Mucho antes de que existiera el pueblo de San Pedro, la isla de Ambergris Caye ya estaba habitada y formaba parte de las redes comerciales del mundo maya. La civilización maya, que dominó buena parte de lo que hoy es Belice, Guatemala, el sur de México y Honduras, no se limitaba al interior selvático: la costa y los cayos eran piezas clave de un vasto sistema de comercio marítimo por el que circulaban sal, obsidiana, jade, cerámica, cacao, miel y otros bienes.
El testimonio más claro de ese pasado está en el sitio arqueológico de Marco Gonzalez, en el extremo sur de la isla. Allí floreció, hace más de mil años, una comunidad maya costera dedicada al comercio y, muy probablemente, a la producción de sal, un bien valiosísimo en la economía mesoamericana. Los arqueólogos han encontrado allí restos de estructuras, cerámica y evidencia de una intensa actividad comercial, lo que muestra que estos cayos no eran un confín perdido, sino nodos activos de intercambio entre el interior y el mar.
La propia geografía de Ambergris ayudó a ese papel: su posición junto al canal del arrecife y frente a la costa la convertía en un punto de paso natural para las canoas que recorrían el litoral. Aquel mundo maya costero entró en declive siglos antes de la llegada europea, pero dejó en la isla una huella que hoy se puede visitar entre senderos de manglar, recordándonos que la historia de San Pedro es mucho más antigua que el pueblo que conocemos.
El nombre de la isla, Ambergris Caye, encierra una curiosidad. 'Caye' (que se pronuncia 'key') es la palabra que en el Caribe anglófono designa a los cayos, esas pequeñas islas de arena y coral típicas de estas aguas; deriva del taíno 'cayo' a través del español. Y 'Ambergris' es la voz inglesa para el 'ámbar gris', una sustancia cerosa y muy valiosa que producen los cachalotes en su sistema digestivo y que, expulsada al mar, flota durante mucho tiempo hasta llegar a veces a las playas.
El ámbar gris fue durante siglos un ingrediente preciadísimo en la perfumería, capaz de fijar y realzar las fragancias, y se pagaba a precio de oro. Según la tradición, en las playas de esta isla aparecían con cierta frecuencia trozos de esa sustancia, de ahí que los navegantes y colonos de habla inglesa la bautizaran 'Ambergris Caye', el cayo del ámbar gris.
Más allá de la anécdota, el nombre nos habla del cruce de mundos que define a Belice: una toponimia indígena ('caye', de raíz caribeña) combinada con el inglés colonial, en un país que tiene al inglés como idioma oficial pero donde se hablan también el español, el criollo beliceño (kriol), lenguas mayas y el garífuna. El pueblo principal, en cambio, recibiría un nombre español —San Pedro—, en honor al patrono de los pescadores, reflejo de las raíces mestizas yucatecas de sus fundadores.
Durante los siglos XVI y XVII, las costas y cayos de lo que hoy es Belice fueron un territorio disputado y semioculto, lejos del control efectivo de las coronas. El laberinto de arrecifes, islas y manglares ofrecía refugio ideal a los piratas y corsarios que asolaban el Caribe, atacando los barcos españoles cargados de riquezas. Ambergris Caye, con sus pasos en el arrecife y sus aguas resguardadas, fue parte de ese escenario.
Con el tiempo, muchos de aquellos aventureros ingleses dejaron la piratería por un negocio más estable: la explotación del palo de tinte (logwood), una madera de la que se extraía un valioso tinte para la industria textil europea, y más tarde de la caoba. Estos colonos ingleses, conocidos como los 'Baymen' (los hombres de la bahía), se asentaron en la zona y dieron origen al asentamiento del que nacería la colonia de la Honduras Británica, antecedente del Belice actual. La presencia inglesa convivió largo tiempo con la reivindicación española sobre el territorio.
En este contexto fronterizo y marítimo, los cayos como Ambergris cumplían funciones de refugio, abastecimiento y paso. La isla siguió siendo, durante buena parte de la época colonial, un lugar escasamente poblado y dedicado sobre todo a las actividades del mar, a la espera del acontecimiento que, ya en el siglo XIX, traería a sus playas a los fundadores del pueblo de San Pedro.
