En 1950, donde hoy viven cerca de un millón de personas, había poco más que un aeropuerto, unas vías de tren y pajonales barridos por el viento. El Alto es una de las ciudades de crecimiento más explosivo de América: pasó de planicie casi vacía a urbe millonaria en el lapso de una sola vida humana. Y sin embargo, su suelo tiene una historia de milenios: esta planicie altísima, cercana al lago Titicaca, fue uno de los grandes escenarios de la civilización andina. Durante siglos estuvo bajo la órbita de la cultura tiwanacota, cuyo célebre centro ceremonial, Tiwanaku, se encuentra en el mismo altiplano, a unas decenas de kilómetros, y que fue uno de los focos civilizatorios más importantes de la América precolombina.
Tras la decadencia de Tiwanaku, hacia el siglo XII, el altiplano quedó organizado en diversos señoríos aymaras, pueblos pastores y agricultores adaptados a la vida en la altura extrema, que cultivaban papa, quinua y otros productos resistentes al frío y criaban llamas y alpacas. Esa raíz aymara es la base profunda de la identidad alteña actual: El Alto es hoy una de las ciudades más aymaras del mundo.
Con la expansión incaica en el siglo XV, la región se integró al Tawantinsuyu, y por la planicie pasaban los caminos que conectaban el lago Titicaca con la futura hoyada de La Paz y los valles. Cuando llegaron los españoles, en el siglo XVI, la zona alta funcionaba como territorio de comunidades y haciendas y como 'entrada' al valle del Choqueyapu, donde se fundaría La Paz. Durante toda la Colonia y buena parte de la República, lo que hoy es El Alto fue, sobre todo, un espacio rural y de paso.
Durante la primera mitad del siglo XX, la planicie sobre La Paz comenzó a poblarse al calor del desarrollo de la capital. La llegada del ferrocarril y, sobre todo, la construcción del aeropuerto en el altiplano (por ser el único terreno llano y amplio disponible para una ciudad encajonada como La Paz) atrajeron actividad, trabajadores y los primeros asentamientos estables. Así empezaron a formarse barrios en la zona alta, ligados al transporte, al comercio y a la industria incipiente.
El gran salto demográfico llegó con las migraciones del campo a la ciudad. La Revolución Nacional de 1952 y la reforma agraria de 1953 transformaron el agro boliviano y movilizaron a la población rural; sequías y crisis sucesivas empujaron a muchas familias aymaras del altiplano hacia la ciudad. Pero el golpe decisivo llegó en los años 80: la grave crisis de la minería estatal, con el cierre de minas y la 'relocalización' de miles de trabajadores, lanzó a oleadas de mineros y campesinos empobrecidos hacia las urbes, y muchos se asentaron en la asequible y accesible zona alta de La Paz.
Esos barrios, hasta entonces dependientes de la capital, fueron creciendo de manera explosiva hasta formar una verdadera ciudad. La población era abrumadoramente aymara y de origen migrante, con una fuerte cultura del trabajo, el comercio y la organización vecinal. La zona alta dejó de ser una simple periferia para convertirse en un mundo propio, con su identidad, sus mercados, sus juntas vecinales y su enorme peso demográfico.
A medida que la zona alta se convertía en una urbe inmensa, con cientos de miles de habitantes, creció también la conciencia de su propia identidad y la demanda de autonomía respecto de La Paz. Los vecinos sentían que sus necesidades —servicios básicos, agua, transporte, infraestructura— quedaban relegadas frente al centro paceño, y reclamaron un gobierno propio que atendiera a una población que ya era enorme.
Esa aspiración se concretó en la segunda mitad de los años 80. En marzo de 1985, la Ley 728 creó la Cuarta Sección Municipal de la provincia Murillo, separando administrativamente a El Alto de La Paz; en septiembre de 1988, la Ley 1014 la elevó al rango de ciudad. Nació así, oficialmente, una de las ciudades más jóvenes y a la vez más pobladas de Bolivia, con vida institucional propia. Pese a su juventud como entidad administrativa, El Alto cargaba ya con una densa historia social y una identidad poderosa.
La nueva ciudad siguió creciendo a un ritmo vertiginoso, convirtiéndose en pocas décadas en una de las urbes más grandes del país y en un caso de estudio mundial sobre urbanización rápida en alta montaña. Su economía se basó en el comercio (con mercados gigantescos como la Feria 16 de Julio), el transporte, la pequeña industria y el trabajo informal, sostenida por una población joven, emprendedora y profundamente organizada en torno a juntas vecinales y gremios.
Si en algún momento El Alto se ganó un lugar central en la historia contemporánea de Bolivia fue en octubre de 2003, durante la llamada 'Guerra del Gas'. El conflicto estalló por el rechazo popular a un proyecto de exportación de gas natural boliviano a través de un puerto chileno, en condiciones que amplios sectores sociales consideraron lesivas para el país, en un contexto de profundo malestar social y económico.
El Alto, por su ubicación estratégica —controla los accesos a La Paz y el aeropuerto— y por su poderosa organización vecinal, se convirtió en el epicentro de las protestas. La ciudad protagonizó bloqueos, marchas y una resistencia masiva que paralizó al país. La represión de aquellos días dejó un saldo trágico de decenas de muertos, sobre todo en El Alto, en uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente boliviana.
La presión social fue tal que el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada se vio forzado a renunciar el 17 de octubre de 2003 y abandonar el país. La 'Guerra del Gas' marcó un punto de inflexión político: visibilizó el enorme peso de El Alto y de los movimientos sociales indígenas y populares, y abrió el camino a transformaciones profundas en la política nacional en los años siguientes. Desde entonces, El Alto cargó con la fama de ciudad rebelde y combativa, capaz de hacer temblar al poder.
El Alto es, ante todo, la gran ciudad aymara contemporánea: un lugar donde la identidad andina no quedó relegada al campo ni al pasado, sino que se reinventó en clave urbana, pujante y orgullosa. La lengua aymara, la vestimenta tradicional de las cholas (pollera, manta, bombín), las fiestas, las challas y ofrendas a la Pachamama, y una densísima red de mercados y gremios conviven con la modernidad, los celulares, los autos y la economía global.
El motor de la ciudad es el comercio y el trabajo. La Feria 16 de Julio, que se monta los jueves y domingos, es uno de los mercados al aire libre más grandes de Sudamérica, donde se vende absolutamente de todo. Esa economía popular, mezcla de formalidad e informalidad, generó una nueva burguesía aymara próspera que quiso expresar su éxito también en la arquitectura.
De ahí nacieron los célebres 'cholets', los edificios de fachadas multicolores y formas exuberantes que se convirtieron en la imagen más reconocible de El Alto. Su principal creador, el arquitecto alteño Freddy Mamani, desarrolló un estilo bautizado como 'arquitectura neoandina', que reinterpreta los colores y motivos del arte aymara y tiwanacota en construcciones deslumbrantes, con salones de fiesta de decoración espectacular. Junto con fenómenos como la lucha libre de las 'cholitas', estos palacios convirtieron a El Alto en símbolo de una identidad andina moderna, segura de sí misma y profundamente original, que dejó atrás la imagen de simple periferia para reivindicarse como una de las ciudades más singulares de América.