Ningún zoológico del mundo nació, probablemente, de una manera tan poco planificada. En 1983, un puñado de animales que habían actuado —literalmente— frente a una cámara de cine quedaron de un día para el otro sin productora, sin guion y sin destino. Nadie los quería, nadie sabía qué hacer con ellos, y devolverlos a la selva significaba condenarlos a muerte. La mujer que decidió quedarse con ellos, en un terreno prestado junto a la carretera, terminaría fundando sin proponérselo uno de los zoológicos más queridos de América Central.
El Zoológico de Belice tiene uno de los orígenes más entrañables y singulares de cualquier zoológico del mundo. En 1983, la estadounidense Sharon Matola —bióloga, exdomadora y aventurera— se encontraba en Belice trabajando en la producción de un documental sobre la fauna tropical del país. Para el rodaje se habían reunido y semidomesticado varios animales nativos, acostumbrándolos a la presencia humana.
Cuando la producción del documental terminó y el equipo se marchó, quedó un problema: esos animales, ya habituados a las personas y semidomesticados, no podían simplemente ser devueltos a la selva, donde no habrían sobrevivido. En lugar de abandonarlos o sacrificarlos, Sharon Matola decidió hacerse cargo de ellos. De ese gesto de responsabilidad nació, de manera casi accidental, el Zoológico de Belice.
Lo que comenzó como un refugio improvisado para un puñado de animales fue creciendo hasta convertirse en una institución de conservación y educación de referencia en Centroamérica. La historia del zoo, surgido de la necesidad de cuidar a unos animales huérfanos de un documental, quedó como parte de su identidad y de su filosofía: dar un hogar a la fauna que, por una u otra razón, ya no puede vivir en libertad.
Desde sus inicios, el Zoológico de Belice se distinguió por una filosofía clara y poco común: exhibir únicamente fauna autóctona de Belice y no comprar animales para mostrarlos. Todos sus habitantes son animales rescatados, huérfanos, nacidos en el propio zoo, donados o decomisados al tráfico ilegal de fauna. No hay especies exóticas traídas de otros continentes: el zoo es, en esencia, una vitrina viva de la biodiversidad beliceña.
Esta orientación convirtió al zoológico en un refugio. Llegan a él, por ejemplo, jaguares 'problemáticos' que atacaban ganado y habrían sido cazados, crías huérfanas, animales heridos o ejemplares confiscados a traficantes. En lugar de terminar muertos o en el mercado negro, encuentran un hogar en recintos amplios integrados a la selva nativa, que reproducen en lo posible su hábitat natural.
El resultado es un zoológico que se siente más como un paseo por la selva que como una exhibición tradicional: senderos entre vegetación autóctona, recintos naturales y una cartelería educativa hecha muchas veces con humor y cercanía. Esa combinación de conservación, rescate y educación le valió el cariñoso lema de 'el mejor pequeño zoológico del mundo' ('the best little zoo in the world').
Más allá de ser un refugio de animales, el Zoológico de Belice se concibió como una herramienta de educación ambiental para los propios beliceños. La idea de fondo es que la gente protege lo que conoce y valora: si los habitantes del país conocen de cerca a sus jaguares, tapires y guacamayas, estarán más dispuestos a defender la selva que los alberga. Por eso el zoo trabaja intensamente con escuelas y comunidades, y desarrolló junto a él el Tropical Education Center, dedicado a programas educativos y de hospedaje.
Uno de los símbolos más célebres de esa labor fue el tapir, el animal nacional de Belice. El zoológico convirtió al tapir —conocido localmente como 'mountain cow'— en bandera de sus campañas de concientización, con celebraciones tan recordadas como el cumpleaños de 'April the Tapir', que servían para acercar al público y difundir la importancia de proteger la especie y su hábitat. Estas campañas, llenas de afecto y creatividad, marcaron a generaciones de beliceños.
El zoo también ha participado en esfuerzos de conservación de especies amenazadas, como el águila harpía, una de las rapaces más imponentes y vulnerables del continente. Así, la institución combina tres roles: refugio para animales que no pueden vivir en libertad, centro de educación ambiental para el país y actor en la conservación de la fauna beliceña.
Sharon Matola dirigió el Zoológico de Belice durante casi cuatro décadas y se convirtió en una de las figuras más influyentes de la conservación en el país. Más allá del zoo, fue una activista ambiental destacada: participó en debates públicos sobre proyectos que amenazaban los ecosistemas beliceños —como ciertas represas— y se ganó tanto la admiración como, a veces, la oposición de sectores con intereses contrarios. Su tenacidad la convirtió en una voz reconocida de la defensa de la naturaleza en Belice.
Matola —a quien la prensa internacional llegó a llamar la 'Jane Goodall de los jaguares'— falleció el 21 de marzo de 2021, a los 66 años, y Belice la despidió como a una figura nacional. Dejó un legado enorme: el zoológico que nació de un puñado de animales huérfanos es hoy una institución consolidada que, antes de la pandemia, recibía unos 75.000 visitantes por año, la mitad de ellos beliceños —sobre todo escuelas y familias que encuentran allí una forma cercana de conocer y valorar la fauna de su país—. Su modelo —fauna exclusivamente nativa, animales rescatados, fuerte énfasis educativo— sigue siendo una referencia.
Hoy el Zoológico de Belice y su Tropical Education Center continúan combinando el cuidado de los animales, la educación ambiental y la conservación, además de ofrecer experiencias como los tours nocturnos. La historia del zoo —de un acto de responsabilidad individual a una institución nacional— resume bien el espíritu conservacionista que ha hecho de Belice un destino reconocido por su naturaleza y por el cuidado de su biodiversidad.
El terreno donde Sharon Matola instaló a sus primeros animales rescatados era modesto: apenas un claro junto a la entonces Western Highway, la carretera que conecta la Ciudad de Belice con el interior del país. No había plan maestro ni financiamiento internacional; había, sobre todo, la determinación de una mujer que no quería que esos animales murieran o terminaran en manos de traficantes. Con recintos construidos a pulso, muchas veces con materiales reciclados y ayuda de voluntarios, el zoológico fue creciendo recinto por recinto, año tras año.
Con el correr de las décadas, esa pequeña iniciativa junto a la ruta se transformó en una institución con reconocimiento internacional. El zoo empezó a recibir apoyo de organizaciones de conservación, becas de investigación y la atención de medios especializados en naturaleza, que lo señalaban como un ejemplo poco común de zoológico centrado exclusivamente en fauna nativa y en el rescate, en un continente donde muchos zoológicos todavía exhibían especies exóticas traídas de otros continentes. La prensa internacional —desde documentales de National Geographic hasta reportajes de grandes diarios— visitó Mile 29 para contar la historia de Matola y sus animales.
Hoy el predio incluye, además de los recintos de exhibición, el Tropical Education Center, con senderos propios, dormitorios y cabañas para programas educativos y alojamiento de visitantes. La infraestructura sigue privilegiando la integración con la selva nativa por sobre la escala: el Zoológico de Belice nunca buscó ser grande, sino ser fiel a su propósito original de dar un hogar a los animales que no podían vivir en libertad y de enseñarle a Belice —y al mundo— a valorar su propia fauna.