Un despertar cualquiera en La Paz: el sol todavía no pega fuerte, la ciudad empieza a moverse en la hondonada donde vive apretada desde hace casi cinco siglos, y ahí está, siempre ahí, la mole de hielo que corona el horizonte oriental. No hace falta salir a buscarlo: el Illimani se impone solo, como si vigilara cada movimiento de la capital más alta del mundo. Con sus 6.438 metros de cumbre principal, es una de esas montañas que no se olvidan una vez que se las ha visto de cerca, y que explican, mejor que cualquier libro de historia, por qué La Paz es la ciudad que es.
El Nevado Illimani es la cumbre más alta de la Cordillera Real, la espectacular cadena de montañas nevadas que se extiende al norte y al este de La Paz, separando el altiplano de los valles yungueños y de la Amazonía. Con una altitud de unos 6.438 metros en su cumbre principal (la cumbre sur), el Illimani es la segunda montaña más alta de Bolivia, solo superada por el Nevado Sajama, en el departamento de Oruro. Su nombre solo, pronunciado por cualquier paceño, evoca de inmediato la silueta blanca que se recorta contra el cielo del altiplano.
A diferencia del Sajama, que es un volcán solitario y aislado en medio de la puna, el Illimani forma parte de un macizo de varias cumbres alineadas y coronadas de glaciares —Pico Sur, Pico Norte, Pico Central y Pico Layca Khollu son algunos de los nombres que reciben sus puntas—, un conjunto imponente que se alza directamente sobre la cuenca de La Paz. Esa cercanía a la ciudad —que está a sus pies, a unos 3.600 metros de altitud— hace que el Illimani sea una presencia visual constante y dominante, lo que ha forjado su vínculo único con la capital: no hay mirador, terraza, ventana de oficina o patio de escuela en la zona este y sur de La Paz desde donde no se lo pueda ver.
Geológicamente, la Cordillera Real es una cordillera de origen tectónico (no volcánico), formada por el levantamiento de los Andes a lo largo de millones de años, con rocas antiguas —esquistos, granitos— modeladas por la acción de los glaciares a lo largo de las eras. Los glaciares del Illimani, como los de toda la cordillera, son además una fuente de agua importante para la región: alimentan quebradas y ríos que descienden hacia La Paz y El Alto, ciudades que dependen en buena medida del deshielo andino para su abastecimiento. Sin embargo, como ocurre en los Andes tropicales, estos glaciares vienen retrocediendo notablemente por el cambio climático, un fenómeno que preocupa a científicos y comunidades por igual, y que ya se nota a simple vista comparando fotografías de la montaña de distintas décadas.
Mucho antes de que existiera la ciudad de La Paz, los pueblos aymaras del altiplano veneraban al Illimani como una montaña sagrada. En la cosmovisión andina, las grandes montañas son 'Achachilas' o 'Apus': espíritus protectores, ancestros y deidades tutelares que cuidan de las comunidades, regulan las aguas y el clima y reciben ofrendas y respeto. El Illimani, por su altura y su dominio visual sobre toda la región, ocupa un lugar central en esa geografía sagrada, y todavía hoy es objeto de devoción: no es raro encontrar mesas rituales, coca y otros pagos ofrecidos a la montaña en fechas señaladas del calendario aymara, especialmente en agosto, mes dedicado a la Pachamama y a los Achachilas en buena parte del altiplano boliviano.
El propio nombre 'Illimani' es de raíz aymara, y su significado exacto se discute entre lingüistas y cronistas. Varias interpretaciones lo relacionan con el agua, el resplandor o la luz dorada (lecturas como 'el resplandeciente', 'águila dorada' o 'agua dorada' circulan en distintas fuentes y tradiciones orales), en consonancia con la imagen de sus nieves brillando al sol del altiplano en las primeras horas del día, aunque no existe una etimología única y aceptada por todos los especialistas. Esa misma ambigüedad, lejos de restarle fuerza al nombre, alimenta el aura casi mítica que rodea a la montaña.
Cuando los españoles fundaron Nuestra Señora de La Paz el 20 de octubre de 1548, comandados por el capitán Alonso de Mendoza, lo hicieron en una cuenca protegida a los pies del Illimani, aprovechando el paso obligado entre el altiplano y los yungas. Desde entonces, la montaña quedó indisolublemente ligada a la identidad de la ciudad. El Illimani aparece en el escudo de armas de La Paz y es un motivo recurrente en su cultura, su arte, su música (compositores y grupos folclóricos bolivianos le han dedicado canciones) y su imaginario colectivo. Para los paceños, ver el Illimani cada día, contemplar cómo el atardecer tiñe sus nieves de rosa y naranja, es parte de lo que significa vivir en su ciudad: la montaña sagrada de los antiguos se convirtió también en el gran símbolo de la urbe moderna, presente en logos institucionales, murales, postales y en el orgullo cotidiano de cualquier paceño que lo señala a los visitantes como si presentara a un miembro más de la familia.
