Hay pocos lugares en el planeta donde alguien pueda desayunar en una ciudad de más de un millón de habitantes y, esa misma tarde, estar calzándose crampones a los pies de un glaciar de 6.000 metros. El Huayna Potosí es ese lugar: una montaña tan cercana a La Paz que se ve desde varios barrios de la ciudad, y tan alta que sigue siendo, siglo tras siglo, un ancestro sagrado para los pueblos que viven bajo su sombra.
El Huayna Potosí se alza en el corazón de la Cordillera Real, el imponente macizo nevado que corre sobre el altiplano paceño y separa la meseta de la vertiente amazónica. Para los pueblos aymaras que han habitado estas alturas durante siglos, los grandes nevados no son montañas cualesquiera, sino 'achachilas': montañas sagradas, ancestros protectores que velan por las comunidades, regulan las aguas y las cosechas y merecen respeto y ofrendas. En esa cosmovisión, cumbres como el Illimani, el Mururata o el propio Huayna Potosí forman parte de un paisaje espiritual tan real como el físico.
El nombre de la montaña remite a esa larga presencia de las lenguas andinas en la región. 'Huayna' significa, en quechua y aymara, 'joven', mientras que 'Potosí' se asocia con la idea de cerro o montaña que truena o estalla, la misma raíz del célebre Cerro Rico. Así, el nombre suele interpretarse como 'monte joven' o 'cerro joven', en contraste con otras cumbres vecinas. Esta toponimia andina recuerda que, mucho antes de que llegaran los montañistas, estas montañas ya tenían nombre, historia y sentido para quienes vivían a sus pies.
La Cordillera Real, con sus glaciares y lagunas, ha sido también fuente de agua y de recursos para el altiplano. Las comunidades aymaras de la zona de Zongo y de los valles cercanos han convivido durante generaciones con el nevado, aprovechando sus pastos de altura para el pastoreo y sus aguas para la agricultura y, más tarde, para la generación hidroeléctrica.
La historia del montañismo en el Huayna Potosí empezó, como en tantas grandes montañas, con una tragedia. En 1877, un grupo de seis alpinistas alemanes intentó ser el primero en coronar la cumbre, pero sin el equipo ni el conocimiento adecuados de la alta montaña andina, el intento terminó en desastre: cuatro de los escaladores murieron alrededor de los 5.600 metros, y los dos sobrevivientes, ya muy debilitados, lograron iniciar el descenso pero fallecieron de agotamiento poco después de alcanzar el valle de Zongo. Fue uno de los primeros y más duros recordatorios de que, pese a su cercanía a la ciudad, esta era una montaña seria.
Habría que esperar cuatro décadas para el desenlace feliz: en 1919, otros dos alemanes, Rudolf Dienst y Adolf Schulze (algunas fuentes citan como compañero a O. Lohse), lograron finalmente alcanzar la cumbre sur (ligeramente más alta que la norte) ascendiendo por la cara este, en una ruta que, con variantes, se convertiría con el tiempo en la vía normal que hoy siguen miles de montañistas cada temporada. El segundo ascenso llegaría recién en 1943, documentado en un relato del Club Alemán Andino que da cuenta de lo excepcional que seguía siendo, entonces, coronar esta cumbre.
A partir de esas primeras expediciones, el Huayna Potosí fue entrando poco a poco en la historia del montañismo internacional, a medida que expediciones bolivianas y extranjeras exploraron sistemáticamente la Cordillera Real a lo largo del siglo XX. Su altitud de 6.088 metros, su perfil atractivo y, sobre todo, su excepcional cercanía a La Paz —una de las pocas grandes ciudades del mundo desde la que se ve y se accede en pocas horas a un nevado de más de 6.000 metros— lo convirtieron pronto en uno de los objetivos preferidos de los andinistas.
Con el tiempo, la ruta normal del Huayna Potosí adquirió fama mundial como uno de los 'seismiles' técnicamente más accesibles del planeta. Esa reputación, sumada al desarrollo del turismo de aventura en Bolivia desde finales del siglo XX, atrajo a un número creciente de visitantes que querían coronar por primera vez una cumbre de esa altura. Surgieron así numerosas agencias de montaña en La Paz especializadas en organizar la ascensión, con guías, equipo de alquiler y refugios.
Este auge transformó la economía de la zona de Zongo: el guiado de montaña, el transporte y los servicios para montañistas pasaron a ser una fuente de ingresos para guías y comunidades locales. Al mismo tiempo, la popularidad del nevado planteó retos de seguridad —pues su fama de 'fácil' a veces lleva a subestimar la altitud y el clima— y de gestión responsable de la montaña.
El entorno del Huayna Potosí no solo es escenario deportivo, sino también pieza de la infraestructura del país. En el valle de Zongo, al pie del nevado, se desarrolló desde el siglo XX un importante complejo hidroeléctrico que aprovecha el desnivel y las aguas de origen glaciar de la cordillera para generar electricidad. Las lagunas y represas que el visitante ve camino al campamento base forman parte de ese aprovechamiento del agua de las montañas.
Como todos los glaciares tropicales andinos, los del Huayna Potosí y la Cordillera Real han experimentado un notable retroceso en las últimas décadas, asociado al calentamiento global. Este fenómeno, bien documentado en glaciares cercanos como el desaparecido Chacaltaya, tiene consecuencias tanto para el paisaje y las rutas de montaña como para la disponibilidad de agua del altiplano, lo que ha convertido a estas montañas en objeto de estudio científico.
Hoy el Huayna Potosí combina varias dimensiones: sigue siendo una montaña sagrada para las comunidades aymaras, un destino estrella del montañismo internacional, un escenario natural de excursión accesible desde La Paz y un testigo visible del cambio climático en los Andes tropicales. Coronar su cumbre o simplemente acercarse a su campamento base es asomarse a esa convergencia de naturaleza, cultura y tiempo presente.
En las últimas décadas, el Huayna Potosí se consolidó como uno de los pilares del turismo de aventura de Bolivia. La combinación de una cumbre de más de 6.000 metros con una logística relativamente sencilla —se puede subir y bajar en pocos días desde La Paz— lo hizo célebre entre montañistas de todo el mundo, muchos de los cuales lo eligen como su primer seismil. Esa demanda dio lugar a un ecosistema de agencias especializadas, guías certificados, alquiler de equipo y refugios que hoy constituyen una actividad económica relevante para la región.
Las comunidades aymaras del entorno de Zongo y de la Cordillera Real participan de esta economía como guías de montaña, porteadores, cocineros, transportistas y administradores de refugios. El guiado del Huayna Potosí ha permitido a varias familias diversificar sus ingresos más allá del pastoreo y la agricultura de altura, aunque también plantea desafíos sobre la distribución de los beneficios y la gestión sostenible del flujo de visitantes.
Al mismo tiempo, la propia fama del nevado obliga a un trabajo constante de seguridad. Su reputación de 'fácil' lleva a veces a montañistas poco preparados a subestimar la altitud, el frío y el clima cambiante, lo que ha provocado accidentes. Por eso, las buenas prácticas —contratar guías profesionales, aclimatarse adecuadamente, respetar las decisiones del guía ante el mal tiempo— son hoy parte central de la cultura de ascensión del Huayna Potosí, una montaña que sigue siendo, a la vez, sagrada para sus comunidades y un emblema del andinismo internacional.