Al amanecer, en la desembocadura del río Monkey, un rugido gutural atraviesa la selva y se escucha a kilómetros de distancia. Quien lo oye por primera vez jura que es un jaguar, o algo peor. Es un mono de apenas siete kilos: el mono aullador negro, dueño de uno de los sonidos más potentes del reino animal y responsable del nombre de este rincón del sur de Belice. En el inglés beliceño, a estos primates se los llama popularmente 'monkeys' (e incluso 'baboons', aunque no tengan relación con los babuinos africanos), y su presencia abundante a lo largo del río le dio nombre tanto al curso de agua como a la aldea que se levanta en su desembocadura.
Los monos aulladores son, sin duda, los animales más emblemáticos del lugar. Viven en grupos en las copas de los árboles y son célebres por su rugido grave y potente, uno de los sonidos más fuertes del reino animal, que puede escucharse a kilómetros de distancia y que retumba por toda la jungla, sobre todo al amanecer y al atardecer. Ese bramido inconfundible es la banda sonora de Monkey River.
La aldea, Monkey River Town, se encuentra en el punto donde el río Monkey vierte sus aguas en el mar Caribe, al sur de la península de Placencia, en la frontera entre los distritos de Stann Creek y Toledo. Es un enclave donde se mezclan la selva, los manglares y el océano, un ecosistema rico que explica tanto la abundancia de fauna como la vocación pesquera del pueblo.
Monkey River Town forma parte del mosaico humano de la costa caribeña de Belice, marcado por las raíces creoles y garífunas. La población creole de Belice desciende en buena medida de africanos esclavizados y de colonos británicos, y desarrolló una cultura propia, con su lengua (el criollo beliceño), su música y su cocina. Por su parte, los garífunas —descendientes de africanos y de pueblos indígenas caribes y arahuacos— llegaron a las costas de Centroamérica a comienzos del siglo XIX y se asentaron en varios puntos del litoral beliceño, aportando una identidad cultural riquísima.
Las comunidades costeras del sur de Belice, como Monkey River, vivieron históricamente de los recursos del mar y de los ríos: la pesca, la recolección y el aprovechamiento de la selva. Esa vocación pesquera sigue siendo, hasta hoy, el sustento y la identidad de la aldea, donde las familias mantienen un vínculo estrecho con las mareas, el río y el Caribe.
Esta herencia cultural se refleja en la vida cotidiana del pueblo, en su gastronomía —pescado fresco, mariscos, platos de raíz creole y garífuna— y en su carácter pausado y hospitalario. Conocer Monkey River no es solo un safari de naturaleza: es también un encuentro con una comunidad caribeña auténtica, heredera de las distintas corrientes humanas que poblaron la costa de Belice.
Aunque hoy Monkey River es una aldea diminuta y tranquila, en su momento de mayor esplendor —a fines del siglo XIX y comienzos del XX— fue un poblado mucho más grande y próspero. La localidad se incorporó formalmente como 'town' (ciudad) en 1891, cuando llegó a contar con una población estimada en unas 2.500 personas, dedicadas sobre todo a la industria maderera y a la naciente actividad bananera. Su crecimiento estuvo ligado a la expansión de esos rubros por la región costera del sur de Belice, entonces la colonia británica de Honduras Británica. La fértil tierra de las riberas y la cercanía del mar para la exportación convirtieron a Monkey River en un punto de cierta actividad económica, con comercios, escuela y un movimiento ligado al cultivo y al embarque de la fruta.
La banana era en esos años un producto de altísima demanda en los mercados de Europa y Estados Unidos, y las plantaciones del sur de Belice se integraron a ese pujante circuito comercial caribeño, junto con otras zonas bananeras de Centroamérica como las de Honduras y Guatemala. Monkey River, con su puerto fluvial natural, funcionaba como punto de acopio y embarque.
Sin embargo, esa prosperidad no duró. A partir de 1916 comenzó a propagarse por la región el 'mal de Panamá' (Fusarium), un hongo que ataca las raíces de la planta del banano y que fue devastando plantación tras plantación en todo el Caribe y Centroamérica; hacia la década de 1930 había arruinado buena parte del cultivo local. La caída de la industria bananera provocó una ola de emigración desde Monkey River hacia otros puntos de Belice en busca de trabajo, y el pueblo empezó una contracción demográfica que se refleja con crudeza en los censos: de aquellas 2.500 personas de 1891 se pasó a apenas 277 habitantes en el censo de 1970, y a 190 en 1980. En 1981 la localidad fue reclasificada legalmente como aldea ('village'), aunque conservó su nombre histórico de 'Town'.