El pueblo de San Pedro tal como lo conocemos nació en el siglo XIX, y su origen está ligado a un conflicto que sacudió la vecina península de Yucatán, en México: la Guerra de Castas. A partir de 1847, esta prolongada rebelión de los pueblos mayas contra la población criolla y mestiza provocó una enorme violencia y desplazamientos masivos. Muchas familias mestizas (de ascendencia mixta maya y española) huyeron hacia el sur, cruzando hacia el entonces territorio de la Honduras Británica en busca de seguridad.
Un grupo de esos refugiados llegó a Ambergris Caye y se estableció en el extremo sur de la isla, fundando el asentamiento que se llamaría San Pedro, en honor a San Pedro apóstol, patrono de los pescadores. Aquellos primeros pobladores trajeron consigo el idioma español, la cultura mestiza yucateca y una forma de vida ligada al mar, que marcarían para siempre la identidad del pueblo, distinta de la del Belice criollo y anglófono del continente.
Durante generaciones, San Pedro fue una comunidad pequeña y unida, que vivía sobre todo de la pesca. La isla pertenecía a propietarios privados y los pobladores fueron consolidando, con el tiempo, su arraigo y sus derechos sobre la tierra. Aquel pueblo de pescadores de habla española, fundado por familias que escapaban de una guerra, es la semilla directa del San Pedro turístico de hoy, que aún conserva en sus apellidos y costumbres esa herencia mestiza.
Durante la mayor parte del siglo XX, la vida de San Pedro giró en torno a la pesca, y muy especialmente a la langosta espinosa del Caribe. Las aguas ricas que rodean Ambergris Caye, con sus arrecifes y pastos marinos, eran un caladero excelente, y los sampedranos hicieron de la captura y exportación de langosta el motor de su economía. La langosta, que hoy es un manjar codiciado en los restaurantes de la isla, fue durante décadas el sustento de las familias del pueblo.
Un hito en esa historia fue la organización de los pescadores en cooperativas. Al unirse para comercializar su producción —sobre todo la langosta destinada a la exportación—, los pescadores de San Pedro lograron mejores precios y una mayor estabilidad, lo que trajo cierta prosperidad a la comunidad y reforzó su identidad. La pesca no era solo un oficio: era el eje de la vida social y cultural del pueblo, con sus temporadas, sus rituales y su profundo conocimiento del mar y del arrecife.
Esa relación íntima con el océano dejó una herencia valiosa: los sampedranos conocían como nadie los pasos del arrecife, los bajíos y la fauna marina. Cuando, hacia el final del siglo, el mundo empezó a llegar a Belice atraído por su barrera de coral, fueron muchas veces esos mismos pescadores y sus hijos quienes se convirtieron en guías de buceo y de pesca deportiva. El paso de la economía pesquera a la turística no borró la cultura del mar: la transformó.
En las últimas décadas del siglo XX, San Pedro vivió una transformación profunda. La fama creciente de la Barrera de Coral de Belice —la segunda más larga del mundo— y de maravillas cercanas como el Gran Agujero Azul, popularizado por exploradores como Jacques Cousteau, puso a la isla en el mapa del buceo internacional. Poco a poco, los visitantes empezaron a llegar atraídos por las aguas cristalinas, la vida marina y el ambiente relajado del pueblo de pescadores.
Un paso decisivo para la conservación fue la creación, en 1987, de la Hol Chan Marine Reserve, una de las primeras reservas marinas de Belice, que protegió el canal del arrecife frente a la isla y se convirtió en un modelo de turismo sostenible. Pocos años después, en 1996, la Unesco inscribió el Sistema de Reservas de la Barrera del Arrecife de Belice en la lista de Patrimonio Mundial, reconociendo su valor excepcional. San Pedro quedó así consolidado como la puerta de entrada a uno de los ecosistemas marinos más valiosos del planeta.
El turismo transformó la economía y el paisaje del pueblo: surgieron hoteles, resorts, centros de buceo, restaurantes y una intensa vida nocturna, y la pesca dejó paso al turismo como principal actividad. San Pedro es hoy el destino más visitado de Belice. Aun así, el pueblo conserva mucho de su carácter original: las calles de arena, los carritos de golf en lugar de autos, la herencia mestiza yucateca y ese ritmo caribeño sin prisa. El desafío actual es equilibrar el crecimiento turístico con la protección del arrecife que es, a la vez, su mayor tesoro y la razón de su prosperidad.