En los museos de mineralogía de medio mundo hay piedras que llevan el nombre de un pueblo altiplánico boliviano de apenas unos miles de habitantes: Corocoro. No es casualidad. Bajo esta meseta de casi 4.000 metros se esconde uno de los yacimientos de cobre nativo más puros jamás descubiertos, tan singular que atrajo capitales británicos, mineros irlandeses y franceses, y disparó un ciclo de fiebre del cobre que duró más de un siglo y que hoy, después de décadas de silencio, el Estado boliviano volvió a poner en marcha.
Mucho antes de que el cobre diera fama a Coro Coro, la región de la provincia Pacajes, en el suroeste del altiplano paceño, estaba habitada por pueblos de lengua aymara, herederos de la larga tradición altiplánica que tuvo en Tiwanaku su gran centro. Estas comunidades desarrollaron una cultura profundamente adaptada a la vida en la puna, a casi 4.000 metros de altura: el pastoreo de camélidos (llamas y alpacas), el cultivo de tubérculos de altura como la papa y su conservación en forma de chuño, y una organización social y religiosa estrechamente ligada a la tierra y a las deidades de las montañas.
Pacajes fue, de hecho, el nombre de uno de los señoríos o pueblos aymaras de la región altiplánica, lo que da cuenta de la antigüedad y el peso de la presencia indígena en estas tierras. Durante el período inca y luego el colonial, la zona quedó integrada a estructuras políticas más amplias, pero conservó su fuerte identidad aymara, que perdura hasta hoy en sus comunidades, su lengua y sus costumbres.
Esta raíz indígena es fundamental para entender Coro Coro: aun cuando el pueblo alcanzó renombre por la minería del cobre impulsada en tiempos republicanos, su entorno y su población siguieron siendo esencialmente aymaras, y esa cultura ancestral sigue siendo el sustrato sobre el que se asienta la vida en la región.
Lo que hizo célebre a Coro Coro fue el cobre. La región resultó ser extraordinariamente rica en yacimientos de este metal, y muy especialmente en cobre nativo: cobre que aparece en la naturaleza en estado prácticamente puro, sin necesidad de complejos procesos de reducción a partir de minerales. Ese cobre nativo de Coro Coro alcanzó renombre internacional por su pureza y por la calidad de sus ejemplares, que llegaron a museos y colecciones de mineralogía de distintas partes del mundo.
La presencia de un mineral tan apreciado convirtió a Coro Coro en un nombre conocido entre geólogos, mineralogistas y coleccionistas, mucho más allá de su tamaño como población. La zona se asoció a la idea de un yacimiento singular, donde la naturaleza ofrecía el metal casi listo para su uso, una rareza que le dio un lugar destacado en la historia de la mineralogía boliviana.
Esa riqueza fue, naturalmente, el motor de su desarrollo. La posibilidad de explotar cobre de alta calidad atrajo el interés de empresas, inversores y trabajadores, y puso a Coro Coro en el mapa de la minería del país, abriendo el período de mayor actividad y prosperidad de su historia.
El gran período de Coro Coro como centro minero se desarrolló durante el siglo XIX y buena parte del XX. Ya entre 1830 y 1870, comerciantes e inmigrantes llegados de Irlanda, Francia, Inglaterra, Argentina, Uruguay, Chile y Perú, con mayor capacidad financiera y experiencia en el negocio minero, fueron haciéndose con el control de la producción de cobre de Corocoro y del vecino distrito de Chacarilla, gracias a sus vínculos comerciales y crediticios con las casas de Tacna. Fue así como se formó el capital que impulsó la minería del cobre en la región, orientada casi por completo a la exportación.
El gran salto llegó a comienzos del siglo XX, cuando la explotación se mecanizó y quedó subordinada a capitales internacionales. El 6 de agosto de 1909 se organizó, bajo las leyes de Gran Bretaña, la Corocoro United Copper Mines Ltd., que llegaría a ser la mina de cobre más grande de Bolivia. En torno a ella creció toda una infraestructura industrial: instalaciones de procesamiento, viviendas de trabajadores, comercio y servicios, en el típico ciclo de auge que vivieron tantos centros mineros del altiplano.
Como en toda la minería de altura, el trabajo era duro y exigente. Los mineros enfrentaban las dificultades propias de extraer mineral a casi 4.000 metros de altitud, con el frío, la falta de oxígeno y los peligros del trabajo bajo tierra. Esa vida minera forjó una identidad colectiva fuerte y dejó una huella profunda en la cultura local. Durante ese auge, Coro Coro tuvo peso económico e importancia regional, reflejados en su condición de capital de la provincia Pacajes: el capítulo más brillante y conocido de su historia.
Como tantos otros centros mineros, Coro Coro vivió también el reverso del auge: el declive. El agotamiento relativo de las vetas más ricas, los vaivenes de los precios internacionales del cobre y las dificultades estructurales de la minería altiplánica fueron reduciendo poco a poco la actividad que había sido el motor del pueblo, hasta que, por diversas razones económicas y políticas, el centro minero cerró definitivamente después de 1985 y buena parte de sus trabajadores abandonaron la zona, en el marco de la crisis que golpeó a la minería estatal boliviana tras la caída de los precios internacionales del estaño y la relocalización minera de esos años.
Ese proceso transformó al pueblo. De centro minero pujante pasó a ser un poblado tranquilo del altiplano, donde la vida volvió a girar en torno a las actividades tradicionales de la puna —el pastoreo, los cultivos de altura— y a su rol administrativo como capital de la provincia Pacajes. La memoria del cobre, sin embargo, siguió presente en las construcciones, los vestigios mineros del entorno y la identidad de sus habitantes, a la espera de un nuevo capítulo.
Después de más de dos décadas de silencio, el nombre de Corocoro volvió a la agenda minera boliviana en 2007, cuando el gobierno del presidente Evo Morales anunció la reactivación del yacimiento con una inversión inicial de 18 millones de dólares, dentro de la política de nacionalización y fortalecimiento de la minería estatal de esos años. El proyecto se centró en el cerro Viscachani, con una planta piloto de lixiviación y extracción por solventes (el proceso conocido como SX-EW), una tecnología distinta a la de las viejas minas subterráneas del siglo XX.
Los primeros cátodos de cobre de esta nueva etapa, con una pureza del 99,9%, se obtuvieron en 2009, confirmando que el viejo yacimiento seguía teniendo mineral de calidad. En 2012, mediante el Decreto Supremo N.º 1269, se creó formalmente la Empresa Minera Corocoro, dependiente de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), consolidando la explotación estatal a cielo abierto que hoy convive con la memoria de la vieja mina británica.
Más de un siglo después de que capitales extranjeros pusieran a Corocoro en el mapa mundial del cobre, es ahora el Estado boliviano el que sostiene la actividad minera del pueblo, con una producción bastante más modesta que la de comienzos del siglo XX, pero que mantiene viva la identidad minera de la región. Para el viajero de hoy, esa doble capa histórica —el auge británico de 1909 y la reactivación estatal de 2007 en adelante— es justamente lo que vuelve fascinante recorrer un pueblo que, a simple vista, parece solo un tranquilo poblado del altiplano.