocido por la Unesco en 1990, cuando inscribió en la lista de Patrimonio Mundial el conjunto de seis misiones: San Francisco Javier, Concepción, Santa Ana, San Miguel, San Rafael y San José de Chiquitos. La distinción reconoce tanto el valor arquitectónico de las iglesias —ejemplos sobresalientes del barroco misional, en su mayoría de madera y profusamente decoradas— como su singularidad de ser un conjunto vivo, fruto del encuentro entre la cultura europea y la indígena.
Uno de los legados más vibrantes de las misiones es su tradición musical. Los archivos misionales conservaron un valiosísimo repertorio de música barroca, y las comunidades mantuvieron viva la práctica musical a lo largo de generaciones. Este patrimonio sonoro se celebra hoy en el Festival Internacional de Música Barroca 'Misiones de Chiquitos', que cada dos años llena las iglesias misionales de conciertos y atrae a músicos y público de todo el mundo, convirtiendo al barroco en una experiencia presente y emocionante.
Hoy las Misiones Jesuíticas de Chiquitos son uno de los grandes tesoros culturales de Bolivia y un destino que combina historia, arte, espiritualidad y música. Recorrer sus pueblos y entrar en sus iglesias decoradas es asomarse a una de las experiencias más extraordinarias del periodo colonial americano: la de una utopía misional que, contra todo pronóstico, sigue viva en el corazón del oriente boliviano.