Si la crisis del banano inició el declive de Monkey River, los huracanes terminaron de sellar su transformación en la pequeña aldea que es hoy. La costa caribeña de Belice se encuentra en pleno corredor de los ciclones tropicales del Atlántico, y el golpe más devastador de toda su historia reciente llegó el 9 de octubre de 2001, cuando el huracán Iris tocó tierra exactamente en Monkey River Town como una tormenta de categoría 4, con vientos sostenidos de 145 millas por hora (unos 233 km/h).
Iris arrasó la aldea: destruyó la gran mayoría de las viviendas, devastó por completo lo que quedaba de los cultivos de banano en la zona y golpeó duramente a la fauna local, incluida la entonces numerosa población de monos aulladores negros, que se redujo de forma drástica. Para una comunidad que ya venía disminuida por décadas de emigración, fue un golpe casi mortal: muchos sobrevivientes optaron por no reconstruir y se instalaron definitivamente en Placencia, Dangriga o la Ciudad de Belice.
Para un poblado costero, ubicado en la desembocadura de un río y expuesto directamente al mar Caribe, los huracanes representan una amenaza recurrente: marejadas, vientos destructivos e inundaciones que arrasan viviendas y cultivos con cada gran tormenta. Las casas elevadas sobre pilotes que todavía se ven en la aldea son, en buena medida, testimonio de esa convivencia forzosa con las crecidas y las tormentas. En el censo de 2010, la población de Monkey River Town era de apenas 196 habitantes, una fracción de aquellos 2.500 de 1891.
Más de dos décadas después del huracán Iris, Monkey River Town enfrenta una amenaza distinta pero igual de urgente: la erosión costera. El mismo mar que le da de comer al pueblo a través de la pesca viene, año tras año, comiéndose la línea de costa donde se asienta la aldea. Según reportes de medios locales y de organizaciones de conservación, el avance del agua ya se llevó por delante la cancha de fútbol del pueblo, viviendas enteras y hasta tumbas del cementerio local, mientras que la playa que antiguamente bordeaba la aldea prácticamente desapareció.
Ante esta amenaza, la Monkey River Watershed Association (la asociación de la cuenca del río Monkey) se asoció con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD/UNDP) para instalar geotubos —largas bolsas sintéticas rellenas de arena, de unos 50 metros (160 pies) de longitud— frente a las propiedades más expuestas, con el objetivo de crear una barrera física que absorba la energía de las olas y frene el avance del mar. Es una solución de mitigación, no definitiva, pero representa un esfuerzo concreto de la comunidad y sus aliados para ganarle tiempo a la erosión.
De aquellos 2.000 a 2.500 habitantes que tuvo el pueblo en su apogeo del siglo XIX, hoy Monkey River Town tiene bastante menos de 200 residentes permanentes. Algunas familias ya se marcharon ante el avance del mar. Y sin embargo, la aldea sigue viva, sostenida por la pesca, la pequeña industria del ecoturismo (los safaris fluviales que hoy la hacen conocida en el mundo) y una tenacidad comunitaria que, con geotubos, gestión ambiental y el cariño de sus vecinos, busca asegurarle a Monkey River un futuro que su propia costa parece querer arrebatarle.
El destino de Monkey River dio un giro con el auge del turismo de naturaleza en Belice, especialmente a partir del desarrollo de la vecina península de Placencia como destino turístico. Lo que durante décadas había sido la base de subsistencia del pueblo —el río, la selva, los manglares y su fauna— se convirtió en su principal atractivo para visitantes de todo el mundo.
El safari fluvial por el río Monkey, con el avistaje de monos aulladores, cocodrilos, manatíes y aves, se transformó en una de las excursiones de naturaleza más populares del sur de Belice. Los pobladores, conocedores como nadie del río y de sus animales, encontraron en el oficio de guías una nueva fuente de ingresos, sumada a la pesca tradicional y a la creciente pesca deportiva que atrae a aficionados en busca de sábalo, macabí y róbalo.
Así, Monkey River renació como un destino de ecoturismo de pequeña escala, que conserva su carácter auténtico y su ritmo pausado. La aldea apuesta hoy por un turismo respetuoso, ligado a la conservación de su entorno: los manglares y la selva que la rodean son ecosistemas valiosísimos, viveros de vida marina y refugio de fauna. El reto es mantener el equilibrio entre el desarrollo turístico y la preservación de ese patrimonio natural que es, al mismo tiempo, su mayor tesoro y su razón de ser.