El interés del montañismo internacional por el Illimani llegó a finales del siglo XIX, en la gran época de la exploración alpina de las cordilleras del mundo, cuando expediciones europeas recorrían Sudamérica, África y Asia buscando las últimas grandes cumbres vírgenes del planeta. La primera ascensión documentada a la cumbre principal del Illimani se atribuye al célebre alpinista y explorador británico sir William Martin Conway, quien en septiembre de 1898 lideró una expedición a la montaña acompañado de guías alpinos suizos, entre ellos Antoine Maquignaz. Fue una de las primeras grandes incursiones del alpinismo europeo en los Andes bolivianos, en una época en que llegar hasta La Paz ya era en sí mismo una expedición de semanas.
Conway era una figura destacada del montañismo de su tiempo: había explorado los Alpes, el Karakórum (donde tiene una cumbre bautizada en su honor, el Pico Conway) y otras cordilleras remotas antes de poner rumbo a Bolivia, y su ascenso al Illimani se enmarcó en una gira mayor por los Andes bolivianos que incluyó también intentos y ascensos en otras cumbres de la región. Su hazaña, lograda con el equipo rudimentario de la época —sin la ropa técnica, los crampones modernos ni los mapas detallados con los que cuentan los alpinistas hoy—, refleja tanto la dificultad real de la montaña como el espíritu explorador de aquellos años, cuando cada ascenso documentado se convertía en un hito para las sociedades geográficas de Europa.
Desde entonces, el Illimani se consolidó como uno de los grandes objetivos del andinismo en Bolivia, junto al Sajama, el Huayna Potosí y otras cumbres de la Cordillera Real como el Ancohuma o el Illampu. A lo largo del siglo XX, sucesivas expediciones fueron abriendo nuevas rutas por distintas caras de la montaña, documentando variantes más técnicas junto a la denominada 'ruta normal', la más transitada hoy por las agencias de La Paz. Hasta el día de hoy, alpinistas de todo el mundo llegan a la ciudad atraídos por la posibilidad de escalar este seismil emblemático, cuya cercanía al aeropuerto y a los servicios urbanos, combinada con su exigencia técnica real, lo convierten en una meta muy codiciada —y relativamente accesible en términos logísticos— dentro del montañismo de los Andes. No es casual que muchas guías internacionales de alta montaña incluyan al Illimani, junto al Huayna Potosí, entre los seismiles 'de iniciación' para quienes buscan su primera experiencia por encima de los 6.000 metros.
Como tantas grandes montañas, el Illimani tiene también un costado trágico en su historia. Su gran altura, su cercanía a La Paz y su ubicación bajo rutas de vuelo lo convirtieron, a lo largo del siglo XX, en escenario de accidentes aéreos. El más recordado es el del vuelo 980 de Eastern Air Lines, un Boeing 727 que cubría la ruta Asunción–La Paz–Miami y que en la madrugada del 1 de enero de 1985 se estrelló contra las laderas del Illimani, con las 29 personas a bordo fallecidas. Fue una tragedia que conmocionó a Bolivia y a la aviación internacional, y que, por la dificultad de acceso a los restos en plena alta montaña —a más de 6.000 metros, entre grietas y hielo—, rodeó al accidente de un halo especialmente sombrío y misterioso: los investigadores tardaron semanas en organizar expediciones para llegar al lugar, y no fue sino hasta muchos años después que se lograron recuperar las cajas negras, en una operación de montañismo tan compleja como la propia investigación del siniestro.
Estos episodios, sumados a los riesgos propios del montañismo en sus glaciares —donde cada temporada se registran accidentes de alpinistas por caídas en grietas, avalanchas o mal de altura—, han alimentado el respeto, y a veces el temor, que la montaña inspira tanto a los paceños como a los visitantes. Para las comunidades aymaras, los accidentes y desgracias ocurridos en la montaña se interpretan a menudo en clave de la relación con el Apu, el espíritu tutelar, reforzando la idea de que el Illimani exige respeto, ofrendas y prudencia a quienes se atreven a subir sus laderas, una lectura que muchos guías de montaña locales siguen transmitiendo a sus clientes extranjeros antes de cada expedición.
El Illimani es, así, una montaña cargada de capas de significado que se han ido sumando durante siglos: la deidad protectora de los aymaras mucho antes de la llegada de los españoles, el punto de referencia que determinó dónde se fundaría la sede de gobierno de Bolivia, el símbolo amado que aparece en el escudo de La Paz, el desafío codiciado por los alpinistas desde los tiempos de Conway y el escenario de tragedias aéreas que la rodean de leyenda y misterio. Su imagen, omnipresente en el horizonte paceño desde cualquier barrio de la ciudad, condensa todo eso a la vez: la belleza sobrecogedora de la alta montaña andina y la mezcla de admiración, devoción y respeto que despierta en quienes la miran cada día, ya sea desde una oficina en el centro, un mercado de El Alto o la ventanilla de un teleférico. Hoy, mientras los glaciares retroceden por el cambio climático y la ciudad crece cada vez más arriba en sus laderas, el Illimani sigue siendo, como desde hace siglos, el guardián nevado de La Paz: la montaña que vio nacer a la ciudad y que, con toda probabilidad, seguirá presidiendo su horizonte mucho después de que las generaciones actuales hayan pasado. La historia, como el hielo que se acumula temporada tras temporada en sus laderas, sigue escribiéndose capa por capa en sus nieves.